LECTURAS NARRATIVA

NARRATIVA

Najat el Hachmi, Paul Auster, Félix J. Palma, Juan José Millás, Saul Bellow, José Antonio Garriga Vela, Isaac Rosa, Martin Amis, Anton Chejov.

ENTRE DOS MUNDOS

GUILLERMO BUSUTIL

El último patriarca
Najat el Hachmi
Planeta
Precio: 21,50€
Páginas: 384

Najat el Hachmi es un brillante y contundente ejemplo de la nueva literatura del mestizaje español. La autora marroquí de nacimiento y catalana de formación ha escrito una lúcida novela en torno a la rebelión de la mujer contra los vínculos culturales que la oprimen, contra la violencia de género y los prejuicios que afectan a la integración de los inmigrantes. Los temas espinosos de la sociedad actual que la escritora trata sin tapujos. Najat el Hachmi los presenta en su crudeza y en su intensidad dramática, sin enjuiciarlos moralmente, a través de una novela, cercana a la realidad y sustentada en un estilo que combina el realismo mágico, la oralidad de las narraciones árabes y la impronta de sus lecturas de mercé rododera y Pere Calders. Al igual que un hakawai (contador de historias), Najat el Hachmi introduce al lector en la historia de la familia Driouch, encabezada por el joven Mimoun destinado a ser el nuevo patriarca. Este hombre, de carácter despótico y marcado por sus primeras experiencias sentimentales, toma una esposa a la que abandona pronto para emigrar a cataluña en busca de trabajo. La separación familiar y su adaptación al nuevo ambiente cultural y laboral determinarán un progresivo proceso de obsesiva autodestrucción que lo llevará a ser víctima de los celos, de un donjuanismo despectivo y a convertirse en el juez de la fidelidad de su mujer. Sobre estas claves la historia irá sucediéndose entre el rechazo y la empatía hacia la hija, voz protagonista de la narración, que considera fruto de una traición de su esposa y de su propio hermano. Esta suposición será el fantasma psicológico que determina la relación del padre con la hija y con la madre a lo largo de la historia que va desarrollando el reagrupamiento familiar en una ciudad catalana, la adaptación a otras costumbres, el esfuerzo del padre por ascender laboralmente a la vez que su mundo emocional fluctúa entre la poligamia, la infidelidad, el alcoholismo y la violencia, psicológica y física que ejerce contra la madre de sus hijos. Esta confictiva relación matrimonial le sirve a la escritora para ahondar en la contradicción interna de sus progenitores ante la sumisión femenina y el dominio machista, basados en la creencia árabe de domesticar a la mujer y a la que la autora le contrapone los sentimientos de culpabilidad, la dependencia, la esperanza y la imposibilidad del amor. De este modo convierte la historia conyugal en una realista y dramática metáfora de la violencia de género, a la vez que va construyendo la necesaria rebelión de la mujer encarnada en la joven protagonista. La hija narradora que identifica su situación familiar con la película Postergeist, mientras va autoeducándose leyendo el diccionario de lengua catalana y a Eric Fromm. Las lecturas sobre las que irá fraguando su identidad, la búsqueda de su propio espacio en una nueva cultura pero sin perder del todo sus referentes ancestrales, su libertad de elección y el cuestionamiento del orden social que representa su padre.

El Último Patriarca de Najat el Hachmi es una de esas sorprendentes novelas que muestran los motivos y consecuencias de las tensiones intergeneracionales, de la rebelión femenina frente al poder del hombre, de los estereotipos que rodean a los emigrantes y de la identidad entre dos mundos, con el propósito de educarnos en la cultura universal y la libertad que han de definir la sociedad del siglo XXI.  

