MIGUEL SÁENZ

“Conozco casos de autores que han sido literalmente destruidos por sus traductores”

MIGUEL ÁNGEL DEL ARCO

Es el decano y uno de los más prestigiosos traductores españoles. Nació en Larache, que era donde estaba destinado su padre y pasó la infancia en tánger. En sus calles aprendió árabe y francés, pero como lo suyo eran las lenguas y tenía la idea de ser diplomático, aprendió inglés y alemán. Se licenció en Derecho pero su mayor reconocimiento se lo ha dado la traducción. Ha trabajado en las sedes de las Naciones Unidas de Viena y Nueva York y con esa dedicación ha recorrido el mundo, mientras iba trasladando al castellano los textos de algunos de los escritores más grandes en inglés y alemán. Gracias a su buen hacer podemos leer las novelas, los ensayos, la poesía o el teatro de nombres como los de Günter Grass, Salman Rushdie, Michael Ende, Thomas Bernhard, Joseph Roth, Peter Handke, Henry Roth, Franz Kafka, Bertol Brecht y Goethe.

Ser traductor exige ser el mejor de los lectores. Es un trabajo imprescindible y sin embargo es el más invisible y a veces el menos reconocido.
Llevo muchos años en este negocio y es verdad, a veces ni aparece tu nombre. Hay editoriales que sí, ahora cada vez más reconocen tu labor pero normalmente el traductor es un ser invisible. En los llamados países del este esa barrera entre el escritor y el traductor es mucho menos evidente. En toda Europa, no sólo en España, el traductor está siempre en un segundo plano. Esta barrera es muy difícil de superar.

¿Quién pone la barrera o quién tiene que quitarla?
Si puedo ser franco, creo que la culpa la tienen los editores que valoran muy poco el trabajo del traductor. Cuando digo valoran no me refiero solamente al dinero, también a la consideración. Luego el lector ni se entera de quien ha traducido el libro. Incluso los críticos tienen una parte de culpa, muchas veces elogian el estilo, y no se dan cuenta de que ese estilo ha pasado por manos de un traductor.

Dependerá del nombre del traductor.
Yo creo que no. Eso dice siempre Günter Grass, “vosotros tenéis que poneros fuertes”. A la hora de la verdad, hay 20.000 personas que quieren traducir, las universidades sacan traductores a todo pasto, entonces el editor sabe que si este no lo hace, lo hará otro. La ley de propiedad intelectual que tenemos es excelente, creo que es la mejor del mundo en el reconocimiento de la labor del traductor como autor, en el derecho a participar de los beneficios de la obra...pero como a veces pasa en España las leyes están muy bien hechas pero no se cumplen.

¿Tiene en la cabeza todos los libros que ha traducido?
No. tengo un currículum donde vienen todos los nombres. Por ejemplo: Brecht, Kafka, todo Thomas Bernhart y ahora Günter Grass. Con Grass empecé con El rodaballo, las anteriores se tradujeron en México. Grass sigue escribiendo, saca ahora un libro y en febrero hemos tenido con él una reunión de traductores en Alemania.

¿Los autores como Günter Grass eligen a sus traductores?
Grass tiene mucha suerte, cada libro que escribe automáticamente se publica enseguida en veinte países. Eso le permite tener esas reuniones, donde les explica a los traductores, lo que a él le interesa, lo que a él le importa de cada obra.

¿De qué hablan en esas reuniones los traductores y el autor?
El no interviene, él se fía. Establece una relación muy cordial, creo que es el único escritor en el mundo que se preocupe tanto de sus traducciones. Esas reuniones son para consultar nuestras dudas. Hace una cosa muy buena que es leer párrafos, fragmentos. Un traductor tiene que tener buen oído, por eso escuchar al autor leer su texto te ayuda muchísimo a valorar el ritmo, la música.

¿Hay más autores que celebren estas reuniones?
Muy pocos. El único que yo conozco que haya hecho algo parecido es Don De Lillo. Luego hay otros muchos escritores que están abiertos a la consulta. Salman Rushdie, por ejemplo, le mandas dos páginas con dudas y problemas y te las contesta enseguida.

