TÁNGER
DONDE LOS NÓMADAS FUERON A MORIR
ALFREDO TAJÁN
Tánger fue el refugio ideal que algunos viajeros, hambrientos de sensaciones, encontraron al límite de sus fuerzas y de sus dolorosas degeneraciones. Tánger, ¿primer puerto de europa o último de áfrica?; Tánger, cisterna de luz y de espumas inverosímiles, ciudad leve y hedonista en el extremo africano, más allá del cabo espartel, abismo dúctil; Tánger, zona internacional de 1923 a 1956, donde la llamada sociedad del café society se creyó al resguardo en plazas imposibles y bajo pórticos abovedados, y segura en un mapa de hoteles imposibles, y satisfecha gracias a siluetas efébicas a las que acariciar sobre almohadones de seda cruda; Tánger, según Morand, era una “úlcera cosmopolita, creación abstracta del derecho internacional, público y privado”; Tánger, en definitiva, era un lugar para la sabiduría y para el éxtasis.
Indudablemente las libélulas del café society invadieron Tánger atraídas por su luz, pero se expusieron demasiado a los rayos de aquel sol herido. No sólo narradores, sino también millonarias, poetas, actrices, diseñadores, cónsules para dos bandos, aristócratas arruinados y gigolós que compraban placer. Un lento declinar de especies protegidas, extrañas, simbióticas, flores excéntricas de un invernadero que nunca existió. Tánger se transformó en hito y mito de encuentros y desencuentros, y sufrió dos invasiones a las que la ciudad ha logrado sobrevivir hasta hoy.
La primera invasión se realizó en línea ascendente, como señala el Almanaque Gotha de la heráldica europea: Gertrude Stein, Paul Bowles (con Aaron Copland en 1926 y con Jane Bowles en 1947), Truman Capote y su enemigo íntimo Gore Vidal, Tennesee Williams, y la deliciosa y desesperada plutócrata Barbara Hutton, que murió con unos escasos tres mil dólares en su cuenta corriente. Nosotros, España, aportamos dos joyas del producto nacional neto: Emilio Sanz de Soto y Pepe Carleton.
La segunda invasión es atlántica y más tardía, hacia 1950: los beats, dopados y antiviajeros; me refiero a Brion Gysin, empujado por Bowles, que ya es a la Tánger dorada lo que Somerset Maugham a malasia; a William Burroughs, eternamente intoxicado por la jeringuilla hipodérmica; a Jack Kerouac que con Allen Ginsberg caen enamorados sin remedio de la zona de interposición; a Peter Orlovsky, arrastrado por los demás y que nunca olvidará ese viaje tan bello como salvaje. Las relaciones entre unos (Bowles) y otros (Burroughs) no eran excesivamente excelentes, a pesar de contar con una cartografía de hoteles como el Minzab o el Rembrandt, en los que ambas estirpes podrían haber perdido el control ejerciendo la atracción recíproca. Sólo allen Ginsberg y Paul Bowles durante un tiempo ejercitan juntos algo de ese sueño estático en una ciudad nacida, a su vez, del sueño y del deseo fugaz. Se trataba de doparse hasta el fin y de tener cerca, y a disposición, un cuerpo joven.
¿Podría hablarse de una tercera invasión? No, pero por Tánger también transitaron, ahí es nada, Jean Genet, Samuel Beckett, Joe Orton y Mick Jagger. Sin embargo, a principios de los años setenta, todo se fue a pique. Mohamed Choukri en Genet en Tánger le pregunta al autor de Querelle por qué se aloja en el Hotel Minzab, paradigma del colonialismo, y Jean Genet le contesta sin dejar intersticios: “Porque soy un cerdo asqueroso”; digo yo que en la exageración está el límite, porque el director del hotel era furibundo lector de Genet y le trataba, también lo explica Choukri, a cuerpo de rey.
En estos últimos años parece que estamos viviendo un renacimiento. Tánger como ave fénix cuenta con un nuevo Paseo marítimo y está rehabilitando los hoteles y cafeterías protagonistas de aquella época de oro, la ciudad emerge parcialmente pero con fuerza. No obstante, los mitómanos, cuando la visitamos, aún nos sentimos identificados con aquella frase de la protagonista de La vida perra de Juanita Narboni, novela esencial sobre Tánger del malogrado Ángel Vázquez y que se merece un suave ritornello. Exclama en jaquetía la Narboni: “Pobrecita mi Tánger, abandonada por todos, como yo misma”.
Supongo que habrá que desintoxicarse del recuerdo de aquel tánger y mirarlo de nuevo, otra vez, siempre, desde la terraza del Hotel Continental, desde el otro lado, desde el lado en que se vislumbran todas las exaltadas expediciones que desembarcan singularmente atraídas por las olas ambiguas, las olas atlánticas y mediterráneas, que se mezclan en el estrecho.
Y es que los escritores no tenemos arreglo, ni Tánger tampoco.