 

EL DEMIURGO INSOMNE

EUGENIO FUENTES

Un hombre en la oscuridad
Paul Auster
Anagrama
Precio: 17€
Páginas: 200

Un mago de poca monta, Owen Brick, se acuesta en su cama de Nueva York y se despierta en el fondo de un hoyo de tres metros de profundidad vestido con ropas militares. Tras comprobar, por sus galones, que el uniforme corresponde a un cabo, no tarda en descubrir que se encuentra inmerso en una guerra. Los atentados del 11-S nunca han sido perpetrados y Estados Unidos se debate en un devastador conflicto civil que ya ha causado trece millones de muertos. Así arranca, con el sello inconfundible de la casa, Un hombre en la oscuridad, la última novela del norteamericano Paul Auster (1947). No se desvela nada que no esté destripado en la contraportada si se explica que la guerra nace de la imaginación de August Brill, un crítico literario de 72 años que, convaleciente de un accidente de automóvil, entretiene sus largos insomnios fabulando.

Brill, viudo reciente que nunca ha sentido la tentación de escribir sus propias obras, inventa ahora historias para huir del profundo sentimiento de culpa y fracaso que le asalta cuando su mente se interna en el laberinto emocional de su pasado. La puesta en escena de este demiurgo insomne permite a Auster llevar al límite su descontento con la administración Bush, –“pandilla de delincuentes fascistas”–, su rechazo a la guerra de Irak o su malestar por la radicalización ideológica en la que neoconservadores y fundamentalistas cristianos han ido sumiendo al país desde finales de los años 60. Además, le permite ejercitar su reconocida maestría para la creación de inquietantes escenarios –emparentados con los de su cuarta novela, El país de las últimas cosas (1988)– o su gusto por los juegos espaciotemporales, desarrollados aquí a partir de la hipótesis de Giordano Bruno de que si Dios y sus poderes son infinitos, también ha de haber un número infinito de mundos.

Ahora bien, es muy posible que el poderoso atractivo de las desventuras del mago Owen Brick, dignas del mejor Auster, le juegue una mala pasada al autor de Leviatán (1992). Porque una mirada atenta a las páginas de Un hombre en la oscuridad deja claro que el motor primario de esta narración no son las fabulaciones del demiurgo insomne, sino el dolor íntimo que trata de ahogar con ellas y que, a medida que avanza la novela, va conquistando espacios crecientes hasta componer un fresco de vidas sentimentales rotas. Además del propio Brill, incapaz de sobreponerse a su viudedad, pueblan este universo doméstico las dos mujeres que le acompañan en su convalecencia: su hija, refugiada en el estudio tras ser abandonada por un marido infiel, y su nieta, anclada en un sofá por la responsabilidad que se atribuye en la muerte de su novio.

Desde la atalaya de la sesentena, y tras haber construido durante casi treinta años mundos fantásticos para explorar a fondo los caminos del azar y la identidad, Auster decide en su última novela conceder la primacía a otra vieja obsesión suya, la soledad, llevándola al espacio cerrado de la familia. Sin embargo, las opciones que elige para desarrollar su narración puede decepcionar a aquellos lectores que, entusiasmados por la peripecia del mago Brick, rechacen el cambio de registro que preside las últimas sesenta páginas del volumen. Y la culpa, claro, no será del lector sino de un magnífico autor que, con una magnífica historia, ha optado por una estructura equivocada.

 

INFERNALIANA DE MALVADAS

EVA DÍAZ PÉREZ

Malas. Relatos de mujeres diabólicas
AA.VV.
Lengua de Trapo
Precio: 23,49€ 
Páginas: 400

Una galería sobrenatural de malvadas, de mujeres voluptuosas y perversas, de femme fatale de ultratumba levitan, resucitan, devoran y asustan en la antología Malas. Relatos de mujeres diábolicas que publica Lengua de Trapo dentro de su colección “rescatados”. Habría que aplaudir la idea de recuperar textos poco conocidos de autores clásicos a través de etiquetas antológicas como, en este caso, el cuento de terror protagonizado por mujeres siniestras.

La edición y prólogo están a cargo de Marta González Megía quien ya ha publicado otras recopilaciones de literatura decimonónica –Cuentos sobre mujeres. Antología de relatos españoles del siglo XIX (Akal)– así como textos de Emilia Pardo Bazán –Bucólica y otras novelas o La maga primavera y otros cuentos –. Quizás lo más interesante de este trabajo sea el rescate de cuentos de autores de primera fila que quedaron dispersos en la prensa de la época, por ejemplo, La muerta enamorada, de Gautier, o La muerta, de Guy de Maupassant, y en anuarios como en La cámara de los tapices, de Walter Scott, o El sueño, de Mary Shelley, que proceden del Keepsake.

