DE LA POSTGUERRA A LOS NOVÍSIMOS, UNA BIOGRAFÍA HETERODOXA
La Generación del 36, Grupo Cántico, el Cincuenta y la Antología de Castellet de 1970
JAVIER LOSTALÉ
El final de la Guerra civil española con su desmembramiento social, su retroceso histórico y su secuela de dolor y separación, reúne en su horizonte sombrío a tres generaciones: la del 98, la del 27 y la del 36, que se integra en la primera de postguerra. Conjunción que nos impide simplificar el proceso abierto en nuestra poesía tras la contienda, definiéndolo como la sustitución del simbolismo por el realismo. El cambio se produjo a partir de los años treinta en la idea del poeta como un ser iluminado y solitario, ajeno a la historia y a la colectividad. ¿Pero hasta qué punto esta actitud de compromiso, potenciada por la tragedia civil, afecta a la voluntad artística esencial al acto creador? ¿cuáles son los límites del realismo? en los primeros años de postguerra, independientemente de los brillos heroicos a la sombra de un Garcilaso muy mal entendido, la corriente central es la existencialista, en la que el compromiso social es gestado desde la intimidad y su tensión lírica, y caben por tanto las preguntas esenciales sobre la vida y la muerte. José luis Hidalgo, Juan Gil-albert, Luis Rosales, Leopoldo Panero y Dámaso Alonso representan muy bien esta corriente. José luis Hidalgo, muerto prematuramente, nos dejó como legado su libro Los muertos, honda meditación existencial con un lenguaje de respiración aleixandrina. Juan Gil-albert, escritor secreto hasta mediados de los setenta y muerto en 1994 sin los debidos reconocimientos, fundió los tiempos personal e histórico en una obra profundamente vital y con aliento clásico, en la que destacan títulos como Misteriosa presencia, Las ilusiones y el texto más serio escrito en nuestro país sobre la homosexualidad, Heraclés. en cuanto a Luis Rosales, otro marginado si atendemos a su estatura literaria, es un ejemplo de cómo el lenguaje puede prestar una vibración onírica a la realidad y desvelar la vida en sus últimos estratos mediante el juego de imágenes. La casa encendida es ya una obra perdurable. leopoldo Panero, cuyo centenario conmemoraremos el año próximo y del que acaba de publicarse la mejor edición crítica de su Obra completa que, ¡ojalá!, acabe con tanto olvido, es un poeta enraizado en la tierra, en la familia y en un dios buscado sin respuesta. sus versos transparentes y machadianos le convierten –en expresión de Andrés Trapiello– en “la voz más pura de la postguerra junto a Blas de Otero”.
Por lo que respecta a Dámaso Alonso, su Hijos de la ira revela todo el compromiso y la ira de quien se rebela contra una situación lacerante, mediante la universalización de las heridas y a través de un tratamiento realista y de un lenguaje coloquial que le permite indagar en la realidad profunda del ser humano. Unos años después con Ángel fieramente humano y Pido la paz y la palabra, Blas de Otero modelará también su voz con la de todos sin dejar de retumbar su propia soledad, angustia y unamuniana búsqueda de dios. Su lenguaje sangrará sin perder la euritmia de lo clásico.
