TRADUCIR A POETAS

La versión poética ha de suplantar, proponer que se olvide lo que traducimos

CARLOS PUJOL

En El Quijote se habla del asunto, reprobando a “todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua, que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento” (primera parte, cap. 6). Difícil nos lo pone. Y no obstante nunca se han dejado de hacer esas traducciones, aun sabiendo que son tareas destinadas al fracaso. Porque hay que partir de un supuesto clarísimo: toda traducción de poetas es imposible. La prosa, hasta en casos tan extremos como Proust y Henry James, tiene ensanches que permiten mayor libertad interpretativa. La poesía no. Es un tipo de literatura en el que las mismas palabras, su música, su ritmo, no es canjeable por supuestos equivalentes. Pero como todos los lectores no son políglotas hay que aceptar la traición y convivir con ella lo mejor posible. Quien puede leer el original ya no nos necesita para nada, o sea que hay que darle un simulacro que funcione con autonomía. La versión poética ha de suplantar, en cierta manera propone que se olvide lo que traducimos. A costa, claro, de que el traductor colabore activamente con el poeta. Esto es tremendo, colaborar con Ronsard, Shakespeare, Baudelaire, Hopkins, Emily Dickinson, asusta a cualquiera, lo que se va a leer es tan nuestro como de ellos, inventamos otros versos sobre una falsilla dada, una responsabilidad abrumadora.

Los contemporáneos de Cervantes no imaginaban una traducción poética que no fuese rimada y en un riguroso molde estrófico; y así, para verter por ejemplo La Eneida, se consideraba imprescindible la rima, a ser posible dispuesta en octavas reales, que era el molde habitual del poema épico. Las consecuencias eran más o menos felices, pero de virgilianas tenían bien poco. Todavía en el siglo XIX y a comienzos del XX las traducciones poéticas rimadas se consideraban las mejores, y en épocas más recientes ha habido intentos ambiciosísimos, como traducir en tercetos encadenados La Divina Comedia. Loables propósitos que tenían que sortear dos terribles inconvenientes inseparables de estos proyectos, la infidelidad y el ripio.

¡Ay, el ripio, los rellenos viciosos! “Oh, son tantas las culpas de la rima!”, confesó Verlaine. Y Borges dijo con exageración y verdad: “toda rima es un ripio”. Versos ripiosos los hay en todos los grandes poetas, empezando por Dante, y antes de que los traductores incrementen su número hay que pensárselo bien, lo cual equivale a decir que el verso blanco no suele ser mala solución.

Siempre existe la posibilidad de traducir en prosa, que es lo más honrado y también lo más cobarde. Un Homero prosificado (incluso en la versión de segalá, por la que uno siente mucho cariño) es otra cosa, queda al margen de la poesía, nos enteramos de lo que dice Homero, con una piadosa aproximación al sentido de sus palabras.

Hay quien prefiere un segundo camino, que es el más común y tramposo. Echamos una ojeada a las páginas y podemos pensar: Pues está en verso. Mentira, vemos unos renglones que parecen versos, pero que no lo son, que lo son para los ojos, no para el oído, que no llegan al borde del papel, pero que no tienen estructura de verso. Echamos de menos lo que Góngora llama “la métrica armonía”. Lo cual es un engaño, como un coche que visto por fuera parece un coche como los demás, pero que resulta que no anda. Un verso es una máquina de precisión muy delicada, y no hay peor engañifa que esas falsas traducciones poéticas que suenan a rayos, por mucho que se esfuercen por reproducir el sentido lógico de lo que se traduce. Y está finalmente el verso blanco, que trata de hacerse leer por sí mismo, que siempre estará muy lejos del poema original, pero que puede ceñirse mejor a él a fuerza de humildad y decisión. Humildad para no olvidar que estamos al servicio de otro, y valentía responsable para decidir qué es lo que se sacrifica cuando no hay más remedio.

Un ejemplo entre mil: el metro y la música de los sonetos de Shakespeare requeriría un verso castellano endecasílabo; pero nuestra lengua exige más espacio que el inglés, y por lo tanto o se abrevia el texto cortándolo o se usa el alejandrino. Dos maneras de falsear la obra del poeta, que el traductor no puede ver nunca como intocable o sagrado. Una mala traducción anula al mejor poeta, el respeto reverencial a lo que dice convierte en fastidio lo que leemos si nuestra versión no se aguanta por sí misma; claro está que es un disparate equipararnos a los más grandes, colaborar con ellos, pero desde el momento en que usamos nuestras palabras en vez de las suyas, el problema no tiene salida. En ocasiones la traducción poética no diríamos que mejora, ay, qué más quisiera uno, per  sí que por sus mismas exigencias escapa a unas formas rimadas que al lector español le resultan chocantes. Piénsese, por ejemplo, en la tragedia francesa llamada clásica, con una infinidad de versos en pareados que originan un sonsonete machacón muy monótono. Unos alejandrinos sueltos o blancos convierten a Racine en otra cosa; es posible rehuir los inevitables ripios y la ausencia de la rima, haciendo de la necesidad virtud, se puede compensar con una fluidez que hace aún más transparente la maravillosa poesía de este teatro.

El buen traductor de poesía acepta entrar en este juego imposible en el que es evidente que todos acabamos perdiendo. la música de las palabras, que depende de cada voz, ha de suplir una liberalidad que no puede ni debe darse. El traductor, al servicio de unos versos que no son suyos, se convierte en poeta vicario, y acepta este papel más bien ingrato que está entre el comediante, que recita a su manera lo que otro ha escrito, y el pianista, gracias al cual existe lo que interpreta, que para los profanos no era más que unos signos indescifrables en el pentagrama.