BUENOS AIRES

DE CABALLITO A SAN TELMO

PABLO DE SANTIS

Vivo en Caballito, un barrio de clase media que está en el centro geográfico de Buenos Aires. Ahora busco escapar del centro, pero de chico ningún viaje me hacía más ilusiones que ir hacia allí. Alberto Breccia, el gran dibujante de historietas, escribió alguna vez:

“He ido a Europa, es cierto, y de grande –a la inversa de boxeadores, wines y tenistas- pero no como de pibe iba al centro desde Mataderos: sólo nos deslumbramos una vez, y es suficiente”.

Yo iba al centro, como sigo yendo ahora, en subte, en la línea A. Es la más antigua de Sudamérica (1912); los vagones son de madera y se bambolean. Siempre me ha encantado leer en esas salas de biblioteca sobre ruedas, bajo la luz subterránea y amarilla. Viajar por la ciudad es como ir por los capítulos de una novela que no termina.

Subo en la estación Primera Junta. La primera parada es Acoyte, una de las más abigarradas de la ciudad: allí está el Parque Rivadavia, donde funciona lo que en un principio fue una feria de libros usados y hoy es un centro de venta de CD y DVD piratas; por fortuna sobreviven algunos puestos de libros y de historietas viejas. A veces encuentro revistas de terror que leía de chico, como Dr. Tetrick y Dr.Mortis, donde abundaban los cadáveres que salían de la tumba y las vampiresas de formas generosas.

En la estación Medrano está Las Violetas, una de las pocas confiterías clásicas que quedan. Hay señoras que toman el té con masas y hablan, hablan, hablan… Unas pocas estaciones más y nos encontramos con Plaza Miserere y el Once, el barrio más comercial de Buenos Aires, al que Marcelo Birmajer le dedicó un libro tan informado como entretenido. El Once es el barrio judío por antonomasia, y siempre abundaron los negocios de telas; pero en los últimos años se ha sumado a la zona la comunidad coreana, y muchos negocios de artículos importados.

Llegamos a la estación Congreso. Como casi siempre, una protesta corta el tráfico: bombos, carteles, cámaras de televisión. A pocas cuadras está la Avenida Corrientes. Era en un momento, con Lavalle, la calle de los cines, pero uno por uno han ido cerrando, como cerraron también todos los cines de barrio. Al menos ha quedado el teatro San Martín, que es municipal, donde funciona la sala Leopoldo Lugones, templo de la cinefilia local. En cuanto a las librerías, las grandes cadenas no han entrado del todo, y siguenlas librerías de viejo, y algunas clásicas, como la Hernández, la Losada, la Gandhi... En las mesas de saldos, uno siempre busca lo que encuentra, pero no en el mismo día; recibimos el premio a veces con años de retraso.

Además de las librerías, los bares. La Giralda: mesas de mármol y chocolate con churros. O La Paz: charlas políticas abajo y billar en el primer piso. Cuando tenía veintipico de años, solía ir de vez en cuando a La Paz, a la salida de una redacción: me sentaba a una mesa cuyos integrantes estaban allí desde siempre. No se sabía de qué vivían, conversaban de cine, de literatura, de política. Sabían de todo. Nunca los vi llegar, nunca los vi irse. Miraban el mundo desde la ventana de un bar.

Continuación de Rivadavia, la Avenida de Mayo es la zona española por excelencia. Hace poco que el turismo la ha descubierto. Los 36 billares, a cuyas mesas de juego, en el fondo, tenían prohibida la entrada lasmujeres, ahora está lleno de rubias que hablan en sueco o en danés. Siempre que ando por ahí me detengo en una juguetería que vende, entre soldados de plomo y mecanos, preciosas máquinas a vapor de precio exorbitante.

Cruzo la avenida 9 de julio y doy una mirada a otras librerías: las de Avenida de Mayo no tienen la fama de las de Corrientes, pero no están nada mal. Cuando era chico, allí comprábamos con mi padre toneladas de policiales de la editorial Tor: eran tantos que parecía que nunca se iban a acabar. Simenon, Maurice Leblanc, Gastón Leroux. Un día, sin embargo, los libros de Tor se convirtieron en un polvo amarillo que el viento se llevó.

Así llegamos a la Plaza de Mayo, donde termina el recorrido del subte A. Le ahorro al lector la Catedral, el Cabildo, la Casa Rosada, ahora rodeada de rejas protectoras: prefiero desviarme por la calle Bolívar, rumbo al sur, hasta la librería de Ávila, una de las más antiguas de Buenos Aires. Ahí empieza San Telmo, donde se venden discos de pasta y los cubiertos de plata de la abuela.

A volver entonces.Me derrumbo en el vagón de madera. Muchos leen, y los envidio: son la siete de la tarde y con la vista cansada ya no puedo descifrar una línea. Hay gente que trata en vano, a los gritos, de hablar por celular. ¿Me escuchás? ¡No! ¡Yo tampoco! A pesar de los ruidos, apoyo la cabeza contra la ventanilla y me duermo. Al final del viaje, siempre hay alguien amable que nos despierta.