EDUCAR EN LA CIENCIA
GOULD FUE UNO DE LOS GRANDES CIENTÍFICOS EN EL DIFÍCIL ARTE DE EDUCAR Y CONMOVER
JOSE MANUEL SÁNCHEZ RON*
Entre los géneros literarios clásicos, el ensayo ocupa un lugar destacado. Ciertamente, no puede competir con la novela o la poesía, que arrastran tras de sí a legiones de lectores, ávidos de vivir a través de sus páginas existencias que nunca serán las suyas. El objetivo del ensayo es otro: ponernos en contacto directo con los pensamientos, argumentaciones o, simplemente, reflexiones de lo que alguien ha puesto negro sobre blanco ejercitando los poderes de racionalidad para los que también dotado está el cerebro humano. Mientras que el escenario más frecuente de la llamada “creación literaria” es lo imaginado, describir escenarios y personajes, siempre intentando suscitar en los lectores emociones profundas, el ensayo se mueve normalmente en el ámbito de lo real, persiguiendo sobre todo el enriquecimiento de la inteligencia del lector con el fin añadido de ayudarle a que se sitúe mejor en el mundo en el que vive. Precisamente por tal objetivo, no nos extraña que historiadores, filósofos, politólogos, sociólogos, antropólogos, críticos de arte o los propios artistas (pintores, escultores, músicos) hayan frecuentado el género ensayístico. ¿Cómo nos va a extrañar si la historia, la filosofía, la política, la sociología y la antropología nos ayudan a comprender el mundo, presente y pasado, mientras que el arte es una de las manifestaciones más visibles de las culturas de ese mundo?
Ahora bien, en la lista precedente falta algo. En realidad, se trata de una carencia
evidente, mucho más en el mundo en el que vivimos (desde hace ya mucho). Me estoy refiriendo a la ciencia. En efecto, la ciencia –y la tecnología, estrechamente emparentada con ella– es, sin ninguna duda, el instrumento que ha permitido a los humanos avanzar más del estado en que se encontraban los primeros homo sapiens. Si pensamos en, simplemente, los últimos tres siglos, ¿a que se debe la radical diferencia que existe entre cómo vivían los hombres y mujeres del siglo XVIII, el de la Iilustración, y aquellos que pudieron o pueden llamar suyo al XX? Porque diferencias, y grandes, las hay; en, por ejemplo, calidad y extensión de vida. ¿Se deben tales diferencias a cambios de índole política como la introducción o extensión de los derechos civiles y de la democracia? No, rotundamente no. Se deben a la ciencia.
¿Y por qué, si la ciencia es tan importante, no ha penetrado demasiado –¿apenas?– en el género ensayístico? Es cierto que desde hace tiempo, y muy especialmente durante las últimas décadas, ha aumentado el número de libros que tienen como protagonista a la ciencia. Ahora bien, no nos engañemos. Estas obras son en su inmensa mayoría textos de divulgación científica, un género literario, por supuesto, absolutamente respetable; más aún, necesario, puesto que permite a todos aquellos –la mayoría de la sociedad, de cualquier sociedad– legos en materias científicas saber algo de ellas, formarse una idea, un corpus básico y elemental de esas disciplinas que, cualquiera se puede dar cuenta de ello hoy en día, tanto penetran e influyen en nuestras
vidas. El objetivo de la divulgación científica es presentar un tema científico y lograr que el lector lego pueda entender de qué trata y por que es importante. Por supuesto, para lograr semejantes metas, el autor debe poseer una serie no desdeñable, ni frecuente, de habilidades. En primer lugar, obviamente, conocer aquello de lo que habla; esto es, poseer conocimientos científicos. Pero no basta con esto; debe, además, tener la imaginación y habilidad suficientes para simplificar y permitir a sus lectores que accedan a lo más esencial o importante de los conocimientos que él sí posee. Un poco de arte narrativo también ayuda.
Un ejemplo canónico de divulgador científico es el de Iisaac Asimov (1920-1992), autor de, literalmente, cientos de textos en los que explicó de manera sencilla innumerables cuestiones y campos científicos. Es bien sabido que Asimov no carecía de imaginación o habilidad narrativa, como prueban las novelas de ciencia-ficción que escribió, entre las que es obligado recordar Yo, Robot y la trilogía de las Fundaciones; pero el ensayo es otra cosa. Pudo tal vez haberse esforzado por utilizar sus conocimientos científicos engranándolos en esos grandes rompecabezas que son la historia y la sociedad, o haber iluminado nuestros entendimiento acerca de cómo la ciencia afecta a las configuraciones y proyectos de vidas de todas aquellas personas, anónimas las más de las veces, que conforman las diferentes sociedades. Pero no lo hizo.
Quien sí lo hizo, aunque de una forma diferente a la de maestros del ensayo más tradicional como fueron, por ejemplo, Benedetto Croce, Bertrand Russell o, en la actualidad, George Steiner y Harold Bloom, es el paleontólogo y biólogo evolutivo Stephen Jay Gould (1941-2002).
No son muchos los científicos capaces de educar y conmover. Es preciso ir más allá de la mera divulgación, penetrar en los ricos y alambicados dominios en los que se funden el ensayo, la divulgación y la literatura. Gould fue uno de los grandes maestros en este difícil y poco practicado arte. Supo utilizar sus conocimientos profesionales para escribir artículos y libros maravillosos que no sólo nos educaron en la ciencia, sino que también conmovieron nuestras almas. Consiguió engranar de mil maneras la ciencia con todo aquello más primitiva y sinceramente humano, con eso que hace que a veces hablemos de “la condición humana”. Combinó magistralmente lo universal con lo particular, revelando así las leyes implacables que se esconden en lo aparentemente más cotidiano y contingente, como se puede comprobar sin más que leer muchos de sus relatos sobre temas aparentemente, sólo aparentemente, menores, como, por ejemplo, el pulgar del panda, la relación entre la nalga (izquierda) de George Canning (secretario de Exteriores del Gobierno británico) y el origen de las especies, la cuestión de si cinco es un número apropiado de dedos, el interés de Darwin por los gusanos, la historia del arzobispo inglés James Ussher, que en el siglo XVII dio no sólo el año de la creación (el 4004 a. de C.), sino también la fecha exacta (el 23 de octubre), o el golpe relámpago, en béisbol, de Joe DiMaggio.
La ciencia no tiene por qué ser compasiva; por encima de cualquier otra consideración lo que debe es suministrar resultados ciertos. Pero no es superfluo que, a veces, los ensayos científicos se ocupen de apartados en los que figure la compasión por nuestros semejantes. En uno de sus libros, La falsa medida del hombre (1981), Gould también fue lúcido y racionalmente compasivo. Para los humanos de bien resonarán durante mucho tiempo unas frases que escribió en aquella obra, que tanta ciencia nos enseñó: “Pasamos una sola vez por este mundo. Pocas tragedias pueden ser más vastas que la atrofia de la vida; pocas injusticias más profundas que la de negar una oportunidad de competir, o incluso esperar, mediante la imposición de un límite externo, que se intenta hacer pasar por interno”. ¿Negará alguien que líneas como éstas pertenecen por derecho propio al ensayo (acaso también a la poesía)?
(*) Catedrático de Historia de la Ciencia y miembro de la Real Academia Española.



