LECTURAS ENSAYOS

FILOSOFÍA ERES TÚ

VICENTE LUIS MORA

Filosofía, Interrogaciones que a todos conciernen
Víctor Gómez Pin
Espasa Calpe
Precio: 23,90 € ; Páginas: 250

El punto de partida de este libro de Gómez Pin es tan simple que resulta escabrosamente ambicioso: devolver a la filosofía su condición de despertador (frente a aquellos que la han considerado como tisana sustitutiva del Prozac), incluirla en el giro de preocupaciones básicas de los humanos, y hacerlo con esa transparencia “que viene emblemáticamente asociada al nombre de Descartes” (p. 15). ahí es nada: hacer filosofía para todos, desde un lenguaje de todos, revirtiendo el giro hermenéutico que desde principios del XX ha convertido a la filosofía en algo para iniciados, dotado de una koinée que, según Vattimo, aleja al lector y enreda al especialista en una serie de topoi francamente indiscernibles no ya para el común, sino incluso para lectores expertos y cultos, pero no especializados en esa peculiar sintaxis, llena de incrustaciones griegas y alemanas. Seguramente el éxito continuo de pensadores como Nitzsche, Benjamin o Cioran, que siguen interesando a nuevas generaciones de lectores, parte precisamente del milagro de su transparencia expositiva. Algo que intentan también pensadores como Rosset, pero a costa de cierta superficialidad en el tratamiento de los asuntos.
Gómez Pin se plantea expresamente su libro como algo muy necesario, a mi juicio: “un catálogo relativo a qué ha de saber un filósofo” (p. 29), y ese catálogo incluye mucho más que el tradicional acervo de la Historia de la Filosofía, que es un buen laboratorio de trabajo, pero no el final de los saberes que debe dominar un pensador. Gómez Pin añade: “tal saber incluye necesariamente aspectos relativos a genética, lingüística, mecánica clásica, mecánica cuántica, Teoría de la Relatividad, teoría matemática de Conjuntos, topología algebraica, teoría físico-matemática del campo, teorías ondulatorias de la luz y del sonido, momentos de la historia de la teoría musical, historia conceptual del arte… y un no muy largo etcétera” (ibídem). En unos apéndices al libro se entra, ya de modo bastante técnico, en todos estos asuntos, lo que demuestra la coherencia del autor, que no se limita a exponer una programática, sino que demuestra haberla seguido, de modo intachable, durante muchos años. Cada capítulo del libro es un asombroso modo de leer el mundo, desde la historia científica, cultural y filosófica de cada concepto. Además, Gómez Pin señala oportunamente algo con lo que en principio estaríamos de acuerdo: “los problemas filosóficos son universales antropológicos, es decir, no hay lengua en la cual no estén presentes, ni sociedad que no esté obsesionada por ellos” (p. 37). Sin embargo, su actitud claramente cientifista –radicalmente cientifista, más bien–, nos plantea una duda: al hacer tanto hincapié en la necesidad de conocer los rudimentos de la ciencia de nuestro tiempo para sustentar deducciones filosóficas de ellas, el autor olvida que  también quienes en el pasado lo hicieron llegaron a conclusiones falsas por ser la ciencia algo en perpetuo desarrollo, una ficción que siempre escribe una historia inacabada. Hay algo de paradójico en defender universales a partir de concretos, aspectos que crucen la especie entera a partir de formulaciones incompletas de estados de investigación. apoyando conclusiones filosóficas sobre la genética cuando aún no se ha completado el desciframiento completo de todos los genes se corre el mismo riesgo que cuando se elaboraban reflexiones sobre el espacio y el tiempo antes de Einstein (y Einstein ya tampoco basta). Por eso Gómez Pin acierta más cuando escribe sobre la importancia de la ciencia (en general) y de la actitud científica como algo natural al ser humano, que cuando busca un principio científico y extrae consecuencias metafísicas del mismo. Esa preocupación científica es un universal, sí, pero no pueden serlo sus resultados parciales y concretos.




