EL DESENCUENTRO DE ESTÉTICAS

LOS NUEVOS PREMIOS HIPERIÓN Y LOEWE PROYECTARON LAS NUEVAS CORRIENTES DE LOS 80 Y 90

IGNACIO ELGUERO

La poesía española de los últimos treinta años ha estado marcada, en parte, por el desarrollo de la estética conocida como “poesía de la experiencia” y el contrapunto de la poesía del silencio, la poesía pura y las corrientes cercanas a la poesía metafísica. En 1980 el mapa poético estaba dominado por la evolución personal de los poetas del cincuenta y la aportación creativa de la generación novísima, concebida en un sentido más amplio que la de Castellet, con incorporaciones que aparecían en la obra Joven Poesía Española de Rosa María Pereda y Concepción G. moral que editase Cátedra.

Aquel año 80 ganaba el todavía prestigioso Premio Adonais una jovencísima Blanca Andreu con su obra De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall. Alejado de los gustos venecianos y culturalistas del momento, el libro mostraba, desde una inusual madurez en persona tan joven, una frescura de imágenes de tintes neosurrealistas que hizo que todas las miradas se posasen en aquella obra y su autora. Un año más tarde Miguel Velasco ganaba el Adonais con su libro Las berlinas del sueño. De nuevo, con un renovado irracionalismo surrealista en primer plano, llamaba la atención de la crítica otra apuesta aislada joven que desde posiciones de búsqueda se levantaba como contrapunto a los moldes poéticos de la generación del 70. En estos primeros ochenta, un grupo de jóvenes poetas madrileños como eran Mario Míguez, luis Cremades y el tristemente desaparecido hace unos meses Leopoldo Alas aparecen recogidos en la prestigiosa revista Poesía bajo la tutela de Vicente Molina Foix y Luis Antonio de Villena. Otros poetas en ciernes, como Luis Petisme o Jorge Gimeno trataban en esos años de buscar caminos posibles desde un Madrid en movimiento. Aquel grupo que el propio Leopoldo calificó en alguna ocasión, con el paso de los años, como “ generación subterránea” tardaría en dar sus frutos individuales.

LA NUEVA SENTIMENTALIDAD

Si Madrid era el centro del cambio social y cultural, en lo poético los nuevos aires vendrían por otro lado. En 1982 un joven granadino, luis García Montero, ganaba el Adonais con su obra El jardín extranjero. Este entonces desconocido profesor ayudante de la Universidad de Granada, que había dado un par de libros a la imprenta, –uno de ellos en colaboración con el poeta Álvaro Salvador–, marcaría, posiblemente sin pretenderlo, un nuevo y trascendental camino estético. Aquella poesía de lo cotidiano bautizada con el nombre de “poesía de la experiencia” arrancaría tantos seguidores como detractores, polémica hace tiempo superada. Si en torno a esta corriente se van agregando, bien por afinidades estéticas y personales, bien por la mirada de la crítica, nombres como el de Felipe Benítez Reyes, que se inicia con Paraíso manuscrito, y a finales de los ochenta Carlos Marzal con su libro el último de la fiesta o Vicente Gallego con su poemario La luz de otra manera, apuntando las buenas maneras que desarrollarían en el futuro, otros nuevos poetas van buscando apuestas alejadas de lo que acabaría siendo la corriente dominante de la poesía española en aquella década de los ochenta y primeros noventa. Jorge Riechman, a través de un línea inicial de indagación metafísica en evolución hacia el compromiso social, –y que recogiese Villena en su antología Posnovísimos–; Juan Carlos Mestre con su libro antífona del otoño en el valle del Bierzo; José María Parreño o Amalia Iglesias con Un lugar para el fuego son ejemplos de otras búsquedas poéticas en escritores nacidos a finales de los cincuenta y primeros sesenta. Serían precisamente los nacidos durante esta última década los que hacia finales de los ochenta y primeros noventa fuesen publicando sus obras y dando paso a una nueva y variada generación de poetas que pronto encontrarían un camino individual a través de la propia indagación, alejándose de los meros imitadores y epílogos.

Por otro lado, si el Adonais había sido hasta entonces el premio joven por excelencia, un nuevo galardón comenzaba su andadura en 1986: el Premio Hiperión. Un premio que pronto se convertiría en preciado trofeo y trampolín para los más jóvenes, al igual que foco de atención para la crítica. Luisa Castro con Los versos del eunuco; Almudena Guzmán con Usted; Miguel Casado con inventario, Jorge Riechman con Cántico de la erosión o Álvaro García con La noche junto al álbum fueron algunos de los primeros premiados, y nombres hoy indiscutibles y consagrados todos ellos. Mientras en los inicios de los noventa continuaba abierta la disputa estética, nuevos nombres iban apareciendo en el territorio poético, tratando de encontrar caminos no demasiado explorados tanto en el realismo de la imagen y el juego de la metáfora como en el pensamiento como poema y la reflexión como escritura poética. Vicente Valero desde la orilla de la metafísica en libros como Teoría Solar, –Premio de Poesía Fundación Loewe a la Joven Creación–; Aurora Luque, que inauguraba los noventa con su obra Problemas de doblaje, con una original búsqueda desde el realismo o Luis Muñoz y sus nuevos caminos hacia el interior de la poesía de la experiencia fueron nombres que junto a muchos otros como los de Juan Bonilla, José Antonio Mesa Toré, Eduardo García, Ada Salas, Lorenzo Oliván, Guadalupe Grande, Juan Antonio González Iglesias o Jordi Doce iniciaban en los noventa caminos personales con voces reconocibles.

A finales de los años noventa el mapa poético estaba cambiando. Tras la llamada Generación de los Novísimos, los intentos por definir nuevas corrientes o grupos generacionales marcados por apuestas creativas comunes no habían cuajado. La multiplicación de los publicaciones y premios literarios; la independencia creativa de los jóvenes frente a los dictados de opinión y las estéticos grupales cerradas; los soportes de comunicación y la llegada de internet dibujaban un nuevo entorno poético, de camino hacia lo que iba a ser, y es, el nuevo siglo de las individualidades.

Con el siglo XXI como cabalgadura la poesía española más joven, alejada ya por completo del desencuentro de estéticas, indaga desde los caminos más variados del pensamiento poético, ahora que la superación de la mirada bifocal sobre el concepto de poesía ha liberado de las ataduras al propio desarrollo creativo, facilitando la misma evolución artística. Un cambio de siglo en el que, eliminadas las etiquetas, se va completando con nombres como el de Pablo García Casado –que impactase con su obra las afueras–; Javier Rodríguez Marcos, Antonio Lucas, Martín López Vega; Mirian Reyes, Carlos Pardo, Ariadna G. García, Vanesa Pérez Sauquillo, Luis Bagué, Josep María Rodríguez, Juan Carlos Abril, José Daniel García o Antonio Portela, entre otros muchos, que se posicionan con apuestas formales muy variadas. el realismo, más o menos figurativo desde la utilización de la métáfora; el nuevo realismo de trasfondo social; el irracionalismo; el simbolismo; el nuevo coloquialismo; la indagación metafísica y existencial o los caminos mixtos entre estéticas aparentemente contrapuestas, dibujan un mapa poético de la poesía en castellano bastante alentador, todo lo necesario para que sigamos atentos a su desarrollo.