El acierto de la antología radica también en subrayar una de las características que marcan en muchos casos este tipo de género: la misoginia o, al menos, el temor a la mujer cuando ésta se sale del papel marcado por la sociedad. El siglo XIX, el siglo del progreso, estaría determinado por el cambio en el rol de la mujer e incluso en el protagonismo de algunas heroínas, reflejo que se verá en la literatura de la época. Ante esta corriente de transgresión –rechazada y entendida de forma negativa– era lógica la reacción de convertir a la mujer en un ser perturbador, en una amenaza que podía trastocar el orden de las cosas. Naturalmente, de ahí a considerar a la mujer como un ser perverso y maligno sólo iba un paso. Los relatos de Hoffmann, Raupach, Dumas o Poe retratan la macabra historia de mujeres vampiras, de muertas vivientes que devoran niños, de damas de apariencia respetable que cometen incestos y asesinan. Así, estos cuentos de terror no hacen sino revivir el mito de mujeres malvadas de la mitología desde Lilith a las empusas de la Grecia clásica, pasando por Lamia, la amante de Zeus, o las estrigas romanas. Eso sí, casi todas son de una inquietante y perturbadora belleza, de ahí el pánico que provocan en los insípidos y melifluos protagonistas varones de estas historias.

Lo malo es que el género de terror es uno de los más débiles a causa de su tendencia a vampirizar –nunca mejor dicho– el modelo clásico. Después de leer los relatos, desde luego no lo mejor de los grandes autores aquí representados, queda una sensación de hastío, de cansancio y la constancia de que el terror gótico se convirtió en el siglo XIX –su época dorada– en un género demasiado repetido, de forma que llegaría ya agónico al siglo XX.

La doctora en filología Marta González Megía ha realizado un buen trabajo de recopilación, aunque el texto introductorio sabe a poco, quedándose en un ejercicio correcto, simple. Se echa en falta en una antología de este tipo un prólogo más ambicioso, pero ya se sabe que la tendencia actual remite a la superficialidad y a una obsesión por no ‘aburrir’ al lector. Sin embargo, si se prescinde del corpus paratextual y académico con el fin de no ‘cansar’ al gran público, al menos se pediría más garra narrativa o una calidad de página literaria para enganchar y seducir a un público amplio. Algo que tampoco se ve por ninguna parte.

 