PROFECÍAS DE LA MODERNIDAD
AMALIA BULNES

La sociedad de la decepción
Gilles Lipovetsky
Anagrama
Precio: 14 € ; Páginas: 128

La edad moderna ha contribuido a precipitar las desilusiones de las clases medias, a multiplicar el número de descontentos por una realidad que no puede coincidir con los ideales democráticos.” Éste sería un buen punto de partida para analizar el contenido de La sociedad de la decepción, una larga y consistente entrevista con el filósofo francés Gilles Lipovetsky, testigo de la postmodernidad que describe de forma desoladora las últimas tendencias de la sociedad de la abundancia, alerta de los peligros del hiper consumismo y denuncia los monstruos que ha engendrado el progreso.
Lipovetsky, utilizando herramientas de la sociología, de la psicología, de la historia y hasta de la literatura, describe el mundo contemporáneo occidental de una manera impecable. Eso es cierto, como también lo es, sin embargo, que no descubre nada nuevo del ser humano postmoderno que somos todos, y tampoco aporta nada que no haya sido analizado ya por los nuevos gurús y corrientes de pensamiento contemporáneos, como pueden ser la publicidad y los medios de comunicación de masas.
Eso sí, Lipovetsky trata todos los asuntos cotidianos con un espíritu crítico, pero sin intenciones moralizantes. Toda una proeza de la que los lectores quedamos absolutamente agradecidos.Es capaz, simplemente, de exponer un ideario que permite conocer su posición frente a los problemas actuales, que él sitúa en el consumo, el hedonismo, la moda, el culto al ocio, la cultura como mercancía y el ecologismo como disfraz y pose social. Denominado como “el profeta de la posmodernidad”, el filósofo explica su teoría sobre el modelo de hiperconsumismo actual que rige el pensamiento de nuestras sociedades, es decir, aquella pequeña voz interna que nos obliga a comprar algún producto sin que realmente lo necesitemos.
Este pequeño ensayo de 127 páginas está escrito a modo de entrevista, lo que facilita la lectura pero también resta solidez a sus planteamientos. Porque, cómo decirles, en realidad, tampoco es una entrevista. Más bien es ese nuevo género editorial híbrido destinado a aligerar productos que a priori no lo serían. Estamos, y eso lo debería decir también Lipovetsky, en la era y la cultura de lo light. También en el pensamiento. Adivino en ello una tendencia, que, siguiendo los planteamientos del propio autor, no sé si llamar postmoderna, hipermoderna, o simplemente desganada.
Pues bien, en esta conversación donde los temas están planteados en torno a los tres bloques que a juicio de Lipovetsky provocan la decepción contemporánea –el consumo, la educación y el sistema político–, encontraremos algunas interesantes confesiones de este filósofo. Por ejemplo, nuestro autor tiene que reconocer que el sistema educativo se ha convertido en algo inútil para conseguir elevar a las clases bajas a altos puestos de decisión económica y política. En algunos momentos, Lipovetsky destapa descripciones geniales. Por ejemplo, al afirmar que “la democracia liberal es estructuralmente inseparable de la decepción, por la indeterminación de la misma democracia, es decir, de un poder que no pertenece a nadie, de un poder que es objeto de una competición cuyo resultado depende de elecciones”.
Sin embargo, como siempre en sus obras anteriores, Lipovetsky da un golpe de efecto final con una conclusión esperanzadora: “en un momento dado, las personas encontrarán la sal de la vida al margen del hedonismo consumista, sin que por ello la humanidad salga de la era democrática”. así sea.




