JUVENTUD: CANTO Y DESENCANTO

LOS NUEVOS POETAS MIRAN SIN COMPLEJOS A SUS MAYORES, ALGO QUE NO OCURRÍA ANTES. SON MÁS DIRECTOS ESCRIBIENDO

VICENTE LUIS MORA

Una vez, definiendo su obra, escribía el narrador Rodrigo Fresán: “mis personajes no vuelan, se estrellan”. En esta sentencia, de ingenuidad sólo aparente, había una clara intención de desmarcase de la tradición del realismo mágico, donde los personajes sí volaban; una tradición que los jóvenes narradores latinoamericanos –con excepciones– han considerado muy dañina, procurando sustituir el macondo de García Márquez por el McOndo de Fuguet y compañía. En la poesía joven española no se procede a una muerte del padre similar, seguramente porque… no hay padre. Ningún poeta ostenta un lugar de influencia tan considerable o importante como el que en su momento ocuparon Octavio Paz para méxico o César Vallejo para Perú (quizá por fortuna).

Sin embargo, y aunque no han tenido que esquivar ancestros voladores, los poetas jóvenes españoles sí han decidido que sus personajes también se estrellen. Si tuviera que definir con una palabra la síntesis de la poesía joven actual, elegiría una palabra que tuvo mucho éxito durante y sobre todo después de la transición a la democracia, y la llamaría “poesía del desencanto”. Casi sin excepción, los primeros e incluso segundos y terceros poemarios de nuestros vates de menor edad describen situaciones en que el yo poético –por lo común, un yo ficcional, romántico, no siempre confundible, ni siquiera en los numerosos supuestos de autoficción, con el autor del libro– se abre a la vida y se estrella, con mayor o menor derramamiento de sangre, contra sus mostrencos muros. El resultado es a veces un lamentado (y lamentable) recuento elegíaco de lo perdido, y otras veces, lasmás interesantes, una simple y digna descripción médica de los daños producidos por el leñazo. “Palpé la realidad y odié la vida”, escribió Espronceda como lema premonitorio de este amplísimo grupo de poetas, para quienes palpar no es diferente de estamparse, o ser estampados. No en vano el accidente de tráfico, la caída libre, el atentado terrorista, las peleas callejeras, el conflicto social con violencia incluida, comienzan a ser temas comunes en los poemas de nuestros autores jóvenes. Esas son las duras metáforas con las que asocian sus daños internos, sus colisiones íntimas, sus rechazos, sus dolorosos encontronazos con el otro sexo. Aquí podríamos hallar otra característica frecuente en la última poesía joven: hace unos años, alguien decía, y con razón, que los primeros poemarios solían ser los diarios del amor adolescente. Hoy en día serían, más bien, los recuentos de la iniciación sexual. Los jóvenes del XXI, ya lo dicen los sociólogos, son eminentemente más prácticos y directos que nosotros, sus ya avejentados predecesores.

AFINIDADES ESTÉTICAS Y DE AMISTAD

Detectó esa mentalidad práctica el crítico Luis García Jambrina, cuando describió una de las antologías donde ellos mismos se reunían, para hacer su “presentación en sociedad”. aquellosjóvenes decían autoantologarse bajo el criterio aglutinador de “la calidad”, pero Jambrina apuntó que “uno tiene la impresión de que, en algunos casos, han pesado más las afinidades estéticas y las relaciones de amistad o proximidad geográfica”. Eso, en realidad, y como Pascual Duarte decía de sí mismo, no es malo. Por supuesto, es la obligación del crítico señalarlo, porque no hay que tomar al lector por tonto, pero es lógico que los jóvenes se presenten en grupo, declarándose nuevos y sin padresestéticos y con poemarios rebosantes de calidad; a fin de cuentas: ¿quién iba a leer una antología donde los autores se reconocen noveles, inexpertos aún, vacilantes, llenos de deudas e influencias y con mucho que mejorar? Porque la poesía joven, sin excepción, es más o menos eso. el último caso de redonda precocidad fue el de Claudio Rodríguez, y me temo que pueden pasar decenios hasta que aparezca otro chico o chica de dieciocho años con un Don de la ebriedad bajo el brazo.