LA FELICIDAD DE LEER

LUIS MANUEL RUIZ

El mapa del tiempo
Félix J. Palma
Algaida
Precio: 22€ 
Páginas: 624

Para los sibaritas de la literatura, el nombre de Félix J. Palma significa cuatro libros de cuentos: El vigilante de la salamandra, Métodos de supervivencia o Las interioridades contra los que nada puede la amnesia. Las trampas del destino, el atisbo de un mundo secreto que asoma a medias por los armarios entreabiertos o el fondo de los espejos, el amor, traducido en angustia y también en redención, son los temas que Palma ha explotado durante años en piezas diminutas y talladas con detallismo de orfebre. Hace un par de años, después de su exigente aprendizaje en las distancias cortas, el autor sanluqueño se decidió a probar con la carrera de fondo; y el resultado fue una novela, Las corrientes oceánicas, que supuso una nueva vuelta de tuerca en su carrera. Ahora acaba de publicar El mapa del tiempo (Premio Ateneo de Sevilla). Una obra que orilla a la vez la novela de aventuras, de anticipación científica, de tesis, histórica, romántica y de caracteres, y que rebasa todas esas etiquetas para ofrecer un cóctel cuya misión primordial, conseguida con creces, consiste en magnetizar a quien la recorre y resucitar la felicidad de leer. No en vano sus capítulos se encuentran salpicados de continuos homenajes a esas primeras historias que nos deslumbraron siendo adolescentes y que todavía remueven aires de gratitud y nostalgia en nuestra memoria: como en un museo de los veranos antiguos, Palma  ha llamado a figurar en su creación a Jack el Destripador, Allan Quatermain, Bram Stoker, el Hombre Elefante, sosias de Sherlock Holmes y del doctor Mabuse que nos pasean del Londres victoriano al África profunda en una celebración perpetua de la sorpresa y el vértigo. La excusa es la posibilidad de los viajes en el tiempo, sobre la que ya fantasearon los grandes visionarios del siglo XIX, y la multitud de paradojas, atajos y callejones sin salida a que podrían conducir, algunos de ellos cómicos, otros inquietantes y otros que desaguan en la más pura perplejidad metafísica. Articulada en torno a tres centros argumentales, que podrían multiplicarse hasta el infinito igual que los universos paralelos de la física cuántica, la novela recibe su ilación del personaje de H. G. Wells, el responsable de la primera ficción sobre viajes en el tiempo, al que Palma erige, en calidad de símbolo, como protagonista de la trama. Ese recurso le permitirá desarrollar uno de los aspectos menos obvio y a la vez más revelador de su relato: la introspección en la mente del escritor, el cúmulo de dudas, anhelos y destellos que puebla el trabajo del creador y a través del cual va alumbrando, en un trance ingrato en ocasiones, aquello que el público sólo conocerá en su forma cristalizada y definitiva, sin muescas que delaten la labor que quedó atrás. Como desde una mirilla, asistimos a los tira y afloja del novelista británico entre su resignada condición de dispensador de folletines y sus aspiraciones por convertirse en gloria de las letras, y seguimos con pasitos de hormiga los diferentes itinerarios que, en su imaginación, acabarán por desembocar en narraciones imprescindibles del acervo de la ciencia ficción como El hombre invisible y La guerra de los mundos. El único reproche que cabe hacer al autor sanluqueño es no haberse demorado todavía más en sus historias; da la impresión de que dentro de su chistera este argumento ramificado daba para docenas de intrigas más, donde aparte de los citados habrían cabido también, por qué no, el capitán Nemo, los fantasmas góticos o el mismísimo doctor Jekyll. Pero eso ya quedó en La liga de los hombres extraordinarios, que, con todos los respetos para Alan Moore, es un cuento distinto.

 

EL PENSAMIENTO PARADÓJICO

JESÚS MARTÍNEZ GÓMEZ

Los objetos nos llaman
Juan José Millás
Seix-Barral
Precio: 17€
Páginas: 248

Desde que Juan José Millás (Valencia, 1946) lograra con Cerbero en las sombras (1975) el Premio Sésamo, nuestra narrativa ha sabido desprenderse de apriorismos y experimentaciones formales para desembocar en una geografía tan variada, rica y comprometida con el ejercicio literario y con el lector que difícilmente no sacie cualquier apetito por exigente y voraz que sea. Pues bien, a ello ha contribuido este fabulador atento que, tras algunos titubeos iniciales, encontraría un espacio único en el que la dialéctica realidad/ ficción fraguará en una inquietante coexistencia.

Una narrativa con títulos como El jardín vacío (1981), El desorden de tu nombre (1986) o Dos mujeres en Praga (2002), y que le ha otorgado premios como el Nadal por La soledad era esto (1990) o el Planeta con El mundo (2007). Y una exitosa trayectoria ejerciendo el periodismo literario, reconocida con premios como el Mariano de Cavia (1999), y recogida en libros como Algo que te concierne (1995) o Articuentos (2001). Con este último ha creado un subgénero en el que mezcla el artículo periodístico con el microrrelato, en una interesante apuesta que resume dos de sus grandes vocaciones: el periodismo y el relato breve.

