CLÁSICO

EL INFIERNO DE GRAHAM GREENE

El sabor del pecado dio sentido a la vida de Greene como novelista.

SUSANA FORTES

Hubo un tiempo –hace siglos– que yo todavía leía de una manera limpia. Es decir, no pretendía buscarle las tripas a la novela y me traía sin cuidado los ladrillos con los que estaba construida. Me sumergía en los libros con el mismo entusiasmo que luego encontré en los viajes. Y eso fue lo que significó para mí El americano Impasible de Graham Greene. Empecé a leerlo en la litera de arriba de un vagón de coches-cama, cuando el tren abandonaba la estación de Santiago de Compostela y dos horas más tarde, a la altura de Puebla de Sanabria, el mundo ya no era el mismo y yo me había convertido en una persona distinta, con otros sueños y probablemente con otro futuro. En doscientas veinte páginas aquel católico inglés medio alcoholizado me cambió la vida. Dos meses después me largaba sola a centroamérica, porque entonces aún no se me había pasado siquiera por la imaginación escribir novelas y lo único que quería era vivirlas.

Graham Greene fue espía, periodista, esposo infiel al que sus amantes siempre acababan dejando tirado y viajero impenitente. El escritor que había en él supo echar mano de toda su experiencia en la vida. Como periodista, cubrió la batalla de Fat Diem, cuando el gobierno americano intentaba ocupar la posición abandonada por Francia en Indochina. Corría el año 1952 y estaba naciendo el germen de la CIA. De ahí surgió El americano impasible. El triángulo de la trama lo forma el periodista británico, Thomas Fowler, un agente de los servicios secretos norteamericanos y una muchacha vietnamita. Pero es el ambiente el que se adueña de la narración y del alma del lector: los farolillos de los sampanes, la terraza del Hotel Continental, el opio, los sombreros como moluscos de las muchachas que reparan una carretera donde ha estallado una mina, la humedad en el delta del Mekong…

También estuvo destinado en Sierra Leona como espía al servicio de la Corona británica y de esa misión extrajo otra novela, El revés de la trama. Cuando su amigo Kim Philby, agente doble, se pasó al bando de los soviéticos, lo convirtió en el personaje de El factor humano.

A los 23 años se había convertido al catolicismo para poder casarse con Vivien Dayrell Browning, pero sólo empezó a creer en el Dios cuando conoció en México a un cura borracho, perseguido por los revolucionarios, que estando ya a salvo, fuera de la frontera, vuelve a cruzar al otro lado para darle el sacramento a un agonizante. Muere fusilado y en pecado mortal, pero se convierte en el protagonista de su mejor novela, El poder y la gloria.

Siempre el doble juego, entre la vida y la muerte, la política y la religión, el amor y la crueldad desarrollado en ambientes cargados de whisky y de calor húmedo que llevan al protagonista hacia un destino de perdedor, como cualquier hijo de vecino. Sin duda hay muchos escritores más notables que Graham Greene, pero hay muy pocos de los que yo me sienta más cerca.

Fue el sabor del pecado lo que le dio verdadero sentido a su vida como novelista. Puede que al final de sus días siguiera siendo católico, pero estoy segura de que no creía en más infierno que el que uno se busca para sí mismo. Era un perro viejo igual el periodista Thomas Fowler cuando dice aquello de: “si necesitase creer, me sometería hasta tener una religión, pero soy un reportero y Dios sólo existe para los que escriben editoriales”.