LA ÉPOCA DEL CÁNTICO
A mediados de los cuarenta, surge el postismo con su naturaleza vanguardista y su exaltación de la imaginación y locura, ¡ojo! siempre consciente de que el arte es belleza y emoción. Un nuevo heterodoxo olvidado es su figura central, Carlos Edmundo de Ory, esa Música de Lobo, nombre dado a toda su obra, no es escuchada hasta la antología preparada en 1970 por Félix Grande. Ory considera el lenguaje como el lugar del conflicto entre lo cotidiano y lo metafísico y su lírica intrerrealista se fundamenta en Heidegger, el pensamiento cristiano y las filosofías presocrática y oriental. Como todos los grandes va más allá del movimiento que encabeza y a cuyo calor, con su personalidad única, crecen otros dos descarriados del canon: Gabino Alejandro Carriedo y Gloria Fuertes. Carriedo, fallecido en 1981, integra la sobriedad castellana y el vanguardismo en forma de realismo mágico y no ve contradicción entre experimentalismo y rehumanización. Por lo que se refiere a la “poeta de guardia” Gloria, de la que ahora se cumple el décimo aniversario de su muerte, algún día conoceremos la mina oculta que guarda su en apariencia obvia poesía oral. Y coincidiendo en el tiempo con el Postismo, amanece cordobés y sin resonancia en el clima de la época el grupo cántico, que se siente hijo del Veintisiete a través de Cernuda, y cultiva, con las naturales diferencias de sus miembros, una poesía intimista, refinada, donde el amor no convencional es núcleo y lo religioso envuelve con frecuencia lo pagano. Cántico, que ha enriquecido la poesía española del siglo xx con dos grandes nombres, Pablo García Baena y Ricardo Molina, muerto aún joven, será santificado después, a finales de los sesenta, por los Novísimos. Descabalgado del grupo para el estudioso, pero afín a él por amistad y espíritu secreto, figura Vicente Núñez, fallecido en 2002, personaje mítico, inseparablemente unido a su “ramera” o poesía, que ha dado frutos que hay que saborear por motivos más hondos que “su goce verbal y emoción”, en la poesía reunida del autor cordobés recién publicada.
Noticia con la que doy un gran salto de página que me lleva al cincuenta, donde aparte de la orla de los nombres canónicos (Ángel González, José Hierro, Brines, Claudio Rodríguez, Caballero Bonald, Gil de Biedma, Valente…), a los que se añadió en los últimos años Gamoneda o la poesía transparencia de la pérdida, avanzan su rostro Alfonso Costafreda (1926-1974), que no encontró ni en la poesía ni en el amor la posibilidad de llenar su vacío, y acabó suicidándose (Suicidios y otras muertes es su pricipal libro); Juan Eduardo Cirlot, inundado de mitos, imágenes y sonidos, conocedor de la verdad de lo irreal, padre del ciclo Bronwyn; Clara Janés y su ecuación infinita del amor; Julia Uceda y la aventura del conocimiento, como define su obra Miguel García Posada; Manuel Álvarez Ortega y su organismo simbólico en el que respira la muerte ; Manuel Mantero o el habitante de lo que permanece; el canario Luis Feria ,fallecido hace diez años, para quien la poesía es el fulgor que precede a la mudez; Jesús Hilario Tundidor, fusión de tiempo, historia y cultura, y María Victoria Atencia, que se mueve entre el suelo y el vuelo, y que por sus elementos culturales está cerca de los Novísimos, consagrados por la antología de Castellet en 1970, cuya obra respondía entonces a la crisis del realismo, en su peor sentido, y a su formación relacionada con la imagen y los medios de comunicación, su interés por la cultura popular y las mitologías clásica y contemporánea y a su gran libertad formal.
Los nombres son bien conocidos: entre los seniors Manuel vázquez Montalbán, el único fallecido de los nueve poetas antologados, o Antonio Martínez Sarrión, y entre la coqueluche, Pere Gimferrer, Ana María Moix, Guillermo Carnero o Leopoldo María Panero. Hoy, después de esa ruptura, e independientemente de antologías, podemos hablar ya del Grupo de los Setenta como un universo poético consolidado y muy rico, en el que caben todas las corrientes. Algunos de sus nombres, además de los ya citados, son Eloy Sánchez Rosillo, Luis Antonio de Villena, Luis Alberto de Cuenca, Antonio Carvajal, Antonio Colinas, Jaime Siles, Antonio Gala, Ana Rossetti, José Infante, Pureza Canelo, César Antonio Molina o Antonio Hernández. Y aquí termino esta biografía incompleta, y heterodoxa con frecuencia, de cuarenta años de poesía.



