FERNANDO SAVATER
"NO TRATO DE RESOLVER DUDAS, ME CONFORMO CON EXPRESARLAS BIEN”
IÑAKI ESTEBAN
Una nueva generación de pensadores irrumpió a finales de los años sesenta con la idea de terminar con el aburrimiento de los profesores del franquismo, y de abrir la ventana para que corriese el aire fresco. Entre ellos estaba Fernando Savater (San Sebastián, 1947), y también Eugenio Trías, Javier Echeverría y otros más considerados entonces como poetas, caso de Félix de Azúa. Todos ellos renovaron el ensayo español a base de discurrir sin inflar las notas a pie de página y de prestar mucha atención al estilo. Savater, que debutó con Nihilismo y acción, ha disfrutado de una larga y aplaudida trayectoria en la que se encuentran títulos como La tarea del héroe,Ética para Amador, del que se han vendido más de un millón de ejemplares, o el último, La vida eterna, un ensayo sobre el resurgimiento de la religión publicado por Ariel.
¿Es el ensayista un pensador más preocupado por el presente que por el pasado?
A mí me lo parece. Esa es la diferencia entre el ensayista y la persona que se pasa la vida hablando de grandes cosas y de ideas eternas. Un escritor de ensayos aborda las preocupaciones del momento o propone temas escondidos pero que en cualquier caso se sienten o intuyen. Yo no trato de resolver todas las perplejidades, dudas y confusiones, me conformo con expresarlas bien. Claro que para llegar a eso se necesita a veces recurrir a las ideas del pasado y darles vida en el presente. El propio Montaigne hablaba de su vida cotidiana y sin embargo estaba continuamente citando a Plinio y a Aristóteles.
Su último libro, La vida eterna, trata de la religión, un tema muy viejo que ahora ocupa las primeras páginas de los periódicos.
Cuando nosotros teníamos veinte años preveíamos una serie de conflictos basados en nuestros análisis del imperialismo o del comunismo. Nadie se imaginó que cuatro décadas después estaríamos dándole vueltas a los asuntos religiosos. Todos pensábamos que la religión era una cuestión privada o más bien del pasado que podía tener interés como lenguaje poético o simbólico ligado a una visión histórica de la vida cotidiana, pero nadie creíamos de verdad que los muertos resucitan o que Dios creó el mundo en seis días. Pensábamos que la religió había perdido esa capacidad de motor de la conciencia y del enfrentamiento, pero las guerras amparadas en creencias religiosas y la presencia de nuevos creyentes nos ha hecho reflexionar en esta dirección.
¿Qué importancia tiene el estilo en el ensayo?
A mi modo de ver, una importancia fundamental. Montaigne es un literato. Tiene ideas, pero cuenta lo que le pasa a través de un estilo. Siempre me he considerado un escritor al que le interesa la difusión de ciertas ideas filosóficas. Un cocinero, una bailarina de can-can y muchas personas que se dedican a la enseñanza universitaria pueden escribir y publicar libros, pero no son escritores porque les falta un proyecto de escritura y su correspondiente voluntad de estilo.
¿Podría decirse que un ensayista cuenta la realidad a través de ideas más que a través de las ficciones y de sus personajes?
En el ensayista prevalecen los argumentos especulativos y persuasivos sobre los narrativos. Resulta significativo que la misma palabra se use en las dos acepciones, el argumento de un novelista y el argumento de un filósofo. Yo he escrito ficción porque me incluyo dentro de la consideración general de escritor y no me siento obligado a estar siempre en un género, cosa que en este país es difícil, porque si uno saca cinco libros de ensayo y luego una novela, todo el mundo se le echa encima. En el terreno ensayístico la imaginación es tan indispensable como la información.
Cuando su generación empieza a publicar a finales de los años sesenta, ¿tenía presente la tradición ensayística de Ortega y de Unamuno?
Siempre fui lector de Unamuno, quizá por mi interés en el tema de la muerte, y a Ortega también llegué, pero más despacio. Es verdad que entonces a esos autores no se les prestaba mucha atención. Queríamos romper con el estilo universitario vigente, germánico en el mejor de los casos, mientras que nosotros mirábamos más hacia lo francés. Partíamos de una concepción más abierta. En esos años se produjo un relanzamiento muy significativo de Nietzsche a través de una serie de autores como Georges Bataille y Pierre Klossovski, y eso se da en Francia, y también en Iitalia, un país muy similar al nuestro y con unas inquietudes muy parecidas, aunque desconocíamos lo que se estaba haciendo allí.
¿Cómo se concretaba esa concepción abierta a la que usted se refiere?
