LA MEMORIA DE LOS LIBROS
Lecturas necesarias para entender la historia del Holocausto.
MARTA RIVERA DE LA CRUZ
Los americanos, que de vez en cuando se desmarcan con “boutades” de difícil comprensión, han denominado “Shoah bussines” a todas aquellas formas de expresión literaria o cinematográfica directamente relacionadas con el Holocausto. En esa categoría, pues, podemos incluir obras maestras del cine como “La lista de Schindler”, testimonios conmovedores como El diario de Anna Frank o novelas con mayúsculas como Sin destino, del premio Nobel Imre Kerstz. No sé sí los inventores del término accederían a aplicarlo a la última novela de Norman Mailer, El castillo en el bosque, una improbable fábula de 500 páginas sobre la infancia de Hitler.He manifestado siempre mi interés por lo que prefiero llamar “Literatura del holocausto”, que ha alumbrado obras admirables de distintos géneros. Siendo muy joven me asomé al exterminio judío desde dos obras, Auschwitz, de Leon Poliakov y Treblinka de Jean Françoise Steiner. Leí aquellas páginas con el corazón de diecisiete años encogido por el horror: sólo entonces la historia atroz que conocía a retazos se me revelaba en su dimensión verdadera.
Hace poco volví a leer el ensayo periodístico Tú llevas mi nombre, de Norbert y Stephan Lambert, donde los autores dan un estremecedor paseo por las vidas de los hijos de los jerarcas nazis, para siempre estigmatizados por el apellido de quienes fueron sus padres, y cuando estaba escribiendo mi novela En tiempo de prodigios encontré valiosa documentación en el libro de David W. Pike, Españoles en el Holocausto, que recoge las historias de los republicanos españoles confinados en el campo de concentración de Mathaussen. Recuerdo que, hace tiempo, leí casi como una novela de aventuras el libro Escaparde Sobibor, de Richard Raske, reconstrucción de la fuga épica de un puñado de presos de un lager nazi. Es curioso como la buena literatura puede incluso sustraernos del terror y del asco, quizá porque los atrabiliarios engranajes de la“solución final” se nos antojan más parte de la ficción ideada por una mente retorcida que piezas de la historia de un mundo supuestamente civilizado.
De todos los textos sobre el que es uno de los grandes temas del sigloXX, ninguno he releído tantas veces com la trilogía de Auschwitz −Si esto es un hombre, La tregua, Los hundidos y los salvados– de la que es autor Primo Levi, y donde relata su paso por el campo de exterminio. No es un libro sobre el que uno pueda hablar, ni siquiera una obra sobre la que se pueda escribir: es uno de esos raros textos necesarios, que todo el mundo debería leer para entender la historia de los campos en su terrible extensión.
Uno de los personajes de la trilogía de Levi es un niño disminuido, al que los confinados en Auschwitz-Birkenau bautizan como Hürbineck e intentan mantener con vida. Cualquiera de las historias y los personajes que aparecen en las novelas de Primo Levi permanecen para siempre en la memoria y la conciencia del lector. Pero el recuerdo de Hürbineck, el niño desamparado por el que luchan hombres para los que cada día de vida es una conquista, se quedó en mi recuerdo con una especial nitidez, porque puede entenderse como una metáfora de la inocencia en estado puro, inconcebible en un lugar que sólo se parece al infierno. Hace tres años, Adolfo García Ortega imaginó el niño que pudo haber sido Hürbineck en El comprador de aniversarios −ahora reeditada por Seix Barral−, una de las más hermosas novelas en español sobre el tema del holocausto.
Si unos vivieron para contarlo, como aventuraba Jorge Semprún, nosotros tenemos el deber de recordarlo siempre. Y para eso necesitamos los libros. Allá del que quiera considerar un negocio ese sagrado ejercicio de resguardo de la memoria.



