LA FASCINACIÓN DE UN MITO

El Cementerio de los Libros Olvidados simboliza la vocación literaria de Barcelona y la pasión lectora de Ruiz Zafón

SERGIO VILA-SANJUÁN*


En la primavera del año 2001 me llegó, en uno de los rutinarios envíos de Editorial Planeta, un ejemplar de La sombra del viento en su primera edición en formato trade. Me llamó la atención su imagen de cubierta, una sugestiva foto de un hombre con gabardina (o abrigo) que lleva de la mano a un niño en un brumoso paisaje urbano muy años 50, firmada por Català Roca. Ojeé la sinopsis, que me pareció interesante, y la breve nota biográfica del autor, a quien no conocía, pero de quien se apuntaba un dato singular: que vivía en Los Angeles, donde trabajaba en proyectos cinematográficos.
Me llevé el libro a casa y en pocas sentadas de varias horas de lectura lo devoré con complacencia y avidez in crescendo.
Dos cuestiones sobre todo me fascinaron en esta primera aproximación. En primer lugar su gran complejidad estructural. La sombra del viento iba abriendo una tras otra una sucesión de historias, de las que además se nos brindaban distintas versiones en diferentes momentos de un arco cronológico que iba desde los años 30 a los años 60. Y todas se iban cerrando y esclareciendo al final del libro, cuando parecía que quedarían en el aire, con la perfección de un buen ballet. En segundo lugar me sorprendió la originalidad de la mirada del autor hacia el escenario elegido, la ciudad de Barcelona, que es la suya y también la mía. Ruiz Zafón se apartaba radicalmente del registro social-realista, que con matices que van de la acidez crítica al melodrama ha marcado los mejores textos narrativos sobre la ciudad con un tono de familia que se desliza de Josep Maria de Sagarra a Juan Marsé y Terenci Moix (y que con postmoderna ironía asume también en cierta medida Eduardo Mendoza).
Zafón orillaba esta tradición tan asentada y tan potente y se acogía en cambio a la de olvidados folletinistas como Antonio Altadill, el autor de Barcelona y sus misterios. Su propuesta consistía en una revisión estilizada del folletón y de la novela gótica, con algunos elementos costumbristas y un sentido del humor del que Sue o Ponson du Terrail carecen. Los efectos eran contundentes. Pronto habría de verse que el primero de ellos fue la creación de un mito literario en torno al Cementerio de los Libros Olvidados, una estructura laberíntica y en parte subterránea donde se protejen todos los libros que alguien quiere “de verdad salvar”. Este espacio simboliza los elementos de misterio, la arqueología urbana, la imaginación y tetricidad que caracterizan la obra del escritor barcelonés, y se ha incrustado con gran rapidez en la imaginación lectora de nuestro tiempo.
Una teoría literaria en boga, esgrimida por exponentes tan distintos como Juan Goytisolo o Martin Amis, nos induce a desconfiar del cliché y a considerar no literario el estereotipo. La cultura popular del siglo XX, por el contrario, nunca ha tenido esas manías: ni los cómics de superhéroes ni las grandes películas de gangsters ni la novela negra podrían funcionar si no asumieran que hay un Bien y hay un Mal, que toda trama intensa requiere momentos de clímax y situaciones exageradas, asesinatos con víctimas y asesinos. Cada vez me parece más sorprendente la distancia que se produce entre el canon académico sobre la literatura del pasado reciente, centrada en los Valery, Joyce, Proust o Nabokov, con su fuerte carga formalista, y el “otro” canon vigente, visible en cualquier colección de clásicos populares que recupera a Dumas, Stoker, Verne o Stephen King, y en general a los grandes constructores de universos simbólicos. ¿No sería hora de empezar a buscar una perspectiva que los integrara a todos ellos?
En esta dicotomía Ruiz Zafón se instala enla segunda línea comentada. Recicla referencias para beneficiarse de las tradiciones que le interesan, como la del personaje deforme y resentido pero no irrecuperable que remite al Gastón Leroux de El fantasma de la ópera. Asume y hace suyos los recursos de la literatura de género. Y aborda temas eternos de caída y redención.
