FIRMA INVITADA
TRANSICIONES Y PERMANENCIA
Las palabras tienen una conciencia que dan la vida a los seres ficticios
ALONSO CUETO
Escribir es hacer vivir a los fantasmas. Las palabras tienen una piel, un color, un tamaño, una forma, unas emociones, una conciencia que prestan a la vida de los seres ficticios. Esta vida se fija en unas letras, se encuentra atrapada en unas frases que pueden existir en una voz en el aire, y que, sin embargo provocan una sensación de realidad. Dar un cuerpo a un fantasma, a un ser ficticio, es un modo de definir la escritura.
Escribir: rescatar, prevalecer. Las palabras recuperan, fijan, potencian la realidad. La versión que tenemos de los hombres y de las sociedades es la personal, a veces arbitraria, siempre subjetiva, de la literatura. Gracias a Ricardo Palma, tenemos una imagen de la Lima Colonial. Gracias a Shakespeare, una versión de Enrique V y de otros reyes británicos. Gracias a Dickens, una imagen de la revolución francesa y del Londres victoriano. Para bien y para mal, no son los historiadores sino los escritores quienes difunden la imagen de una época.
Las palabras no sólo recuperan. Fijan. Establecen. Definen. Permanecen. Con frecuencia ofrecen versiones parciales, incompletas, injustas desde un punto de vista histórico. Pero gracias a la vida que insuflan los escritores son los retratos que la sociedad consagra. Un escritor trabaja con los ausentes para afirmar su presencia, recupera a los olvidados para ponerlos en el centro, rescata a los que no tienen voz para hablar con y por ellos. Es un recuperador de lo humano. Pero todo lo que escribe procede de algún modo del barro del que están hechos sus sueños. Leer es compartir el sueño. Este sueño solo puede entenderse como el sueño de unos personajes concretos. La narrativa solo puede ser la historia de unos individuos. Estos son los personajes con los que el escritor tiene una relación de siervo. Todo en el escritor está destinado a que ellos tengan gradualmente una vida propia. La relación entre un autor y un personaje es una relación de desafíos y deseos.
Supongamos que quiero describir a una mujer llamada Liliana. Liliana trabaja como secretaria, mide 1.70, quiere estudiar economía en las noches. Los fines de semana sale con sus amigas, va a discotecas, juega al bingo. Usa ropa de colores vivos, zapatos de taco alto, carteras de cuero. Es conservadora y extrovertida. La lista de sus detalles podría continuar. El desafío, en este caso, de un autor consiste en aprehender a través de las palabras, a Liliana, en percibir el mundo como ella lo ve, en traducir el tejido de sensaciones y percepciones y esperanzas en redes de palabras. Muchas veces, lo ha dicho Virginia Woolf, un escritor no puede capturar completamente a sus personajes, logra solo reproducir una parte de su mente, un retazo de su falda, unas sílabas de su voz. El proceso de incorporar su cuerpo y su alma en las palabras es un desafío largo, en el que un escritor va ganando espacios lentamente. La búsqueda esencial de un escritor es percibir el mundo desde la conversión de sus personajes, ser uno de ellos.
Pero incluso cuando un personaje aparece, en la plenitud de sus detalles, incluso cuando resplandece con veracidad en las páginas, se puede decir que la batalla de la creación recién empieza. A partir de entonces viene tal vez lo más importante. Es necesario que ese personaje se ponga en acción y que se cumpla el viejo dictado con el que James animaba a los escritores: “Dramatize, dramatize”.
Dramatizar, entrelazar voluntades, poner en acción y entrecruzar destinos. La dramatización es la interrelación de conflictos al servicio del progreso de la historia. El arte de dramatizar supone una conciencia sinfónica de distintos personajes. El escritor mira la orquesta desde el puesto del director pero también desde el de cada uno de los instrumentistas.