TODOS FUÍMOS SÓCRATES
LUIS PUELLES ROMERO

Mayo del 68. Por la subversión permanente.
André y Raphaël Glucksmann
Taurus
Precio: 19,50 € ; Páginas: 248

El título de este libro de los Glucksmann, Mai 68 expliqué à Nicolas Sarkozy, es claro: el filósofo explica al político lo que éste prefiere arrojar al olvido colectivo. Porque donde el político ve hechos como monumentos a enterrar o a desenterrar con todas las fuerzas del estado, el filósofo teje interpretaciones con las que abordar críticamente el descalabro ideológico de los tiempos presentes. Abril de 2007: André Glucksmann interviene en un mitin en el que el Sarkozy defiende la necesidad de “liquidar la herencia de Mayo del 68”. Este libro es la reacción del filósofo, acompañado por su hijo, a esta proclama funeraria. Ambos interpretan dos posiciones generacionales, la de un relativismo de responsabilidad ética –éste sería l´esprit socrático del 68– y, por parte de Raphaël, la época de un nihilismo de pose estetizante y dulcemente desideologizado.
André Gluksmann evita caer en la trampa del discurso político dando a aquellos días de adoquines y juventud su mejor valor de uso, que es tomándolos para su interpretación y no para su celebración glorificante.
Insurrección, insurgencia, revuelta, rebelión,... cualquiera de estos nombres podría designar con acierto la naturaleza de aquellas turbulencias en la Francia aburrida de de Gaulle y Althusser; todos valdrían porque ninguno es “revolucionario” y porque en cada una de esas definiciones se refugia la noción de acción desestabilizadora. Lo que André Gluksmann nos cuenta es que Mayo del 68 no fue una revolución dirigida al derrocamiento de los poderes políticos, sino una acción de desautorización de los poderes ideológicos y académicos. En este sentido, Mayo del 68 es el acontecimiento final de la Querella de los antiguos y los modernos, que atraviesa la historia moderna de Francia pero, sobre todo, fue un episodio de subversión y heterodoxia cultural (“han rehabilitado una rebeldía más antigua que ellos mismos”, p. 187). cabría decir que el 68 francés tiene más de Rimbaud que de Marx y Mao. Los jóvenes arengados a partes iguales por Sartre y por Dani el rojo han dejado de fantasear con el asalto a la Bastilla pero sí invitan –en asambleas y a pedradas– a la venerable Sorbona a unirse a la fiesta de la calle. Fue el último acontecimiento multitudinario y expansivo en el que se vivió con pasión, y por tanto con inocencia, la ilusión festiva de creer que los jóvenes podrían marcar el paso ético de la historia. “Hemos hecho bailar a París”, proclamaron los Situacionistas. Entre los coches volcados y los libros de Lacan sobrevivía el kantiano Atrévete a saber. “Propongo que definamos retrospectivamente Mayo del 68 como la promesa de una revolución filosófica” (p. 106). esta definición combina bien con una de las consignas escritas con rápida caligrafía en las puertas de las aulas: “No quiero morir idiota”.




UNA HISTORIA DEL CINE DOCUMENTADA
RAMÓN NAVARRETE-GALIANO

Elegías íntimas
Hilario J. Rodríguez (ed.)
Ocho y Medio
Documentamadrid
Egeda
Madrid Film Comission
Precio: 24 € ; Páginas: 410