Y será justo dentro del cuento donde se inscriba Los objetos nos llaman (2008), nueva entrega y nuevo reto del otro narrador que suele aparecer intermitente entre la “novelística” del autor. Digo esto con ironía, ésa que tanto gusta a Millás, seguro de que el cuento “sí tiene quien le escriba” pues cada día son más y mejores sus cultivadores, y porque si hay un territorio propicio y grato para él es éste. Lo certifican volúmenes como Primavera de luto (1989), Cuentos a la intemperie (1997) o Cuentos de adúlteros desorientados (2003) donde surge el mejor Millás, ése capaz de articular la prosaica cotidianeidad con la irrupción de la fantasía, la magia y el misterio, hasta conseguir que lo imposible mude hacia lo probable y termine siendo normal. Ése con relatos hurtados a la experiencia, al miedo, al amor, a la rutina, a la vida o a la muerte, que nos asalta tierno y socarrón, inocente y mordaz, para que dudemos y no sepamos quién es quién, si nosotros o la imagen que refleja ese espejo empañado en el que tantos hemos creído vernos del otro lado.

Ahora serán los objetos: una burbuja, un maniquí, una pastilla, unas bragas, un libro o una fotografía, los que reclamen atención, los que nos llamen desde los relatos, desatando la tormenta creativa y sirviendo al autor para indagar, con un sarcasmo contumaz, en la frontera que delimita ficción y realidad, y que Millás traslada del plano literario a la reflexión conceptual, a la apuesta cómplice de un lector entregado al juego de lo posible y lo real. Un buen ejemplo lo constituye el relato Un éxito local donde el protagonista que quiere ser escritor lee un libro de un tal Clausaut, Los objetos me llaman, y se identifica con el personaje principal, cleptómano patológico a quien decide robarle la idea de hacerse escritor sin escribir jamás una línea.

Los objetos nos llaman es una inmensa metáfora que pone de manifiesto cuántos de nosotros somos capaces de vivir dos vidas sin distinguir la real y la de ficción. Y lo que hace que Millás, cleptómano compulsivo de la realidad con fines literarios, atrape, de nuevo, al lector con la maestría que le caracteriza en estas narraciones atrevidas, crípticas, lejanas y próximas a la vez, y con el uso de una técnica, denominada en alguna ocasión por el propio autor como el “pensamiento paradójico”, que le permite acercarse a la realidad más terrible de forma eficaz y con una sonrisa en los labios.

 

TEOLOGÍA DEL SUFRIMIENTO

LUIS MATEO DÍEZ

Herzog
Saul Bellow
Galaxia Gutenberg
Precio: 25€
Páginas: 450

En la nómina de escritores judíos que revolucionaron el panorama narrativo estadounidense en la segunda mitad del siglo XX, aparecen nombres tan imprescindibles como el de un Philip Roth, un Bernard Malamud, un Isaac Bashevis Singer y, por supuesto, Saul Bellow. Los autores citados crearon una estirpe de personajes entre desarraigados y neuróticos que deambulan por las grandes ciudades americanas con la carga de una identidad de la que, por mucho que lo deseen, no pueden desprenderse. Los efectos alucinatorios provocados por el choque de la identidad judía con los amplios y desprejuiciados espacios americanos dieron pie a la configuración de un tipo humano que era, en sí mismo, un campo de batalla.

En el retrato de las contradicciones espirituales y psicológicas de un Portnoy o un Herzog, de sus lamentos, chifladuras y complejos, el genio humorístico de Roth y Bellow alcanza sus cotas más elevadas. Esta comicidad de los atribulados personajes que recorren la obra de ambos no hace sino evidenciar la absoluta libertad con que fueron concebidos. Pues la literatura judía americana se caracteriza por pintar un mundo al margen de convenciones y estereotipos, sin la rigidez de las tradiciones de la novela inglesa. Como reconocía el propio Bellow, las fuentes de su obra deben mucho más que a esas tradiciones al espíritu abierto y en absoluto encorsetado de la narrativa francesa y rusa del siglo XIX.

Con ello, estos autores dinamizaron la literatura estadounidense insuflándole el vigor imaginativo que procedía de la irrepetible mezcla de una identidad milenaria, un país joven en plena ebullición y unas referencias literarias alejadas del rígido corsé protestante.

