CLÁSICO

LUCES Y SOMBRAS

“La Literatura ha de tener también elementos de desesperanza que te hagan reflexionar”

LOURDES ORTIZ


Hay algo sucio, sórdido, radiante, incómodo, luminoso y gris en esa novela portentosa que es El corazón de las tinieblas. Su autor, Joseph Conrad (1857-1924), polaco transplantado –triste Polonia, dividida, esquilmada– a una Inglaterra eufórica, colonialista y aventurera; ese adolescente de 17 años que llega primero, lleno de esperanza, a Marsella para escapar de un servicio militar obligatorio y casi eterno en esa Polonia ocupada; ese niño acogido y educado por su tio Tadeuz, tras la muerte  temprana de sus padres, el huérfano precoz que sabe francés y que sueña a través de los mapas con viajes prodigiosos,
por zonas todavía inéditas que deben explorarse. Marino mercante por vocación y por dinero. Ese escritor que comienza a escribir su primera novela, La locura de Almayer, a los treinta y ocho años, tras haber recorrido los mares, iniciando su larga carrera como miembro de la marina mercante británica al enrolarse como aprendiz en el Mavis. Quince años recorriendo lugares: Tailandia, Sumatra, Java, Singapur, la India, Borneo, Australia, tras un primer viaje a América del Sur, que muchos años después le servirá para escribir una de sus mejores novelas, Nostromo. Y antes de retirarse del mar, en un momento de desconcierto y paro, un viaje a esa tierra desconocida y anhelada desde sus sueños infantiles, un viaje rápido, frustrante y doloroso al centro del Africa más profunda, surcando en un barco fluvial las aguas del río Congo, viaje que sólo le aportará desencanto, enfermedad y rabia: “Todo lo que hay aquí me resulta repelente, los hombres y las cosas, pero sobre todo los hombres”.
Y nueve años más tarde escribirá esa novela corta, intensa, brutal y desolada donde la experiencia vivida se transfigurá en un sobrecogedor relato contado a través de un narrador, Marlow, el mismo que utilizó en Lord Jim (1900) –otra de sus grandes novelas– y en Juventud (1902), un personaje escueto, sobrio, magnífico contador de historias con la parsimonia de un ídolo, que es para muchos un trasunto del propio Conrad. Viaje al fondo de la noche, al centro de la tierra, al corazón mismo del hombre, en esa lucha perpetua entre el bien y el mal, tan indiscernibles. “El horror, el horror”, las últimas palabras de ese Kurzt, admirado, temido, odiado y venerado como un dios. Ese agente rapaz, cruel, mitificado por los suyos, que se convierte en símbolo ambiguo de esa carnicería despiadada de la brutal colonización belga, perpetrada bajo las órdenes del rey Leopoldo II: rapiña recubierta con los pretextos de “rescate de la ignorancia del salvaje y civilización exportada”. El horror, el horror, el que experimentamos a diario ante cada nueva tropelía, la que nos enseña el rostro sangriento de la bestia. Hombre –animal voraz, respaldado en razones morales para cometer el crimen.
Libro que nos conmueve y nos aterra. Hermoso y duro. Con esa sabiduría de Conrad para transmitir una atmósfera densa, cargada, de colores intensos y al mismo tiempo opacos, sombríos, una música estridente donde reina el silencio. Una aplicación de aquello que buscaba en la novela y en el arte: la plasticidad de la escultura, el color de la pintura y la sugestión mágica de la música. Para transmitir al final, lo único realmente importante: la perplejidad contradictoria y cambiante del corazón humano. La vida, “lo que es duradero y esencial –la propia verdad de la existencia”.