Se puede conseguir una panorámica del cine, a través de una serie de documentales? Esto es lo que se logra, con acierto y riqueza –por la mixtura y diversidad de los autores– en el libro Elegías íntimas. Instantáneas de cineastas. Una publicación que surge como apoyo teórico al Festival Internacional de Documentales de Madrid, Documentamadrid, que supone, con la excusa del comentario de los trabajos proyectados en ese festival, una amplia visión, un recorrido sincrónico y diacrónico, por lo que es la cinematografía mundial, gracias a un género, no muy reconocido y de poca exhibición en salas comerciales como es el documental. Si bien es cierto que en los últimos años el documental, incluida la producción española, ha tenido una mayor proyección en los círculos comerciales, En construcción (2001) o Bowling for Columbine (2002), son ejemplo de ello, pero siempre entendido como una concesión a la galería a la que acuden especialistas en cine que casi rememoran las sesiones de arte y ensayo, de los años setenta.
Este posicionamiento con los documentales en la actualidad es contradictorio y extraño, pues el documental, no lo olvidemos, es el origen del cine, en el primigenio Salida de los obreros de la fabrica, de los hermanos Lumiere.
Por tanto este libro recopilatorio sirve como reconocimiento a la labor importante de los documentalistas, a través de artículos del más diverso calado, escritos por autores tan heterogéneos como Belén Gopegui, Fernando Rodríguez Lafuente, Enrique Vila-Matas, Lorenzo Silva, Eduardo Jordá, Miguel Marías, Esteve Riambau, Doménech Font o Carlos Losilla.
Hilario J. Rodríguez, asegura en el texto que necesitaba hacer un libro viajero, y a buen seguro que lo ha conseguido, ya que la publicación supone un recorrido en el tiempo y espacio, dada la amplia temática de los artículos y documentales seleccionados.
Desde el dedicado a los inicios del cine “el abismo entre dos instantáneas” de Isa Campo, donde se reconoce la importancia del muy olvidado pionero Eaedweard Muybridge, hasta las inquietudes de Nanni Moretti a finales del siglo XX en “El flâneur postmoderno” de Guillermo Busutil.
En el texto hay viajes en el tiempo y en el espacio, en concreto en un capítulo denominado “lugares”, que junto a las secciones “Historia del cine”, “cineastas en acción”, “autorretratos”, “diarios fílmicos”, y, “lecciones, devociones y traiciones”, articulan el libro en seis apartados, que facilitan un recorrido, sobre autores como Ford, Welles o Antonioni; o aspectos estilísticos y formalistas, como puede ser el metacine, por ejemplo con Manoel de Oliveria que en su película Nice. A propos de Jean Vigo (1983), recrea y disecciona el documental a propos de Nice (1930) de Jean vigo, que supuso un aldabonazo a las conciencias burguesas de los años treinta.
Junto a los artículos una interesante antología poética sobre el cine, como los versos que escribió Manuel Machado en sus orígenes hasta el de Margarit cuando el séptimo arte ya cumplía cien años.
Quizá este libro no suponga un viaje a américa, como los que hacía el editor en su infancia cuando acudía a los cines de Vigo, pero sí es cierto que es un recorrido por aquellos que viajaron hasta la idílica arcadia, gracias a este lenguaje rico y enriquecedor de nuestra sociedad que es el cine y que en el documental encuentra unos cauces de expresión, siempre por explorar y por explosionar.




