SOBRE UNA FORMA LITERARIA

EL TALENTO DEL ESCRITOR Y NO LA MATERIA DE LA QUE SE OCUPA ES LO QUE DEFINE EL ENSAYO COMO LITERATURA

JORDI  GRACIA*


Nunca sabemos del todo qué es lo que califica la palabra literario. Cuando tantas veces usamos la expresión ensayo literario lo hacemos con una equivocidad involuntaria por ausencia de una definición normativa estable y segura, o ampliamente compartida. La prosa del ensayista puede hacerse ensayo literario por la calidad expresiva y la intención del autor o bien puede hacerse ensayo literario en razón del objeto sobre el que reflexiona el ensayo. Es una equivocidad incómoda pero no sé si realmente preocupante porque lo que ha de acabar definiendo el ensayo como literatura es el don del escritor y no la materia de la que se ocupa. El ensayo de un científico como Jorge Wagensberg o de un pintor como Salvador Dalí raramente diríamos que son ensayos literarios y sin embargo es absolutamente justo emparentarlos con la literatura. Y quizá es por ahí por donde más y mejor puede empujarse esta noción, cuando aceptamos y entendemos que la prosa reflexiva e imaginativa, expresiva y rica engendra la sensación de estar ante una página que es literaria de una manera muy fundamental. Leer a Wagensberg para seguir con él las peripecias de la línea curva en la naturaleza o el despliegue lógico de las formas caprichosas de los animales no es una actividad informativa o formativa sino literaria porque el placer que engendra el texto y la misma motivación de la lectura no proceden del afán de saber y conocer mejor el mundo de la naturaleza sino del afán de explorar el mundo de la imaginación del propio Wagensberg. Y con Dalí sucede lo mismo, como sucede con el ensayo como género cuando se desprende del fin formativo y se adentra en el de la experiencia gratuita de la literatura como plenitud o como arte sin más finalidad que él mismo (aunque esa ausencia de finalidad sea precisamente la que las contenga todas).
Cuando Antonio Muñoz Molina despliega su prosa y su saber en torno a William Faulkner o en torno a la peripecia vital y literaria de Max Aub, el fundamento primordial que lo anima es la recreación de un ámbito de su experiencia afectado por ambos autores: uno porque es fundamental en su formación de escritor y el otro porque lo es en su formación ciudadana. Sus ensayos literarios sobre ambos pueden ser tomados como fuentes de información fiables sobre esos escritores pero el efecto y el placer de la lectura han trascendido la función informativa en el lector para hacer acceder esos textos a otro ámbito de experiencia que es propiamente estética o literaria porque no se satisface o no culmina únicamente en saber más cosas de uno y de otro sino en el hecho de disfrutar el ejercicio mismo de la evocación o de la reivindicación. Si Javier Marías dedica unas cuantas
páginas a la atmósfera de una película querida o si Francisco Umbral se demora caprichosamente en las cabriolas literarias y angustiosas de Ramón Gómez de la Serna el resultado vuelve a ser el mismo: literatura y recreación poderosa de la experiencia cultural de ambos autores antes que un repertorio de datos e informaciones, aunque cumplan secundariamente ese mismo papel.
Y ese es quizá un buen criterio diferenciador de lo que vale por ensayo literario y lo que vale por ensayo sobre literatura. Resignarse a la ambigüedad del criterio no me parece mala solución, de la misma manera que es equívoco o inasible el criterio que nos impulsa a distinguir entre literatura de calidades distintas. a menudo se trata de intuiciones difíciles de racionalizar pero a menudo también esas intuiciones son inequívocas. me parece preferible aceptar esas difusas fronteras que proponer la rigidez de otras porque no ayudan a moverse entre las distintas subespecies del ensayismo literario cuando se hace carta literaria o se hace retrato abocetado, cuando quiere atrapar un rasgo de estilo acercándose a la crítica literaria o cuando explora una noción teórica y abstracta como hacen Montaigne o hace Sánchez Ferlosio. cuando la semblanza de un escritor se hace con la gracia de Josep Pla en sus Homenots o cuando el retrato se hace como en tantos artículos sobre escritores de Mario Vargas Llosa, renovamos la sensación de tocar otro espacio fronterizo del ensayo que es literatura porque prevalece algo distinto a la documentación sobre un escritor: prevalece en esa literatura que es el ensayo biográfico una disposición de los datos y un tono de escritura, una percepción de la vida organizada por un escritor con imaginación y plasticidad estilística (la que sea, la suya), antes que la voluntad de ordenar la información sobre un autor. el resultado puede ser entonces menos preciso y sistemático, incluso menos útil para la consulta de precisión, pero sin duda será también más rico en otro tipo de informaciones complementarias, en resonancias y perspectivas que son la base real de la aportación literaria de Pla o de Vargas Llosa en esos casos. No sé si suena bien pero es una convicción profunda que el ensayo se hace literario cuando ha trascendido la utilidad inmediata de su objeto específico y lo desplaza, gracias a la voz y el artificio del escritor, hacia el lugar donde la lectura se hace capricho y placer puro, como en la poesía o como en el arrebato de la narración.

(*) Profesor de Literatura de la Universidad de Barcelona y Premio Anagrama de Ensayo 2004.