ENSAYO Y POESÍA
Jesús Fernández Palacios, Carmen López, George Steiner, Daniel Pennac, Oscar Wilde.
LECTURAS ENSAYO
ANARQUISTA PLATÓNICO
RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
Los libros que nunca he escrito
George Steiner
Siruela
Precio: 18,90 €
Páginas: 237
Había pensado titular esta recensión “Entusiasmo”, “Fiesta” o “Gigante”, algún sustantivo que revelara la talla de Steiner, pero he optado por recoger una expresión que el propio autor emplea para esbozar cuál es su posible “sólo posible” posicionamiento político. Y lo hago porque estas dos palabras, unidas, ilustran como pocas la singularidad, la audacia y también el rechazo que Steiner provoca en ciertos lectores. Porque Steiner es un escritor alejado de lo democrático y, por extensión, de lo políticamente correcto en el doble sentido que el compuesto anarquista platónico encierra: anarquista porque no sirve a otro estado, iglesia o capital distinto de su talento o del talento ajeno; platónico porque su compromiso es con la élite, no con la masa, y porque su concepción del arte es excluyente, que no reduccionista, pero siempre orientada a la negación de ese mal que la posmodernidad ha sembrado en los jardines estéticos: la idea, auspiciada por lo que Steiner llama “una igualdad por abajo”, de que todo vale, de que –por citar un ejemplo usado por el autor de Errata– Dylan y Keats son cantidades homogéneas.
Como Deleuze quería de la filosofía, uno tiene la sensación de que los libros de Steiner sirven para “entristecer”, pero que hacen de esa tristeza la piedra angular de su concepción del ser humano y de lo que en él alienta de memorable. Los libros que nunca he escrito arranca en ese sentido con una intuición muy querida por Faulkner, cual es que el territorio de todo arte es el fracaso, pero que nada hay tan digno como la ambición de dicho fracaso. A propósito de esta idea, Steiner nos habla de siete libros que un día proyecto o acarició escribir, pero que jamás ejecutó: una monografía sobre cierto redivivo Leibniz del siglo XX (el biólogo y sinólogo Joseph Needham); un tratado sobre la envidia a través de la disputa entre un mediocre (Cecco D’ascoli) y un genio (Dante); un mapa de los distintos idiomas del amor; un texto sobre la condición judía; un análisis comparado de la enseñanza en Estados Unidos, Francia y Reino Unido; un estudio sobre ética animal; y un análisis sobre teodicea.
La estatura de los siete ensayos es magnífica, con una prosa deslumbrante y un acervo asombroso, que engloba desde las geometrías no euclidianas o la música programática a la literatura veterotestamentaria y el Proyecto Genoma, pero por razones de espacio sólo me referiré con cierto detalle a uno de ellos, acaso el más personal.
“Los idiomas de eros” nos traslada algunas de las experiencias vividas por Steiner al “expresar y hacer el amor en cuatro idiomas”: alemán, francés, inglés e italiano. Texto en verdad delicioso, auténtica declaración de amor a la(s) lengua(s) y a la(s) mujer(es), Steiner propone en él una poética y una retórica de lo erótico partiendo de la evidencia de que “hacer el amor equivale a hacer palabras y sintaxis”. El resultado son un puñado de páginas que se leen con una sonrisa triunfante de inteligencia y unas tremendas ganas de irse (en buena compañía) a la cama. No me resisto, en este sentido, a compartir tres de las preguntas de Steiner: “¿En qué se diferencia hacer el amor en euskera o en ruso de hacerlo en flamenco o en coreano? ¿Qué preferencias o inhibiciones aparecen en amantes cuya primera lengua es distinta? ¿Acaso también el coitus es, fundamentalmente, traducción?”
Así que, de todos modos, al final voy a permitirme escribirlo: este libro es una fiesta, un motivo para el entusiasmo, la obra de un gigante.
EL COLEGIO DE PENNAC
ÁLVARO COLOMER
Mal de escuela
Daniel Pennac
Mondadori
Precio: 20,90 €
Páginas: 256
En su ensayo Como una novela (Anagrama 2001), en concreto en el capítulo “los derechos imprescindibles del lector”, epígrafe “el derecho a no leer”, Daniel Pennac escribe: “el deber de educar, por su parte, consiste en el fondo en enseñar a leer a los niños, en iniciarlos en la literatura, en darles los medios para juzgar si sienten o no la necesidad de los libros. Puesto que si bien se puede admitir sin problema que un particular rechace la lectura, es intolerable que sea –o que se crea– rechazado por ella”. Y tal vez no sea erróneo pensar que este comentario fue, aun no sabiéndolo el propio autor, un anticipo del ensayo, con tintes autobiográficos, que ahora publica Mondadori: Mal de escuela.