LA MORAL EN PÍLDORAS
LUIS ALBERTO DE CUENCA

Moralistas franceses
AA. VV.
BLU/Almuzara
Precio: 53 € ; Páginas: 1.296

Allá por 1998, cuando dirigía la Biblioteca Nacional, se me ocurrió sugerir a las autoridades políticas del momento que sería importante congregar a las principales empresas y fundaciones del país en torno a un proyecto bibliográfico que podría rotularse Biblioteca de Literatura Universal. Sería una colección de volúmenes gruesos en papel biblia que albergaran obras de autores clásicos, en la estela de aquellos beneméritos tomos encuadernados en piel que auspiciara don Manuel Aguilar a partir de los años treinta del siglo XX. Los poetas figurarían siempre en edición bilingüe, fuese cual fuese la lengua en que plasmaron su obra, en la idea de que el lector debe tener delante siempre el texto original tratándose de poesía. Entre las personas que acogieron con entusiasmo mi propuesta, recuerdo a Miguel Ángel Cortés, Fernando R. Lafuente y el Marqués de Tamarón, que se movilizaron en seguida para conseguir socios con vistas a hacer realidad lo que había nacido con tanta ilusión por mi parte. Hoy, diez años después, la Biblioteca de literatura universal (BLU) ha publicado ya una veintena de tomos, merced a los esfuerzos de distintas empresas y fundaciones que sería prolijo mencionar aquí, y gracias al trabajo del llorado Claudio Guillén, fallecido en Enero de 2007, a quien tuve el honor de proponer en su momento como Director Literario de la serie. La preciosa maqueta de la colección se la encargué a Gonzalo Armero, quien nos dejó, a destiempo, en 2006, víctima de una enfermedad incurable. Pero el hecho es que los seres humanos se van y las empresas culturales, si son sólidas y están bien fundadas, los sobreviven, y éste es el caso de la BLU, de la que se ha hecho cargo hace poco la joven editorial cordobesa Almuzara, que con tanto ahínco y vocación dirige Manolo Pimentel.
Homero, Goethe, Juan Ramón Jiménez, Ariosto (una soberbia traducción de José María Micó que le supuso el Premio Nacional de Traducción), Sor Juan Inés de la Cruz, Stendhal, Bécquer, Ovidio y el inca Garcilaso son algunos de los títulos ya publicados de la Biblioteca, que ahora se enrinquece con unos Moralistas franceses al cuidado del catedrático José Antonio Millán Alba, responsable asimismo, en compañía del veterano Salustiano Masó, de la cuidada traducción. La introducción la ha redactado Alicia Yllera, de la que aún recordamos uno de sus primeros libros, dedicado a ofrecer al lector español la arrebatadora leyenda de Tristán e Iseo. Con admirable erudición no exenta de elegancia, sitúa Yllera en su contexto histórico y literario a los diferentes autores y obras que constan en el libro y que cito a continuación: Blaise Pascal, Pensamientos; Duque de la Rochefoucauld, Máximas; Jean de la Bruyère, Los caracteres o las costumbres de este siglo; Nicolas de Chamfort, Frutos de la civilización perfeccionada; Marqués de Vauvenargues, Reflexiones y máximas, y Joseph Joubert, Pensamientos.
“El hombre”, ya se sabe, “es sólo un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco pensante”. Lo dejó escrito el gran Pascal ( Pensamientos, fragmento 186). Hay que ayudar, pues, a ese Roseau tan pachucho a comportarse bien en sociedad, y ésa es la tarea de todos y cada uno de los moralistas que se dan cita en este libro de la BLU. El padre de los manuales contemporáneos de autoayuda, omnipresentes en los escaparates de nuestras librerías, fue, sin lugar a dudas, Séneca, y en Francia no faltaron cultivadores de la sentencia ética de raíz senequista durante los siglos XVII y XVIII. Este libro contiene un buen baúl de píldoras morales y francesas de esas centurias. Si llegan a tragarlas (o sea, si las leen), estoy seguro de que van a dejar en su mente un regustillo muy tonificante.




ESPACIO Y TRANSCENDENCIA
DAVID MAYOR

Pasadizos. Espacios simbólicos entre arte y literatura
Vicente Luis Mora
Premio Málaga de Ensayo 2007
Páginas de Espuma
Precio: 15 € ; Páginas: 228

En sus anteriores ensayos vivente Luis Mora protestaba ante la estandarización de una determinada lírica, señalaba el panorama antropológico digital en el que debería concretarse un arte nuevo y describía las corrientes narrativas. El Vicente Luis Mora de este libro lleva al lector por pasadizos que lo conducen a través de un mapa de lecturas cruzadas por “ciertas líneas de tensión entre lo poético y lo arquitectónico”. Lecturas de Mallarmé, Wallace Stevens y Leopardi como modelos de extrañamiento, de las ausencias reales de Steiner, de la permanencia que inscribe el haiku, de Chillida y Tàpies, de los lugares de la memoria, de Babel y el laberinto, y de los admirados Quetglas y Lloyd Wright, lecturas todas ellas que marcan, por voluntad del autor, un territorio constituido en su devenir a la búsqueda de una nueva realidad donde sea necesaria otra forma de nombrar. En Pasadizos Mora describe la genealogía del asunto y el propósito de la arquitectura literaria: “Se busca –escribe mora– fundar un mundo, un lugar en el cual, a partir de millares de textos disímiles, se opere el milagro de una existencia nueva, ya sin la necesidad de dios, libre de la angustia de la necesidad de sentido. un lugar físico construido a partir de signos. Un templo con muros de tinta. Una bibliomaquia devenida, irreversiblemente, topomaquia”. Propósito que a uno le recuerda las estancias de agamben, un lugar para la diferencia, pese a la distancia que mora marca en cuanto puede con el postestructuralismo. Propósito que subraya y define tanto este ensayo como todo un proyecto personal.