Evitábamos el tratado, y yo he mantenido esa postura durante toda mi vida, aunque otros amigos de generación como Eugenio Trías luego han practicado una filosofía más sistemática. Otro que se ha mantenido en la forma ensayística ha sido Xavier Rubert de Ventós. Todo aquello suscitaba bastante recelo en el mundo académico, y no me extraña, porque yo nunca he escrito para profesores o estudiantes universitarios de filosofía sino para personas sin más adjetivos que se interesen por unos temas determinados.
En los años setenta, los lectores de ensayo estaban muy politizados.
A finales de la dictadura se vendían más los libros de ensayo político y de historia que novelas. Eran tiempos en que la filosofía tenía un glamour y un éxito que ahora se lo llevan los libros de ayuda, esos que te explican cómo hacer esto o lo otro, pero sobre los que recae cierta sospecha.
Luego, hacia los años ochenta, el glamour pasó de lo político a lo ético.
Para los que teníamos unos veinte años en 1968, la política lo era todo. El sexo, la economía y moral pertenecían a ese ámbito, que por otra parte era lo que daba seriedad a los libros, pues las ideas estéticas se consideraban una pérdida de tiempo. Poco a poco la palabra política ha ido adquiriendo una connotación peyorativa. Cuando se quiere poner una duda de sombra sobre alguien, se dice: “Lo habrá hecho por intereses políticos”.
Como si fuera algo vergonzoso.
Algo parecido a tener sífilis. Ese cambio se ve muy bien en el paso en Ética para Amador, una obra de la que se habían vendido más de un millón de ejemplares hace ya bastantes años, y la Política para Amador, que se vendió bien y que a mí quizá me gusta algo más, pero que no llegó a lo del otro libro porque llevaba la maldita palabra política en el título. Incluso cuando los políticos actuales tratan de justificar o algunas de sus acciones dicen que lo han hecho por razones éticas. Y yo les replicaría: “Oiga, hágalo por razones políticas, que para eso le pagan”.
En aquellos años, los ensayistas salían en la tele.
Porque había programas en los que se podía conversar, a los que uno podía acudir sin sonrojarse y que te facilitaban llegar a un público amplio. Hoy sólo hay programas de frikis o espacios literarios que los echan a las cuatro de la mañana. La televisión se abrió en aquellos años a lo que pasaba en calle y la gente quería hablar de todo sin cortapisas. Ahora que citamos tanto el 68, una de sus herencias consistió en introducir la vida en el menú de la conversación cotidiana. No sólo estaba bien visto conversar sobre política o sobre ciencia, sino también sobre aquello que se vinculase a las relaciones humanas.
¿Cómo influyó el llamado desencanto?
Algunos de los que se dijeron desencantados nunca antes los había visto encantados. Yo desde luego nunca me desencanté con la llegada de la democracia. Hay cosas que no me gustan de ella, y desgraciadamente me ha tocado vivir la época del terrorismo, pero lo otro era peor y fue lo que nos quitamos de encima.
¿Está en declive la figura del intelectual público?
A partir de la muerte de los grandes intelectuales del siglo XX, como Bertrand Russell y Jean-Paul Sartre, se ha perdido esa idea del pope al que todo el mundo escucha, una pérdida que yo valoro positivamente. Así que hoy al intelectual no le queda más remedio que ser más modesto y rebajar sus pretensiones. Sabemos lo que dice uno y otro, y también les damos más o menos valor a unas palabras o a otras, pero no hay ninguna voz inapelable. Se ha visto en la Guerra de Irak. Hubo gente interesante e importante que se puso a favor y que se puso en contra.
¿Por qué se ha producido esa pérdida de autoridad?
Por la idea, que también procede del 68, de que todos los individuos pueden participar en el espacio público, y que éste no puede estar en manos de unos expertos o de unas personas cuya autoridad procede de sus antecedentes familiares.
¿Qué relación guarda con los grandes autores que han marcado su carrera, Nietzsche, Spinoza, Cioran, Voltaire…?
Los sigo viendo mucho, y estoy entrando en esa edad en la que a uno le gusta más releer que leer. Siempre vuelvo a Spinoza y a Voltaire, y ahora me costaría entrar en Nietzsche. A Cioran lo leo, pero en pequeñas dosis, y, en fin, Platón cada vez me gusta más.
¿Cómo ve el panorama del género ahora mismo?
Quizá no haya una gran figura cuyo próximo libro estamos esperando todos con ansiedad. Pero hay grandes ensayistas como José Antonio Marina, Rubert de Ventós, Eugenio Trías, José Luis Pardo o Félix de Azúa, que están a la altura de lo que se hace en otras partes.
¿Cuáles son los temas que deberían tratar los jóvenes escritores de ensayos? ¿La tecnología, la bioética?
Cada generación tiene que encontrar sus debates y sus preocupaciones. Yo sé que no puedo decir nada digno de mención sobre la revolución tecnológica o sobre los mundos virtuales. Pero ellos seguramente sí porque es su realidad y su presente.