Herzog es un intelectual judío perseguido por unos demonios que le llevan a escribir cartas incendiarias a casi todo el mundo, desde el mismo dios a las diferentes mujeres que han pasado por su vida. El delirio en el que vive introduce al lector por la vía de un humor tan iconoclasta y divertido como el de El lamento de Portnoy en una honda reflexión sobre las responsabilidades de los intelectuales en las grandes atrocidades del siglo XX.

Herzog se caracteriza por abordar esa cuestión en términos semejantes a los de Julien Benda en La traición de los clérigos, desde el punto de vista de la renuncia de esa clase a los valores humanistas. Fruto de esta renuncia, es una “teología del sufrimiento” que convierte al intelectual en un crítico despiadado de la vida de sus contemporáneos hasta el punto de exigir la dura penitencia de un apocalipsis que libre al mundo de parásitos y enfermedades.

Pero Herzog, debido a las hilarantes y grotescas situaciones a las que le aboca el caos de su vida, logrará salir de la cárcel de papel en que se hallan inmersos los intelectuales apocalípticos, cárcel donde los individuos sólo se ven al trasluz de las palabras que los nombran e injurian, pero no de la realidad humana que cada uno de ellos encarna. La reconciliación de Herzog con esta última, con los seres humanos de carne y hueso, tan alejados de la imagen deformante de los mismos proyectada por su locura epistolar, cierra la reflexión de una novela espléndida no sólo por la historia y los personajes, sino por el magistral enhebrado de las ideas que la sustentan con su materia narrativa. Ejemplo difícilmente superable de cómo se puede pensar sin dejar de narrar, es decir, de cómo la novela es una fuente inagotable de pensamiento.

 

COMPARSA DE FANTASMA

JUAN BONILLA

Pacífico
Jose Antonio Garriga Vela
Anagrama
Precio: 15€
Páginas: 176

Pacífico es la nueva novela de Garriga Vela, y con esto debería estar dicho casi todo. Quiero decir, el tono susurrado, tan personal, de Garriga Vela tiene algo de hipnotizador, y que no haya sido reconocido aún como se merece no dice mucho en favor de nuestra vociferante escena crítica, pero eso da igual.

A pesar de un final de película de Hitchcock que reserva una gran sorpresa para los lectores, lo que importa en Pacífico, como en las otras novelas de Garriga, es el tono: un tono meditado, reflexivo, lleno de tramos de esa rara y verdadera poesía que no necesita recurrir a fulgurantes imágenes para atraparnos. Pacífico incurre de lleno en la novela familiar, una familia marcada de forma deliciosa por el infortunio, si se puede decir así: el infortunio es cruel y juega malas pasadas a los personajes de Pacífico, pero la manera en que el narrador –el gran protagonista sin duda de una novela llena de grandes protagonistas, cada cual con su novela a cuestas, cada cual retratado con una ternura y una capacidad de emocionar y de hacer sonreír infalibles– va deshojando los episodios centrales de esa novela familiar, evitan cualquier inclinación a la cursilería, corrigen la gravedad de cada drama con una tintura de levedad que, en vez de restarles fuerza, se la agregan, haciéndolos más verdaderos.

Es sorprendente la capacidad de Garriga para, sin alzar la voz nunca, mantenernos pegados a su prosa honesta, capacitada para imponérsenos líricamente sin caer nunca en el lirismo gratuito.

Dice muy bien la contratapa de esta novela cuando dice: si la intimidad es aquello que no se debe compartir, porque nos debilita, Pacífico es un relato íntimo que hurga en las entrañas de sus personajes con una delicadeza excepcional, hasta convertirlos en seres inolvidables maltratados por la vida. Los miembros de esta familia han vivido en la inopia, pero la realidad los sacará de ahí a golpes. Un padre que pagará muy caros sus amores con la dueña de una perfumería, una madre que ha impuesto entre ella y sus hijos una especie de grueso cristal, un hermano que construye barcos en miniatura y al que destruirá una casualidad tan verosímil que sólo podrá creerse cuando suceda otra vez. una comparsa de seres frágiles en manos de un destino al que le gustan las bromas macabras.

