JOVELLANOS, LA DECEPCIÓN DE UN ILUSTRADO
El escritor, político y jurista rechazó formar parte del gobierno de José Bonaparte
MARÍA TERESA CASO MACHICADO*
Los nueve meses durante los cuales Gaspar Melchor de Jovellanos (Gijón, Asturias, 1744-Puerto de Vega, Asturias, 1811) ocupó el Ministerio de Gracia y Justicia, entre los años 1797 y 1798, fueron el triste prólogo a su posterior encarcelamiento en Mallorca en 1801. Allí, encerrado en el castillo de Bellver, en Palma, conoció en marzo de 1808 la caída de Godoy y la abdicación de Carlos IV. Puesto entonces en libertad, el 20 de mayo y, tras siete años de difícil y cruel prisión, pisaba de nuevo la Península, desembarcando en Barcelona, “ donde acabó de comprobar lo que le habían dicho en Palma, antes de salir de allí, [...] lo que le puso en la mayor consternación”, según cuenta su biógrafo Ceán Bermúdez. Tras pasar por Zaragoza aclamado por el pueblo, y por Tarazona, donde incluso quisieron“tender las capas” a su paso, llegó a Jadraque, a casa de su amigo y tutor Juan Arias de Saavedra, para descansar y recuperar su maltrecha salud antes de regresar a Asturias. Empezaron entonces muchos de sus amigos, La mayor parte de ellos afectos a Napoleón, a pedirle que colaborara con el nuevo gobierno. Jovellanos, exagerando su mal estado de salud, que lo tenía“entre la vida y la muerte”, se negó una y otra vez. Dijo que no a los ministros de Marina y de la Guerra; a Piñuela, que le escribe en nombre de Murat; a Azanza, que lo hace en nombre del mismísimo Napoleón y al hermano de este, José I, que llegó a nombrarlo ministro del Interior:“Me hallo en el día incapaz de sobrellevar cualquiera aplicación intensa o trabajo activo y continuado”, le respondió Jovellanos. Las verdaderas razones de su firme decisión no sólo de no participar en el nuevo gobierno, sino incluso de luchar contra los invasores, se las confiesa en una durísima carta a su amigo Cabarrús:“España no lidia por los Borbones ni por Fernando; lidia por sus propios derechos, derechos originales, sagrados, imprescriptibles, superiores e independientes de toda familia o dinastía. España lidia por su religión, por su Constitución, por sus leyes, sus costumbres, sus usos, en una palabra, por su libertad, que es la hipoteca de tantos y tan sagrados derechos. [...] Si sólo trata (Napoleón) de hacer feliz a España, ¿quién es el que le llama a tan sagrada y benéfica función? ¿Quién le ha dado derecho para ingerirse en ella?”.
Cansado y desilusionado, dejando a un lado la enfermedad y la escasa ambición que le quedaba, finalmente Jovellanos se unió a la Junta Suprema Central, encargada de la gobernabilidad del Estado en ausencia del rey. Lo hacía, como escribió a su amigo lord Holland, para luchar por la causa “del honor, de la justicia, de la humanidad” frente a los“tiranos de la Europa”. No contento con ello, animó, además, a todos los asturianos a unirse a la lucha contra los franceses en un inflamado Canto guerrero: “A las armas, valientes astures. / [...] Corred a la victoria/y a nueva eterna gloria / subid vuestro valor”.
Tras trabajar arduamente en la Junta Central con el fin de conseguir la convocatoria de las Cortes, y sufrir de nuevo desaires y disgustos varios, creyó que había llegado el ansiado momento de regresar a Gijón para descansar definitivamente en su casa. Pero, huyendo por última vez de los franceses, murió en 1811 en Puerto de Vega, un pueblo de la costa asturiana, al que llegó, náufrago y nuevamente enfermo y agotado. Cuentan que sus últimas palabras fueron para la Central y para el país que había sido el centro de sus preocupaciones, de sus meditaciones y desvelos durante cincuenta años: “¡JuntaCentral!¡Naciónsincabeza!”.
(*) María Teresa Caso Machicado es historiadora de la Fundación Príncipe de Asturias de Oviedo.