El libro arranca como una autobiografía de infancia en la que Pennac, no sin enormes dosis de humor, recuerda aquella niñez en la que todo el mundo, incluido él mismo, lo consideraba un “zoquete”. Ejemplos de sus dificultades para avanzar en el colegio no faltan: ‘aquella incapacidad para comprender se remontaba tan lejos en mi infancia que la familia había imaginado una leyenda para poner fecha a sus orígenes: mi aprendizaje el alfabeto. Siempre he oído decir que yo había necesitado todo un año para aprender la letra a. La letra a, en un año. El desierto de mi ignorancia comenzaba a partir de la infranqueable b’. Igual de reveladora, amén de divertida, es la anécdota con la que empieza el volumen: su madre, ya anciana, mira una película sobre su hijo, a la sazón escritor de prestigio, y al término de la cinta pregunta a su otro vástago: “¿Tú crees que lo logrará algún día?”. Y es que los problemas escolares sufridos por Daniel convencieron a su progenitora de que jamás llegaría a nada, recuerdo éste que ni los premios internacionales le han quitado de la cabeza.
No obstante, la incapacidad del “zoquete Pennac” para tirar adelante no impidió que algunos profesores le imbuyeran el placer de leer, ni tampoco que, con el paso de los años, terminara convertido en profesor, labor a la que Pennac habría de dedicar 25 años de su vida y que ahora le permite reflexionar sobre la situación del sistema educativo francés y, por ende, europeo. Es a partir de este punto, aproximadamente hacia la mitad del texto, cuando la autobiografía de infancia se transforma en un interesantísimo ensayo sobre la frustración de los alumnos que no consiguen ‘comprender’ nada de lo que les explican, sobre el miedo de la sociedad contemporánea a esa juventud que, de seguir así, arruinará la sociedad –”(…) basta con oírles hablar en una película, con escuchar treinta segundos de su música por la radio, con ver arder algunos coches durante un estallido social en los arrabales, para sentirse presa de un terror genérico y señalarlos como al ejército de los zoquetes que acabará con nuestra civilización”–, y sobre la capacidad del mercado para convertir a los mismos jóvenes en unos consumistas compulsivos, en una clientela permanente, en un colectivo que se niega a aceptar que en esta vida no puede tenerse todo.
De este modo critica el autor a una sociedad (mediática) que se pasa el día achacando a la juventud los problemas que ella misma padece, lanzando asimismo un mensaje al viento sobre la necesidad de reflexionar seriamente, y no con tópicos, sobre los problemas de nuestras escuelas. Así pues, un libro excelente para meditar sobre el mundo en el que se mueven nuestros hijos y para disfrutar de la prosa elegante del maestro Pennac, un autor que hasta el momento no ha cosechado demasiados aplausos en nuestro país, aún siendo una primera espada en el suyo.
CERCA DE LA VOZ DE WILDE
LUIS ANTONIO DE VILLENA
Conversaciones con Oscar Wilde
A.H. Cooper-Prichard
Backlist
Precio: 20 €
Páginas: 288
Oscar Wilde (1854-1900) ha pasado a la Historia por múltiples razones: como brillante narrador y dramaturgo, como figura pública del esteticismo inglés y como mártir pagano del homoerotismo, que lo fue de veras. Pero si hacemos caso a quienes le conocieron (desde frank Harris a André Gide) Wilde hubiese podido pasar también a la Historia por lo brillante de su conversación –a ratos monólogo– sembrada de paradojas y retruécanos, y con algo además hipnotizante… Pero nunca se grabó la voz de Wilde y lo más cerca que tenemos de ella son sus comedias de salón y las paradojas que publicó él mismo, así como el testimonio de los nombrados amigos y otros más…
¿Ha de entrar entre ellos este hoy desconocido A. H. Cooper-Prichard, que fue actor y que publicó algunos libros de viajes y de curiosidades, pero que hoy yace en pleno olvido, incluso en los vastos campos de internet?