Esta comparsa de fantasmas, de seres verdaderos zarandeados por las cosas que pasan, que buscan algo a la que agarrarse entre lo que son de puertas adentro y lo que la realidad les impone, traman en esta emocionante, deliciosa novela, un tejido de historias, de detalles, de vida pura. El narrador que hay detrás, árbitro exquisito que sabe que un árbitro será más eficaz cuanto menos se note su presencia, se aparta educadamente como uno de esos viejos narradores de historias que empieza diciendo: voy a contaros una historia. Y entonces algo mágico sucede, la atención queda suspendida, y las palabras del narrador se convierten en vida, y sus personajes se nos vuelven cercanos, monumentales a pesar de su pequeñez, inevitables.

 

EL MIEDO, ESE SENTIMIENTO BURGUÉS

AMALIA BULNES

El país del miedo
Isaac Rosa
Seix-Barral
Precio: 19,50€
Páginas: 320

A la pregunta “¿dónde está el país del miedo?”, Isaac Rosa (Sevilla, 1974), una de las plumas más brillantes de la nueva generación de escritores españoles, responde sin duda: “en el primer mundo”. La sociedad occidental, a partir del 11-S, es pasto del polimorfo monstruo del miedo. Partiendo de este supuesto, del análisis de los temores en las sociedades acomodadas, de la génesis cultural de este sentimiento y su desarrollo en los entornos urbanos, ha construido Isaac Rosa su última novela, El país del miedo (Seix Barral), en la que se aleja de sus complejos ejercicios narrativos anteriores.

Frente a ¡Otra maldita novela sobre la Guerra Civil! y El vano ayer, El país del miedo sorprende al lector con una estructura argumental y un esquema narrativo mucho más sencillo. Se trata de un análisis ficcionado sobre el origen del miedo, un libro que hurga en los complejos de la civilización más segura de todas y, paradójicamente, más temerosa. Enhebrados estos temores en un relato muy verosímil y actual, Rosa enlaza de forma eficaz el susto imaginado, la posibilidad con la realidad, hasta completar al final de sus páginas lo que podría entenderse –incluso lo que él mismo ha definido– como un catálogo de miedos contemporáneos.

Rosa intenta, además, que el lector sienta ese miedo. A través de un inquietante relato, alterna cada capítulo de ficción con otro de corte ensayístico para conducirnos por esos caminos al borde de la paranoia y el delirio que provocan sus continuas suposiciones y su búsqueda del terror detrás de cada esquina. Dependiendo de los temores previos que tenga el lector, hará una lectura u otra de estos miedos comunes, a veces domésticos y otros adoptados de la literatura fantástica y el cine, pero en los que todos nos sentimos, de una forma u otra, reflejados.

Así, aunque la trama no parece ser lo importante en la nueva obra del sevillano, el joven autor soporta su particular tratado sobre este mal de nuestro tiempo con la historia de Carlos, un padre de familia que, atenazado por sus temores, emprenderá una búsqueda desesperada de protección para él y su familia cuando descubre que Pablo, su hijo preadolescente, es extorsionado en el instituto por un compañero, un muchacho conflictivo y violento que acabará ejerciendo el mismo acoso sobre el padre.

A partir de aquí, Isaac Rosa despliega todo el catálogo de miedos apegados a la sociedad burguesa. Miedo a los pobres, a los inmigrantes –“a los magrebíes, a los yonquis”, se atreve a especificar–, al robo intimidatorio en el hogar, al atraco con arma blanca en un oscuro callejón, a los gitanos, a los excluidos… casi ridículo, políticamente incorrecto, pero tremendamente sincero. “A menudo piensa en el dolor, pero le falta experiencia. Sus tratos con el dolor son vulgares, domésticos, nada reseñables”, explica el narrador omnisciente en un momento determinado. El miedo, pues, a lo desconocido, ha debilitado a la sociedad occidental más acomodada, la ha hecho temerosa y pusilánime. La sociedad del bienestar tiene miedo. No está preparada para enfrentarse al dolor. Sin embargo, no es éste un libro de conclusiones. Isaac Rosa apenas propone una serie de reflexiones y permite a casi todos identificarnos con la obra aunque sea con cosas de las que no se suele hablar. Lo que queda claro tras la lectura de esta novela, en un brillante y lúcido final, es que el miedo, como nos enseñaron a todos en los años escolares, es como la energía: ni se crea ni se destruye; tan sólo se transforma.