LECTURAS POESÍAS





UN CIELO DE LITERATURA Y VIDA
JAVIER LOSTALÉ

El cielo de Septiembre
Juvenal Soto
Almuzara
Precio: 18,50 € ; Páginas: 80

Las manos y la mirada consiguen a veces una conjunción astral al abrir un libro de poemas. Es lo que me ha sucedido al habitar El cielo de septiembre, del poeta malagueño Juvenal Soto, pues la textura de las páginas donde brilla silenciosa la vida modelada por el paso del tiempo, la memoria del espacio y la sustancia misma de la literatura, me han acompañado con la transparencia de un cielo azul lleno de semillas y anuncios, como el del final del verano, fielmente reflejado en el diseño de la portada concebido por la editorial Almuzara. Transparencia simbolizadora de lo clásico, porque esta obra tiene profundas raíces y desnuda la experiencia de todo lo que no proceda de su hondo y universal hontanar.
La variedad de temas objeto de este poemario, donde hay un buen número de sonetos, no perturba la unidad de sentido de unos textos interiormente remados por la sombra de los años transcurridos, fecundados por la historia y los viajes y, sobre todo, traspasados de literatura, en la que se indaga, nunca de un modo académico, a partir de un relato, Lector de Homero, que precedió a uno de los poemas centrales de El cielo de septiembre , “El bosque de Homero”. La prosa le sirve a Juvenal Soto para, desde la fuerza matriz de la Odisea, condensadora de tiempos y escrituras, y mediante la ficción de que le fue dedicada por el propio escritor griego bajo otro nombre, el del novelista Antonio Soler, reflexionar sobre “la identidad única existente entre autor y lector; mostrar su desacuerdo sobre la escisión producida por los géneros literarios; ser consciente de que el verdadero viaje de ulises nunca tuvo llegada ni partida, porque la llegada es siempre el punto de partida.
Por otra parte, aborda que la vida y la muerte son un mismo acto, sin que entre ésa y ésta sucedan otras cosas que el todo y la nada; y otras cuestiones, que no empañan, sino iluminan el poema exento, libre en la vibración emocional transmitida durante su lectura. Tanta es la transpiración literaria de “este cielo de literatura y vida” conformador del libro, que el autor con frecuencia señala la génesis del poema, pero con una latitud significativa que desborda la anécdota. Así nos habla en “avenida en octubre” del lugar donde vive dominado por la estatua de cánovas del castillo, pero en realidad –nos dice– se está refiriendo a un mundo que se precipita al abismo; en la nota que acompaña los versos dedicados a “Bagdad”, alude al río Tigris como catalizador de la belleza de la ciudad y, más allá, como parábola de un mundo en extinción: “Si el cobalto fuera el color de los más puros, / será el Tigris no el caudal de la pureza, / sino la forma que ésta tiene / de ir al mar y confundirse allí / con los naufragios y las algas, / con los grandes machos de ballena / que hacia el sur nadan por si el mundo / de los hombres ahí termina; / ahí, o donde el alba da comienzo / y ya no es parte de la noche”. Y si piensa en María Zambrano al titular un soneto del mismo modo que su libro Filosofía y Poesía, se busca el imposible abrazo entre mito y razón. Otras veces es un acontecimiento histórico como la batalla de trafalgar, un libro de Paul Auster o un cuadro de Leonardo da Vinci, los que amanecen el poema tras transubstanciarse la prosa en palabra poética. En fin: la materia radiante de El cielo de septiembre está hecha del rostro de la vida y la muerte, con su memoria de lugares y cicatrices. Y entre dos luces, siempre el horizonte eterno de la creación artística.