En 1932 salió editado en inglés el libro que hoy se reedita en nuestra lengua, donde apareció por primera vez (igual que ahora lo vemos) en 1934, editado por Biblioteca Nueva de Madrid. Pero es el caso que ninguno de los grandes biógrafos de Wilde (digamos Richard Ellmann, por ejemplo) se dignan citar estas Conversaciones con Oscar Wilde. Indudablemente porque dan poca fe a un hombre que conoció a Wilde siendo muy joven (la abuela de Prichard era amiga u ocasional contertulia de Lady Wilde, la madre de Oscar) y que 32 años después de la muerte del personaje quiso reproducir unos diálogos de los que él habría sido testigo, y que en verdad no aportan nada nuevo a la biografía de Oscar, como no sea alguna que otra frase, muy de su estilo. Son diálogos con pintores como Whistler o Lord Leighton, con la propia mujer de Wilde, con el marqués de Queensberry (que aquí se llama Dodderington) y que pide consejo al esteta sobre su joven hijo “Algy” (Bosie) que quiere ser poeta y que es un consumado inútil; ente otros que ocurren en un té, en un restaurante o visitando un castillo medieval entre turistas yanquis, súbditos del país que Oscar denominaba “Vulgaria”. ¿Fue Cooper-Prichard juvenil testigo de todo ello y pudo recordarlo, treinta y tantos años después con tan meridiana claridad? No yo, sino la entera crítica wildeana, viene a responder que el señor Prichard fue un feliz aprovechado que conoció a Wilde (pero no tanto) y que tuvo la feliz idea, en el momento en que el nombre del autor irlandés, tanto años maldito, volvía a sonar, de publicar un libro con un título que no ha vuelto a repetirse ni se repetirá: Conversaciones con Oscar Wilde.
Sin embargo hay algo importante que debemos afirmar a favor de este presumible truhán Cooper-Prichard, y es que logró imitar muy bien el decir wildeano, lo que no es difícil para quien no sólo lo había escuchado en directo alguna vez, sino que había leído sus comedias y sus libros. Poco nuevo hay en estas Conversaciones… y no escasa trivialidad y pudor, pero de cuando en cuando (y sobre todo en el prólogo, donde aún no actúa la inventiva del diálogo sabido) surgen frases sueltas que, sin duda, son Wilde puro, aunque sepamos que su estilo es fácilmente imitable. He aquí algunas: “una paradoja es una verdad expuesta con palabras al parecer insinceras”. O esta otra: “la fantasía no se atreve a ser tan extraña como la verdad”. Y una más: “el concepto de la felicidad que tiene el americano es gastar mucho dinero”. Reconozcamos, en fin, que si Cooper-Prichard inventó un poco a Wilde y no fue muy lejos, leerlo (y con cuidado) lo había leído. Y quizá guardaba todavía el timbre de su voz, ya perdido.
LECTURAS POESÍA
REALISMO ÍNTIMO
JUAN CARLOS RODRÍGUEZ
Signos y segmentos
Jesús Fernández Palacios
Calambur
Precio: 15€
Páginas: 171
Creo que si alguien hoy se merece en España el título de poeta ese título debería otorgársele a Jesús Fernández Palacios. Pero cuidado con la palabra título. Son precisas tres advertencias al respecto: no hablo de título de poeta en el sentido del ceremonial nobiliario de título de conde o de duque. Utilizo el término de título en el sentido literal con que cervantes nos dice que don Quijote eligió a Sancho Panza como escudero porque era “un hombre de bien”. Hombre de bien es por supuesto Jesús; pero sobre todo poeta del bien (y del mal) que es un título que le viene como anillo al dedo. Puesto que él siempre ha seguido la consigna de su maestro, Carlos Edmundo de Ory: “la poesía debe traer felicidad a la gente”. Y como esa ha sido siempre la trayectoria de la poética de Jesús Fernández Palacios, por eso digo que se merece el título de poeta. La segunda advertencia quiero adentrarla en torno a la etimología de la palabra poiesis, que en efecto en griego clásico es similar a la palabra tejné. Lo que me interesa de esta similitud es su significado común de hacer las cosas con las manos, de construir un mundo que tenga vida propia. Por eso puede haber una buena poesía técnica, pero sin vividura, y puede haber, por el contrario, una técnica poética que busque una producción poética de carne. Este segundo sentido es el que le interesa a Jesús Fernández Palacios. Vividura, intrahistoria y extrahistoria son términos que se funden en lo que Jesús llama su realismo interno, su realismo íntimo. En dos sentidos: es real que él se muestra interna y externamente en sus versos. Se deja de máscaras y de ficciones o de la foucoltiana muerte del autor, etc., y nos viene a decir “esto no es un libro, o un poema, esto es un hombre y esto es lo que hay”. Pero por otro lado, está poniendo siempre en duda a ese yo real e interno que se muestra en el poema, continuamente trata de configurar y buscar a ese yo que se escapa y que huye y que no acaba de alcanzarse nunca. Porque con ello a la vez, en sus poemas, nos está diciendo a todos que eso nos pasa a todos: que nuestro yo y nuestro mundo se nos escapan, que somos sólo signos y segmentos. Por eso Carlos Edmundo de Ory hablaba de la dislocación de la sintaxis y la semántica en estos poemas, con ejemplos tan llamativos en Jesús como “tijeras de lluvia”, “nuca de la música”, “beso de lino”, etc.. A mí me gustan esos poemas tanto como los posteriores, y el tono clasicista o surrealista me da igual. Pues en cualquier caso se trata de formas de configuración del yo a través del lenguaje de la vida y por tanto –mucho ojo– a través del lenguaje del dolor y la muerte, desde el realismo interior que podría haber firmado también César Vallejo: “para cuando no haya...”