 

LA ACTRIZ DE CHÉJOV

FERNANDO VALLS

Correspondencia (1899-1904)
Antón Chéjov y Olgan Knipper
Páginas de Espuma
Precio: 14€
Páginas: 186

El interés de esta correspondencia privada estriba en que las epístolas tratan no sólo de sus peculiares relaciones personales, pues casi siempre vivieron separados, sino también de su vinculación con el teatro. No en vano, se conocieron durante los ensayos de La gaviota, en el otoño de 1898, un poco antes de que Antón pasara el primer invierno en Yalta, en busca de un clima más cálido y propicio para su salud. Sabemos que sus amores empezaron a gestarse en la dacha que el escritor tenía en Mélijovo. Olga iba a cumplir 30 años y empezaba su carrera como actriz, mientras que él, cercano a los 40, era un reconocido autor de relatos y estaba a punto de conseguir su primer gran éxito teatral.

Viviendo separados podía ella continuar su carrera como actriz y él mantener su independencia. “De acuerdo, me casaré, si quiere (...). Pero (...) ella tiene que vivir en Moscú y yo viviré en el campo e iré a visitarla. Sería incapaz de aceptar ese tipo de felicidad que dura veinticuatro horas al día, día tras día”, le confiesa a Suvorin. Así, las cartas están plagadas de las ternuras habituales entre enamorados, sin que falten los lamentos por la ausencia y las quejas por que no llegan las misivas con tanta celeridad como desearían. No escasea tampoco el humor, sobre todo en las del escritor, quien –por ejemplo– firma una carta como “Tu Toto, matasanos retirado y dramaturgo a tiempo parcial”. Por no comentar que, de haber llegado a tener un hijo, como deseaban, tenían pensado llamarlo Pánfilo.

Se casaron en 1901, con discreción y sin aspavientos, rompiéndoles el corazón a infinitas jóvenes fascinadas por el apuesto Antón, pero sólo un año después se produce una grave crisis en la relación al quedarse ella embarazada de otro hombre. No sabemos mucho más, aparte de que le provocaron un aborto. Quizá fueran estas circunstancias, y los celos, las que generaran un cierto rechazo hacia la esposa, sobre todo en Masha, la hermana preferida. El día antes de su casamiento, la poseesiva Masha le escribe: “¡Toda esa historia de la boda me parece un horror!”. ¿No tendrán que ver con estos espinosos asuntos las 75 cartas que desaparecieron ya de la primera edición de la correspondencia y que nunca han llegado a ver la luz?

No menos interesantes resultan las consideraciones sobre los entresijos del Teatro de arte de Moscú, fundado en 1898 por el director y actor Konstantin Stanislavski y por Nemiróvich-Danchenko. Se comenta cómo es preciso entender algunos pasajes fundamentales de sus obras teatrales; lo mucho que le costó la gestación de El jardín de los cerezos; cómo debe Olga interpretar sus papeles en estas piezas; o de que no siempre se muestra satisfecho con el trabajo de Stanislavski como director y casi nunca con el del actor.

Este libro es una pequeña joya que interesará a los admiradores del Chéjov narrador y dramaturgo. Pero debería completarse en el futuro con otros tomitos dedicados a la correspondencia de Chéjov con Alekséi Suvorín, su protector y mecenas, quizá las cartas más interesantes de las infinitas que escribió; y con el citado Nemiróvich-Danchenko. Para que se hagan un idea, sus epístolas ocupan doce volúmenes de las obras completas.

La personalidad de Chéjov es tan escurridiza que todo material nos resulta insuficiente para abarcarla lo mejor posible, e intentar entender lo que quiso contarnos en sus obras. La inclusión de un glosario de nombres propios y de un apéndice, con las cartas que Olga le sigue escribiendo, tras la muerte del escritor, me parece otro acierto más.