YO LO VI

El relato de Blanco White del Dos de Mayo en Madrid

ANTONIO GARNICA

El historiador Charles Esdale en su libro sobre la Peninsular War, como llaman los ingleses a nuestra Guerra de la Independencia, dice, refiriéndose a la insurrección popular del Dos de Mayo que dio origen a la misma, que la mejor fuente que tenemos para la descripción de aquellas terribles escenas es Blanco White en la duodécima de sus Cartas de España. Blanco vivía entonces en Madrid y su relato es el de un testigo presencial.

“El levantamiento del Dos de Mayo en Madrid no surgió a consecuencia de un plan preparado por los españoles sino que, por el contrario,

fue provocado por Murat, que para intimidar a todo el país ideó astutamente la manera de producir una explosión de violencia en la ciudad”.

Así empieza José Blanco White la descripción de lo que sucedió aquel día. El tumulto popular empezó en la plaza de Oriente. Salían para Bayona, por orden de Bonaparte, el infante don Francisco de Paula, y su tío Antonio de Borbón, los únicos miembros de la familia real que todavía estaban en Madrid. Una semana antes había abandonado la capital el nuevo rey Fernando VII, nominalmente con dirección a Vitoria donde supuestamente se encontraría con el emperador francés. No va a ser así sino que todos los miembros de la familia real terminarían su viaje en territorio francés, en Bayona, donde tendrían lugar una sucesión de vergonzosas abdicaciones que pondrían el trono español en manos de Bonaparte. Antes de esto, el 25 de marzo, pocos días después del motín de  Aranjuez y un día antes de la entrada de Fernando VII, había llegado a la capital de España una división francesa  que acampó en las  afueras  de Madrid. La falta de reconocimiento del nuevo rey por parte de Napoleón, la subsiguiente salida de toda la familia real de Madrid y la visible presencia de las tropas extranjeras llenaron de lógica inquietud  a los madrileños.

Blanco vivía en la calle Silva, en el centro de la ciudad y no lejos del Palacio Real y de la Puerta del Sol, un lugar más que adecuado para estar al tanto de todo lo que ocurría. Sigue diciendo Blanco:

“El Consejo de Regencia había recomendado encarecidamente que la partida de los infantes fuera de noche, pero Murat insistió en que fuera a las nueve de la mañana. Mucho antes de esa hora la espaciosa plaza de Oriente estaba llena de gente del pueblo. Al aparecer los príncipes vestidos con ropa de viaje hombres y mujeres rodearon los carruajes y cortando los tirantes que los unían a los caballos se mostraron resueltos a impedir su marcha. Un edecán de Murat que se presentó en aquel momento fue instantáneamente agredido por la muchedumbre y hubiera caído allí mismo víctima de la furia popular de no ser por la ayuda que le prestó la fuerte guardia francesa que estaba estacionada cerca de la casa del general. La guardia formó inmediatamente y recibió la orden de hacer fuego contra el pueblo…Poco después del comienzo del tumulto dos o tres columnas de la infantería francesa entraron en Madrid por puertas diferentes y se apoderaron de la ciudad. La columna principal pasó por la calle Mayor, donde las casas de cuatro o cinco pisos facilitaban a los vecinos la mejor manera de descargar su venganza sobre los soldados franceses…Los que tenían fusiles los disparaban desde las ventanas y los demás arrojaban sobre los soldados tejas, ladrillos y muebles pesados. Pero los soldados consiguieron ocupar todos los lugares estratégicos de la capital y su artillería llenó depánico a la alborotada multitud… Pero Murat pensó que su objetivo quedaría incompleto si no hacía un escarmiento ejemplar en cierto número de revoltosos de las clases bajas…Las patrullas de caballería que vigilaban las calles empezaron a registrar a todos los hombres que encontraban a su paso y, tomando como pretexto para su vil y cruel propósito las  navajas que nuestros trabajadores y artesanos suelen llevar en el bolsillo, llevaron a cien de ellos a ser juzgados en un consejo de guerra, en otras palabras a ser asesinados a sangre fría”.

Blanco se aventuró a salir en dirección a la Puerta del Sol para ver cómo estaba la situación en el lugar más emblemático de la  ciudad, pero tuvo que escaparse por una de las calles adyacentes porque una patrulla francesa, al verlo a él y a otras personas que habían tomado la misma decisión, se aprestó para hacer una descarga de fusilería. Las calles de Madrid se quedaron desiertas a partir del mediodía.

“El horror de los madrileños al enterarse de tan tristes noticias a la mañana siguiente hubiera bastado para que los franceses consiguieran lo que pretendían sin necesidad de ulteriores esfuerzos. Los cuerpos de las víctimas que se veían por diversos lugares, los heridos con que nos tropezábamos por las calles, el visible dolor de los que habían perdido algún familiar y el rumor de que todavía había muchos presos esperando su triste suerte en el Retiro, todo esto aumentó tanto y tan dolorosamente los temores del pueblo que las calles estaban totalmente desiertas mucho antes de llegar la noche”.

Blanco se tropieza en el Postigo de San Martín, camino de su casa, con un grupo de cuatro soldados españoles“que conducían a un hombre sobre una escalera, cuyos extremos apoyaban en sus hombros”, Al pasar junto a él la escalera reconoció “los rasgos lívidos de su paisano y amigo Daoiz, ya próximo a la muerte. Había estado desangrándose desde las diez de la mañana en el mismo sitio en que cayó herido… Nunca se me olvidará el débil movimiento de su cuerpo ni sus gemidos cuando la desigualdad del piso de la calle hacía que se aumentaran sus dolores”.

Las escenas del Dos de Mayo permanecerán durante muchos años en lamente de Blanco. En el número 17 del Semanario Patriótico, del 18 de mayo de 1809, presenta una elegía de Juan Nicasio Gallego sobre este tema, y en el número 2 de El Español de mayo de 1810 de nuevo ofrece el texto íntegro de la canción que compuso el mismo poeta para conmemorar el segundo aniversario del suceso.

(*)Antonio Garnica es profesor de la Universidad de Sevilla.