FRANCISCO BRINES
"LA POESÍA ME HACE CONOCER LO QUE DESCONOZCO DE LA REALIDAD"
JAVIER LOSTALÉ / RICARDO MARTÍN
Francisco Brines, uno de los grandes nombres de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX, nació en la localidad valenciana de Oliva en 1932. Perteneciente a la generación del Cincuenta, su obra, ya clásica, por su capacidad para tratar temas universales, como el amor, la soledad, la vejez o la muerte, está formada por ocho libros reunidos bajo el título Ensayo de una despedida, entre los que destacan Las brasas, del que pronto se cumplirán sesenta años, Palabras a la oscuridad, El otoño de las rosas y La última costa, a los que hay que añadir su importante labor ensayística. Académico de la lengua, su creación ha sido reconocida , entre otros premios, por el Nacional de Poesía , el de la Crítica, el Nacional de las Letras y, últimamente el Internacional Federico García lorca.
¿A sus setenta y seis años, y el corazón herido por un infarto que sufrió hace algún tiempo, sigue inmarcesible su amor a la vida?
Me importa la poesía porque me importa la vida. La poesía la potencia, pues por su medio desvelo la realidad, me hace conocer lo que desconocía. También trata de salvarla, ya que cuando lees un poema surge el texto como si hubiese acabado de escribirse, no importa que hayan pasado muchos años de ello. Sí, creo que el transcurso de mi existencia va unido a mi poesía.
Su casa de Elca, donde creció y ahora reside, es para usted un territorio mítico, en el que todos los sentidos se acoplan en natural armonía: la luz y la sombra, el perfume de los naranjos, la línea azul del mar.
En Elca transcurrió lo mejor de mi infancia. Desde ese lugar contemplé con sosiego y temblor el mundo: el exterior y el de mi cuerpo y espíritu. En ese lugar he experimentado, sobre todo, el sentimiento de pérdida. Allí aprendí a reflexionar, a descubrir la vida pausada y a la vez riquísima del campo, a leer y escribir sin prisas. Eran días maravillosos…En ese lugar se han cruzado todas mis edades.
Al escuchar “se han cruzado todas mis edades”, he pensado en Las brasas ,libro escrito en plena juventud, y en el que, sin embargo, hay una visión final de la existencia.
Así es. En ese libro se produjo premonitoriamente el destino que me aguardaba. La persona que era yo, en el libro se transforma en un anciano porque se escribió en un momento mío de decaimiento, y lo vestí de una carne ya alejada de la alegría. Era una forma de distanciarme de una realidad demasiado cruda.
¿Juan Ramón Jiménez fue, como ha dicho más de una vez, quien “le instaló definitivamente en la poesía”?
Su lectura me enseñó a gozar más de la existencia, a alcanzar plenitudes impensadas. Experimenté que mi sensibilidad se afinaba, que captaba mejor la belleza callada del mundo exterior, y aprendí a reflexionar sobre el tumultuoso y fascinante mundo interior del muchacho que yo era. Del que también aprendí mucho fue de Cernuda, ejemplo moral y de rebeldía, al que dediqué mi discurso de ingreso en la Academia.
Ensayo de una despedida resume muy bien el sentido de toda su obra, en la que desde la conciencia de que estamos abocados a la despedida final, hay momentos de plenitud y de gozo, junto a otros de pérdida y dolor.¿Esto determina el doble rostro de sus poemas?
Son el anverso y el reverso de una misma moneda: uno celebra la vida desde su exaltación vivida, el otro la canta desde su pérdida, doliéndose de ello, pero en el fondo son dos cantos celebratorios. La representación en que la vida consiste no cabe duda de que tiene escenas maravillosas, por eso uno siente verdaderamente tener que despedirse, tener que bajar el telón.
¿El poema es para usted el espacio de encuentro con el otro, con los otros?
Naturalmente, ya que todo lo que soy y me ocurre sucede en cualesquiera seres humanos. Esencialmente estoy hablando de ellos, incluso cuando hablo de algo muy concretamente mío, y por eso el lector puede emocionarse con lo que lee. Esa parte que desconocía de mí mismo y que he accedido a ella por el poema, puede asimismo verse como encarnación en mí del otro.
¿Esta “encarnación de mí en el otro” nos sitúa en el campo de la moral. ¿Responde a esa imbricación de la ética y la estética que fecunda toda su obra?
Entiendo que el acto de la escritura es un ejercicio moral. El asentimiento estético nos lleva a un asentimiento textual con respecto al hombre que lo ha escrito. Y eso implica un sentimiento de tolerancia, y el cultivo de la tolerancia entraña una actitud moral.
Hay unos versos que no me resisto a transcribir: “El destino del hombre es el amor./Y cada uno tiene su propia lucha y su propio camino”.
El amor representa la mejor inserción del hombre en el tiempo. Yo desearía creer en un cielo que sólo consistiese en hacer interminable la existencia del amante correspondido. El amor es el destino del hombre, como digo en mis versos, con lo que se engloban otras modalidades de este sentimiento: el familiar, el amistoso, el humanitario… cuando amamos somos más, y sentimos que nuestra naturaleza ha valido la pena.
El otoño de las rosas es, junto a Palabras a la oscuridad, uno de los libros básicos del conjunto de su creación. ¿En él –como afirma el ya desaparecido José Olivio Jiménez– alternan las percepciones de orden metafísico y los signos vitalistas, y posee una gran fuerza simbólica?
Palabras a la oscuridad es el libro central de mi juventud, y El otoño de las rosas lo es de mi madurez. Son los libros más extensos de los que he escrito. En cuanto a la fuerza simbólica apuntada por Olivio, el símbolo es una presencia indubitable en mi obra, y con respecto a la metáfora, al concretizar menos el significado le da más margen creativo al lector. Rosa, mar, luz, sombra…son palabras muy simples, son tópicos, y sin embargo el campo significativo es en ellas inmensurable.
Su obra está dotada de una clara unidad, por eso su último libro publicado, “La última costa”, lo veo como una recapitulación de todos sus temas desde una vida casi cumplida pero con aspiración de eternidad, y con la mirada todavía quemada por la belleza.
La última costa tiene mayor gravedad que El otoño de las rosas. Transcurre entre la infancia y la muerte: fíjate, mi último libro podría ser el primero, Las brasas, del que ya te he hablado, escrito a los veintitantos años. Esto indica la circularidad. Sí: toda mi obra es un solo libro.
¿Desde la altura de la edad y la plenitud de su escritura cómo contempla la existencia?
Pienso como el poema de Vicente Aleixandre “entre dos oscuridades un relámpago”, que la vida es un paréntesis entre dos nadas: la existente antes de nacer y la que se abre tras la muerte.
¿Y siente alguna preocupación por la inmortalidad de su obra?
Ninguna, porque creo que todo desaparecerá algún día. No sólo mi obra, sino la misma tierra que será engullida por el sol.
Obra que aún no está consumada. Ya tiene más de veinte poemas de un nuevo libro aún sin título
Sí, mientras tenga aliento, y ella quiera visitarme, seguiré escribiendo poesía.



