ZARAGOZA LIBERTARIA

Un paseo por “la tierra de concepto y palabra firme”.

MAGDALENA LASALA


Zaragoza, mudéjar y saturnal, es ciudad dura y madre adusta que no concede el halago sin merecerlo, tierra de concepto y de palabra firme que sólo es dicha si es más valiosa que el silencio. Zaragoza es masculina, como el Ebro, el padre, como Saturno, alquímico y genial, y como Goya, el dios, conceptos totales, tormento y pasión, pero en lo oculto. Y la palabra es el reflejo insoslayable de la realidad de una forma de ser y de una identidad de la tierra, y así lo han sabido sus autores a lo largo del tiempo, los que no han renunciado a la voz, como el hispanorromano Marcial (40-104), que en sus Epigramas, de mordacidad brillante, se despachó con una crítica inmisericorde a lamoralidad de su época válida hasta hoy. Los períodos de bonanza le sientan bien a Zaragoza, que entonces no se culpabiliza por sus poetas y artistas saliendo a la luz, como en el esplendor de aquella taifa andalusí de los siglos XI y XII cantada por viajeros y que aglutinó también científicos, arquitectos y alarifes, porque a todos ellos se les tenía como frutos de la tierra, esos frutos de inmejorable calidad surgidos por el riego de  río Gállego que recogía en sus crónicas el maestro Umar Al’udri. Las crónicas de la época hablan de los oficios en Zaragoza  como artes exquisitos que expresaban en la práctica esa sensibilidad callada y profunda del zaragozano, y de una prosperidad que aunaba a musulmanes, judíos, cristianos y muladíes en torno al comercio y al sentido práctico de la supervivencia en las mejores condiciones posibles, mostrándonos una ciudad alegre que permitió que emergiera la primera época dorada de las letras zaragozanas, en torno a su escuela de Filosofía, protegidas por las inquietudes intelectuales de sus gobernantes y generosos mecenas. El emblema de aquel esplendor en el ocaso andalusí, el Palacio de La Aljafería, reunió una inmensa biblioteca de autores místicos y ascéticos musulmanes y entre sus eruditos estarían los sucesores de los llamados Hermanos de la Pureza, cuyas Epístolas, una verdadera enciclopedia sobre la libertad de espíritu y el respeto entre todas las religiones, fueron muy influyentes en los ámbitos intelectuales de aquella Zaragoza musulmana, que no se satisfacía con la ignorancia y quería abrazar la totalidad de las ciencias. Del Palacio de la Aljafería, usado como Tribunal de la  Inquisición desde el siglo XV, el centro de cultura y reunión de eruditos se traslada, un siglo más tarde, al Palacio de Venus, llamada así a la casa que Gabriel Zaporta –considerado el Cosme El Viejo de los Médici en Zaragoza–, construyó en la zona noble de la ciudad como regalo de bodas para su esposa Sabina de Santángel, la mujer inspiradora y artífice del nuevo esplendor zaragozano. En torno a este matrimonio (de familias de judíos conversos), se reunieron los intelectuales humanistas del momento, ansiando emular el refinamiento de las cortes europeas. En su palacio se celebraban fiestas, conciertos, representaciones teatrales, encuentros de poetas y reuniones políticas, pero también se hacía ocultismo y se daba cobijo a astrólogos perseguidos por la Inquisición como brujos. La casa fue después residencia de Doña Teresa de Vallabriga, mecenas de Francisco de Goya, y a ella se debe su actual nombre, el Patio de la Infanta, lo único que queda de aquel Palacio del Amor, también llamado Palacio de Venus porque su figura esculpida presidía la puerta de acceso. La ubicación original quizá legó ese halo de intelectualidad que todavía se respira en la zona, entre el Teatro Romano, las calles de la trasera del Teatro Principal con la de Don Jaime I, y la Plaza de San Pedro Nolasco, cuya estatua sedente rinde honor a Talía, la musa visitada por las palomas que después beben agua del estanque a sus pies. En sus terrazas, escritores, pintores y teatreros se dan cita impenitente en las noches del verano zaragozano. En otro tiempo las verdes laderas del Parque Grande, cerca de la Universidad y de varios institutos, albergaban reuniones de estudiantes redactando manifiestos y protestas, pero hoy la melancolía de su Paseo de los Bearneses y su Jardín de Invierno y sus rutas familiares en bici han devuelto a poetas y artistas jóvenes al Casco Viejo y los lugares de culto en la zona de plazas, la del Pilar y la de Santa Cruz  la de San Cayetano y la de Torrenueva, para la tertulia de escritores y la música de grupos emergentes, cita de la nueva palabra poética que guarda la eterna esencia libertaria de Zaragoza.