¿Los hay que no colaboran con sus traductores?
En este sentido hay tres tipos de escritores, los que se dan cuenta de la importancia de la labor del traductor y colaboran al máximo, los que desprecian al traductor absolutamente, por ejemplo Thomas Bernhart, que considera que son tipos que están muy mal pagados y se lo merecen. Y luego hay otro tipo que yo creo que es el más peligroso, que es el escritor que se preocupa demasiado de la traducción. Suele ser un escritor que tiene una mujer de ascendencia española, un amigo, o una amiga o un amante, o lo que sea, que quiere meter baza. Sabe pero no sabe lo suficiente y plantea muchos problemas. Es decir, son los que se empeñan en inmiscuirse en la traducción. Son los más terribles.

Dígame algún nombre de estos
Hay varios. Antony Burges que a su traductor lo volvía loco. Italo Calvino tenía sus problemas con los traductores. Y Umberto Eco, cuyo traductor, al que conozco y es excelente, tuvo problemas con Eco porque éste se empeñaba en cambiarle cosas. El traductor le dijo que eso estaba bien pero que entonces no quería que apareciera su nombre. Hay casos en que los autores se preocupan demasiado.

¿La amistad entre traductor y autor complica el trabajo?
No, las relaciones con el autor son muy importantes. Uno de los atractivos de la profesión de traductor es precisamente tener acceso a escritores que están entre los mejores del mundo, es un privilegio.

¿Qué pasa cuando un clásico tiene una mala traducción?
Yo conozco casos de autores que han sido literalmente destruidos por sus traductores. Una vez escribí un artículo en el que decía: “Joseph Roth destruido por el alcohol y por sus traductores”. Hubo autores alemanes que no triunfaron fuera de su país porque su primer libro estaba mal traducido. No hablo de errores, de meteduras de pata, hablo del estilo. A veces se comparan dos versiones de una misma obra y no se parecen en nada.

Cuando hablamos de que una traducción es muy buena, ¿de qué hablamos?
De que tiene un español estupendo y de su rigor. Han cambiado las maneras de traducir. Antes no había internet, hoy cualquiera puede averiguar lo que no sabe de un autor, de una época o de lo que sea. Te metes en Google y averiguas todo de la batalla de no sé donde. Antes una investigación te llevaba semanas, a base de enciclopedias y bibliotecas. Ahora tienes más medios para hacerlo mejor, pero la buena literatura sigue teniendo las mismas exigencias a la hora de ser traducida.

¿Es cierto que algunos escritores españoles tradujeron a clásicos sin saber el idioma?
Es verdad. Un ejemplo sería el Hamlet que tradujo Leandro Fernández de Moratín. Y sin embargo la puesta en escena funcionó muy bien sin que tuviera nada que ver con el Hamlet original, además a Leandro Fernández de Moratín no le gustaba Hamlet. Lo que también hacía mucha gente era traducirlo del francés, los rusos, por ejemplo. También estaban los que traducían las novelas del oeste, como Mallorquí o Marcial Lafuente Estefanía, que como no sabían se lo inventaban. Eran unos genios, si había que añadir vente páginas las añadían y escritores, como López Pacheco, que, como sus novelas de lo social se vendían mal, traducía con gran desconocimiento del idioma. Hacían unas barbaridades tremendas.

¿Habría que publicar la lista de las obras mal traducidas?
Esto habría que verlo muy ortegianamente, cada traducción tiene sus circunstancias. Es decir, si el traductor tiene todo el tiempo del mundo, ha de hacerlo bien. Ahora, si el traductor tiene que pagar las letras de la nevera, tiene dos hijos, entonces tendrá que traducir tantas páginas diarias para comer, y la cosa cambia. Lo peor es la presión. Si dispones de tiempo suficiente no se puede hacer mal. Ahora, cuando te llegan libros y te los piden para dos días...