Pero estas son consideraciones que me hice a posteriori. Primero constaté que La sombra del viento me enganchaba en el sentido más primigenio: no la podía dejar. Y constaté también que había encontrado una voz nueva y un libro de los que claramente apetece recomendar. De modo que encargué a Lilian Neuman que realizara un amplio reportaje sobre Carlos Ruiz Zafón para el suplemento de Libros de LaVanguardia, y al fotógrafo Jordi Belver que paseara con el autor por algunos de los escenarios de su obra y captara unas buenas imágenes (lo consiguió hasta tal punto que la editorial se las compró posteriormente y aún se siguen usando en las contracubiertas de La sombra). Adquirí una docena de ejemplares para regalar a mis mejores amigos.También hice algo que nunca había hecho: llamé al director de Planeta para animarle a que apoyara de forma especial la novela, que a mi modo de ver ofrecía unas posibilidades de difusión muy superiores al lanzamiento, como un título más, de que había sido objeto.
Por esos días yo estaba trabajando en un libro sobre el mundo de la edición. Una tarde fui a ver a Michi Strausfeld, responsable del área hispánica de la prestigiosa editorial alemana Suhrkamp, quien me preguntó si había leído recientemente algo interesante. Le recomendé calurosamente a Zafón. Pocos días más tarde, Michi cerraba el contrato de la que habría de ser primera traducción de La sombra del viento a un idioma extranjero. El entusiasmo por la novela empezaba a ser contagioso. Y en realidad no había de qué extrañarse. Aunque el lanzamiento del libro había sido tímido, y el autor era un desconocido en el mundillo literario, contaba con un pasado como autor de novelas juveniles con notable incidencia: había publicado cuatro de ellas con ventas totales por encima de los 300.000 ejemplares, que ya dejaban patente su capacidad de conexión con los lectores.
Tres años después, en la Feria del Libro de Frankfurt, La sombra del viento se había convertido en un fenómeno. Había echado a rodar, primero lentamente, después con mucha fuerza en España, y su edición alemana había sido saludada con entusiasmo por los libreros y por el ministro verde Joschka Fischer, quien le dedicó frases elogiosas en un programa televisivo. Su agente literaria estaba ultimando contratos con importantes editores de todo el mundo, y el escritor se había visto sometido a una intensa gira promocional.
Aunque nos habíamos visto con cierta regularidad en sus estancias barcelonesas, aproveché el reencuentro en la ciudad alemana para mantener una larga entrevista con el escritor, que me sirvió para conocerle mejor y que publiqué en el magazine de La Vanguardia. La titulé “Las cuatro vidas de Ruiz Zafón” y aún cuelga en alguna web. Hijo de un agente de seguros al que acompañaba en sus recorridos por Barcelona, alumno en el gótico edifico de los jesuitas, la primera vida profesional de Ruiz Zafón fue como publicitario de éxito en agencias como la de Joaquín Lorente (donde también trabajaron Isabel Coixet y Ángela Becerra), y responsable de campañas para Volkswagen o Freixenet. La segunda vida abarca sus inicios literarios:
tras dejar la publicidad, entre 1992 y 1999 Ruiz Zafón publica cuatro obras juveniles –El príncipe de la niebla, El palacio de la medianoche, Las luces de septiembre y Marina–, en las que define su universo literario. En todas ellas unos adolescentes afrontan el momento de iniciarse a la vida adulta, sufren un encuentro con el Mal y se ven enfrentados a situaciones extremas en las que intervienen elementos primigenios y terribles, como el fuego descontrolado o el mar enfurecido. Con Marina inicia la mitologización de su ciudad, a través de los viejos caserones de Sarrià, que antes de ser derruidos componían un paisaje que a mí también me había parecido tan misterioso como lleno de encanto en mis años de colegial.
Su tercera vida transcurre paralelamente a la anterior, a lo largo de los años 90, como guionista en Los Ángeles, un trabajo que le permite constatar las glorias pero muy especialmente la cara amarga de la industria del cine, ya que ninguno de sus trabajos llega a la pantalla en los términos en que habían sido concebidos. Y la cuarta sería su despegue como autor internacional.
Barcelona ha desarrollado una larga relación amorosa con la letra impresa. Una ininterrumpida historia demás de cinco siglos cargada de impresores, libreros, editores, bibliófilos, autores de todo pelaje, críticos y por supuesto lectores. Cervantes supo sintonizar con ella cuando envió a Don Quijote a curiosear por la imprenta de Sebastià de Cormellas. Flaubert la transfiguró al reescribir la leyenda del librero asesino de Barcelona. Con su Cementerio de los Libros Olvidados Ruiz Zafón ha conseguido resumirla en una potente imagen que, desplegada en el espacio narrativo, vuelve a dotarla de un eco universal.

(*)Sergio Vila-Sanjuán es coordinador del suplemento Cultura/sde LaVanguardia. Autor de Pasando página ( Destino, 2003), Crónicas culturales (De bolsillo, 2004) y  El síndrome de Frankfurt (RBA;2007)