LA VOZ CONFIDENCIAL
JUAN BONILLA

Oro
Manuel Rosal
Metropolisiana
Precio: 15 € ; Páginas: 60

Oro es el primer libro de poemas de Manuel Rosal (1976), aunque nada que ver con lo que comúnmente se entiende por primer libro de poemas, conjunto de balbuceos en los que el lector puede intuir una voz personal y se zambulle en los poemas haciendo un ejercicio de corrector de pruebas que mejore el resultado que se nos ofrece. En este primer libro, el corrector de pruebas ha hecho bien su trabajo, y el poeta nos presenta unos poemas pulidos, seguros, reflexivos, sin asomo de pedantería, con una voz susurrada y una música callada que, una vez cerrado el libro, se nos impone dejándonos la sensación de haber pasado –o haber dejado que nos pase– una poesía “verdadera”. Ya sé, ya sé que es un adjetivo demasiado peligroso, pero veámoslo. Si hay algo difícil a estas alturas, todo lector de poesía lo sabrá, es dar con alguien que tenga una voz personal que no se personalice por el grito, el gesto grandilocuente o la bufonada. una voz que piense en imágenes para dejar al lector el trabajo de dar a esas imágenes la dimensión que le convengan. Hay un poema en Oro –el que presta título al libro– en el que leemos: “Qué ancho el corazón de un hombre / cuando lo ha perdido todo y se levanta / Plantado en el camino, con la línea / del horizonte partiendo su pupila / puede tanto que parece oro / el polvo al sacudirse”. es una imagen hermosa por sí sola, como de película publicitaria a la que no le hace falta eslogan. Y su fuerza radica en que la imagen reverbera en nosotros grandiosa a pesar de la humildad de sus palabras. Creo que en esa tarea Oro se las arregla para acompañarnos con unas cuantas imágenes espléndidas a las que el significado se les multiplica por el don con el que las arma el poeta. Un poeta que sabe cómo arrancarle significado a historias pequeñas, a gestos cotidianos, a las palabras de siempre, inyectándoles un vigor nuevo –véase el poema “Parte del amor”, por ejemplo, para apreciar con qué exquisito talento se dota a una escena familiar de una carga sentimental que no pisa la línea del sentimentalismo sin por ello renunciar a reportar honda emoción–. A veces los poemas del libro funcionan como apuntes de diario o intento de descripción moral del personaje que está detrás de los poemas, y se le puede consentir algún apagado eco de intimismo que no va a ninguna parte (o por ser malo, sólo sirve para describir, como en el poema “ansia, una personalidad que lo mismo podría ser la del poeta que la de alguien que chateando con nosotros se aviene a confesarnos una patología curable), pero cuando acierta a imponernos su ritmo, entrar en su voz confidencial, qué experiencia grata encontrar ahí poesía verdadera. Poemas como “la herrería, el espléndido “almas frágiles, corazones sentimentales”, o el largo poema final, “la isla”, vuelven a Manuel Rosal un poeta perfectamente antologable en cualquiera de los compendios que han sido editados últimamente ofreciendo lo mejor del panorama poético español. Pero más allá de esa anécdota, lo que importa de Oro no es ni siquiera la voz del poeta, sino el hecho –que sigue siendo milagroso– de encontrar un puñado de poemas que nos sirven, unas cuantas imágenes que agregamos al caudal de imágenes con el que nos defendemos del mundo o lo amamos –incluso en defensa propia–. Sí, ancho el corazón del hombre cuando lo ha perdido todo y se levanta, y al sacudirse el polvo se nos aparece con un halo de oro que lo santifica: es una imagen del poeta, pero también una imagen que nos dice de algún modo a todos. Más allá de que Oro sea un espléndido debú, lo que importa, creo, es que nos permite añadir esas cuantas imágenes que nos sirven, porque de alguna manera, nos expresan.