 ¿De qué hablan nuestros poetas jóvenes? Pues, sorpresivamente, de muchas cosas distintas. Siguen abundando los poemas encuadrables en el tópico del puer senex, el veinteañero que escribe sobre su “pasado”, aunque a veces la distancia temporal entre el momento de la escritura y lo escrito es apenas de unos años (o meses). La preocupación por los medios de comunicación de masas está clara en las voces jóvenes, no sólo desde títulos obvios como Napalm. Cortometraje poético, de Ariadna G. García (Hiperión, 2001), Comunicado, de Ignacio Abad (Ediciones Leteo, 2006) o SMS, de Daniel Aldaya (Calambur, 2007), sino también desde los contenidos semánticos de los textos. También hay numerosos rastros de poética hiperreal, de poetas dedicados a construir la lírica desde el realismo más descarnado, como pueden verse en antologías como Todo es poesía menos la poesía (Ediciones Eneida, 2004), Resaca / Hankover (Caballo de Troya, 2008), o La verdadera historia de los hombres (Editorial Eclipsados, 2005), en donde pueden leerse versos como “me gusta porque es suciedad, no metafórica”.

Es destacable que en los últimos tiempos hayamos asistido a la aparición de no menos de cuatro poemarios de jóvenes dedicados casi exclusivamente al tema de la identidad, algo bastante llamativo. Pero aún es más singular que cada uno de los cinco adopta una perspectiva diferente sobre la identidad, y el hecho de que cuatro de estos poemarios hayan sido publicados por poetas jóvenes (en un sentido flexible de la palabra). María Salvador (Granada, 1986) ha enfocado, desde lo femenino y sustentada en la idea de la especularidad, el tema identitario en El origen de la simetría (Icaria, 2007). Ernesto García López (Madrid, 1973), en El desvío del otro (Devenir, 2008), adopta la alteridad como presupuesto explicativo del individuo, dejando espacios a los demás dentro del uno mismo. Eduardo García (Sao Paulo, 1965), ya desde una perspectiva adulta, establece en La vida nueva (Visor, 2008) un examen de la identidad partiendo del “sujeto vacío” y enlazando con un tema, el de la máscara, muy presente en Cara máscara (Hiperión, 2007), del poeta madrileño Álvaro Tato (nacido en 1978); desde un enfoque dramatúrgico lo presenta Tato, y desde otro más filosófico García. Por último, también aborda el tema del sujeto, en este caso del sujeto narcisista, Yolanda Castaño en La egoísta (Visor, 2006), un poemario de planteamiento y construcción muy diferentes a lo que suele estilarse en nuestras letras, ahondando en la relación entre una persona y su imagen, y entre lo femenino y la belleza.

Como vemos, las direcciones son muchas, es casi más difícil –a diferencia de hace sólo diez años– encontrar los parecidos entre los poemarios escritos entre jóvenes que las diferencias. La normalización que atenazaba los libros de versos de los noveles hace unos años se ha liberado, atomizándose las tendencias, abriéndose las líneas y, en consecuencia, creando un panorama de poesía joven muy rico. Por supuesto que en ese panorama es complicado encontrar aún rutilantes piedras preciosas, pero pueden hallarse sin dificultad poemarios hermosos, complejos, innovadores, valientes, desprejuiciados, vibrantes, curiosos, interesantes. Ni todos los arriba citados lo son, si dejan de serlo muchos no citados. Hay que rastrear en las editoriales pequeñas de poesía, que es donde estos jóvenes suelen publicar, pero en algunos casos merecerá la pena conocer las aspiraciones de estos poetas, que miran sin complejos a sus mayores –algo que tampoco pasaba hace unos años– y escriben sin corsés normalizados sus poemas. El futuro es suyo.