FIRMA INVITADA

¿QUÉ MISTERIO TE IMPELE A ESCRIBIR?

El origen de la novela "El mar invisible."

JUAN COBOS WIILKINS

Porque si se escucha: “Hágase la luz”, hoy se piensa en un dedo pulsando el interruptor eléctrico y no en la llegada del alba. Porque, mal usada, huera, la palabra no crea lo que nombra. Porque el verbo, cuando se hace carne, es hoy de hamburguesa y congelada. Por esto –y sus etcéteras– andaba yo rondando una historia que abrazase el milagro creador de la palabra, y muy especialmente, su facultad balsámica. El poder sanador de la palabra. En torbellino hacia ese epicentro giraban historias de soledad, de reivindicación de libertades machacadas, de parias de un tiempo histórico gangrenado. El territorio en el que sembrar esas palabras y verlas crecer en real fabulación me lo brindó el seguro azar. Pero acaeció de tan extraordinaria forma que la génesis de El mar invisible es en sí una misteriosa página.

Todo comenzó tras publicar El corazón de la tierra. Recibí entonces la invitación de un grupo de presos de la cárcel de alta seguridad de Huelva. Algunos la habían leído, querían hablar de ella. Tras aquella primera reunión, regresé: y escuchaba y aprendía. Nació así una relación, para mí, aleccionadora. Transcurrido un tiempo supe que más de medio millar de reclusos aguardaban en lista de espera para leer la novela, que se creaba en la prisión un club de lectura... y me emocionaba, me conmovía hondamente conocer el nombre que querían darle a su club. Saber que donde antes se alineaban barrotes privadores de libertad ahora se ordenan los lomos de libros. Libros, seres vivos que atesoran aquello que ni siquiera la cárcel puede arrebatar: la imaginación, las palabras, y ambas resueltas en la libertad de la creación. Por esto, cuando me asalta la envenenada y jodida duda, esas preguntas que –eterno bumerán– siempre retornan, ¿para qué escribo?, ¿por qué?, ¿tiene sentido?, pienso en los libros abiertos en la cárcel. Como alas.

Si ése fue el hálito inicial de El mar invisible, otros soplos vinieron a signar el camino, pues mientras esto acaecía, en la antigua prisión onubense se colocó una placa de homenaje a los homosexuales allí encarcelados. Muros de la España amurallada que fueron testigos de vejaciones, palizas, violaciones, cuando no de torturas y muertes y suicidios de homosexuales, víctimas de la Ley de vagos y maleantes, de la de Peligrosidad social. Pero aún hay otra vuelta de tuerca: en esa penitenciaría Miguel Hernández inicia su agónico peregrinar carcelario. Un poeta que defendió la libertad con la militante voz del verso. Todos los símbolos parecían encarnarse y ensamblarse con asombrosa y turbadora coherencia. Además, tanta angustia estaba junto al mar. El gran símbolo de libertad, al saberse tan cerca, mas no verse, aún volvía más lacerante el encierro. Se me otorgó así el título de la novela: El mar invisible. Y supe que debía hacer con la palabra igual que la ostra con su dolor: envolver el cuerpo extraño que la ulcera en secreciones de nácar hasta que el dolor queda metamorfoseado en perla. Un libro que nos ayudase a caminar, sin hundirnos, sobre las aguas de tantos mares –y males– invisibles. Como orilla de sus páginas puse un verso de Cernuda: “Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien”.