CLÁSICO

LA GUERRA DE INDEPENDENCIA CONTADA POR UN MUCHACHO

 Los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós.

LUIS ALBERTO DE CUENCA

Un muchacho a quien Benito Pérez Galdós (1843-1920) puso el nombre de Gabriel Araceli, con el cabello ya nevado y habiendo logrado sobrevivir a una contienda especialmente terrorífica como fue la famosa “Guerra de la Independencia”, decide referirnos por lo menudo sus peripecias biográficas durante ese período, comenzando ni más ni menos que por la batalla de Trafalgar (1805) y terminando en la de los Arapiles (1812). Dichas peripecias resultan ser también las de un viejo y noble país llamado España a lo largo de esos cruciales años del siglo XIX. Las supuestas memorias de Gabriel Araceli constituyen los diez primeros Episodios Nacionales de Galdós, o sea, las diez maravillosas novelas que componen la primera serie de losmismos: Trafalgar, La corte de Carlos IV, El 19 de marzo y el Dos de Mayo, Bailén, Napoleón en Chamartín, Zaragoza, Gerona, Cádiz, Juan Martín el Empecinado y La batalla de los Arapiles.
Muchos españoles de mi generación tuvimos la suerte de que nuestros padres nos recetaran la lectura de los Episodios Nacionales cuando pedía paso nuestra adolescencia, entre los once y los trece abriles, y puedo asegurar, en  lo que amí concierne, que lo pasé como un auténtico hobbit leyendo íntegramente, en tres volúmenes de cortes pintados de la editorial Aguilar, el gigantesco tapiz histórico galdosiano. Si tuviese que elegir cuál de las cinco series –cuarenta y seis novelas en total–, escritas por don Benito entre 1873 y 1912,me gustó más, no tardaría ni un segundo en decir que la primera. Los personajes de las diez novelas citadas se quedaron a vivir en lo más arraigado de mi memoria. Mi hija Inés se llama así por esa muchachita adorable que se convierte en objetivo único de Gabriel y que luego resulta ser, en cabriola folletinesca, la hija de los amores entre el masón Luis de Santorcaz y la bellísima Amaranta. Me fascina como lector esa crónica apasionada que se inicia en la ciudad de Cádiz con una victoria naval de los ingleses sobre una escuadra franco española, y que termina en tierras salmantinas con una aplastante victoria terrestre de las tropas anglo-hispano-lusas del duque de Wellington sobre el ejército napoleónico.
Allá por 2005, dos siglos después de Trafalgar, se publicó la benemérita edición objeto de este comentario en un solo volumen de cerca de mil quinientas páginas. Por primera vez, que yo sepa, se acometía la tarea de compulsar los distintos testigos textuales de la primera serie de los Episodios, desde los manuscritos autógrafos –fechados entre 1873 y 1875–hasta las últimas ediciones aparecidas en vida de Galdós. La ingente tarea corrió a cargo de Dolores Troncoso y Rodrigo Varela, discípulos ambos de Francisco Rico, lo que se advierte en un primer vistazo a su labor, tejida con el mimo y la sabiduría que desprenden los conocimientos de crítica textual heredados de su maestro. Leer las memorias de Gabriel Araceli en este primoroso volumen de Destino supone acceder al status privilegiado en que Galdós quiso que las leyéramos, despojadas de todos los detritus que han ido acumulándose sobre otras ediciones menos cuidadas, que son la inmensa mayoría.
Para añadir morbo a esta tercera reimpresión de tan grueso y espléndido tomo, les recuerdo que ha visto la luz en 2008, o sea, doscientos años justos después del comienzo de la Guerra de la Independencia. En la primera serie de los Episodios se relacionan con gran detalle e interés muchos sucesos importantes que tuvieron lugar en el año del Señor de 1808, annus mirabilis si nos ponemos estupendos y le echamos Volksgeist al asunto, y annus horribilis si nos ponemos francos y realistas. Todavía sigo sin entender por qué nos obstinamos en luchar contra un tipo razonable como José I para reponer en el trono a un individuo tan abyecto y retrógrado como Fernando VII.