Por eso Jesús Fernández Palacios se merece el título de poeta.
EL JUEGO DE LA MUERTE
HÉCTOR MÁRQUEZ
Balance de negros
Carmen López
Colección Puerta del Mar CEDMA
Precio: 6 €
Páginas: 26
Si un poeta, en tanto hacedor de artificios condensados que generan emociones y sinestesias, se calificase por su equilibrio entre originalidad y tradición, Carmen López (Málaga, 1970), sería una poeta con mayúsculas. Cada vez más habitual en antologías y congresos de poetas mujeres, CL ha ido haciéndose un nombre de respeto desde la humildad personal y la singular orfebrería de su lírica formal. Su obra, iniciada en papel dentro de la estimable colección monosabio del ayuntamiento de Málaga con el libro Geografía del silencio (1999) y continuada por Mutis por el abismo (Muestra de poesía joven, Málaga, 2000) ha aparecido en antologías y en la red (www.poesia-carmenlopez.com/ y www.otredadezelig.blogspot.com/) hasta la publicación de éste, su libro más aquilatado, compendio de sus temáticas y fórmulas poéticas. Balance de negros, con el que CL se suma a la vasta nómina de poetas que han publicado en la colección Puerta del Mar que la diputación de Málaga creó al principiar los ochenta, es un volumen que distingue a la autora como una virguera que procura que las palabras vayan desflorando nuevos significados a su encuentro. Temáticamente, esta diseñadora y profesora universitaria en Málaga, tiene casi un único motivo que atraviesa su obra: la muerte como evidencia constante, la muerte como compañera lúgubre que te recuerda en cada acto cuál es tu destino. Ni el amor, ni la belleza, ni dios tienen en la poesía de Carmen López una voluntad redentora. Ella se obstina en recordar que un minuto más es un minuto menos y que todo lo que crece está obligado a la fosa común del eterno acabóse. Pero, como buena conocedora de la tradición, como lectora afín al lenguaje del barroco y sus epígonos, con Miguel Hernández a la cabeza (como ejemplo, titula uno de sus poemas, Arquitecto en lunas, homenaje al Perito el lunas del poeta de Orihuela), López, amante de las esdrújulas, se instala en un (h)uso cultista del lenguaje, en un espacio donde la condensación y el hermetismo conceptual, la sugerencia y el habilidoso manejo de los tropos la alejan de cualquier concesión a la autobiografía de línea clara y tan encantada de haberse conocido que mucho se ha practicado en los últimos años. No quiere que sus poemas se reciten como canciones para teenagers. Ella no habla de dolor buscando consuelo y lástima. Caros a su imaginería todos los motivos espectrales, románticos, vanitosos, e infernales, López parece apelar al lema que precedía el infierno dantesco: “oh, vosotros que entráis, abandonad toda esperanza”. Sin embargo, CL sí plantea una salida para paliar el afán suicida que destila su conciencia doliente: el humor. Humor negrísimo, cierto. Pero humor que es una puerta de alivio en el existir y que nace, precisamente de su oficio poético. Los juegos de palabras, las paradojas, los oxímoron, las aliteraciones, las metáforas que Carmen L despliega como una hechicera de artificios poéticos humanizan su conciencia y modernizan a esta autora que une erebos y buffering desde una herencia surrealista que cifraba el hallazgo poético en el encuentro inesperado de conceptos de diferentes especies. López, brillante, nos habla del desasosiego, sí. Pero desde el juego y la evidencia de que sólo nos resta esa mueca burlona que puede helarse ahora mismo. Baste su poema Proteico para ilustrarnos: “se ha vuelto proteico / este dolor / adopta tantos gestos / como momentos del día / a las tres se desmemoria / a las cinco recuerda su trabajo / a las siete con cemento recubre su labor / a las nueve trasiega la concordia / a las once se disfraza de palabras / a la hora del sueño/ me deja macerando / por si acaso recompongo la huida / me sumerge al baño maría / con pesas de dolor en los tobillos”.



