1808: El DESPERTAR DE UNA NACIÓN
La epopeya colectiva que asombró a Europa
FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR
Como historiador, siempre he desconfiado de las jornadas heroicas fabricadas o simuladas por los gobiernos, porque a menudo no discriminan con honradez sino que lanzan hurras con grosería, y no tienen en cuenta el simple heroísmo de una acción más que en la medida en que va conectado con un evidente beneficio publicitario. Sin embargo, el bicentenario del dos de mayo y de la Guerra de la Independencia es una buena oportunidad para recordar el tortuoso itinerario que los derechos individuales de los españoles iban a recorrer hasta la actualidad de nuestra Constitución. Es una ocasión propicia para reivindicar la nación como un gran acuerdo entre ciudadanos, especialmente para aceptar sus diferencias, su diversidad. Y para subrayar que la historia de España pertenece a la historia de Europa mucho antes de la entrada en la Comunidad europea y a la de América con siglos de antelación a las cumbres Iberoamericanas. También para insistir en que la libertad es preciosa como el agua, y como ésta, si no se guarda, se derrama, se escapa y disipa. Un político de aquella época y padre de la Constitución de 1812, Agustín Argüelles, lo supo decir con proféticas palabras: “Vuelvo a repetirlo señor: un Estado se pierde igualmente entregándolo al enemigo o equivocando los medios de salvarlo.”
Hay fechas en que los acontecimientos se precipitan como si la historia tuviese más prisa en hacer correr el tiempo: el
dos demayo de 1808 es una de ellas. Un espectador profético de la carga del mameluco sobre la multitud que responde al arma blanca, hubiera visto que multitudes de apariencias futuras acompañaban al pueblo madrileño en su inmenso clamor de dies irae contra el invasor francés: la sombra del guerrillero y el orador de las Cortes de Cádiz, la joven Alemania que escolta a gritos las palabras del profesor Fichte –“Se suspenderá el curso hasta el final de la campaña ; lo retomaremos en nuestra patria liberada, o moriremos para reconquistar la libertad” – y el derrumbamiento de José Bonaparte en Vitoria, la mirada orgullosa del victorioso duque de Wellington posando para Goya y el regreso de Fernando VII, el pistoletazo suicida de Larra y las guerras carlistas que habrían de convertir el mapa de España en el plan estratégico de una batalla sin fin. El horror de estas contiendas civiles lo había anticipado Jovellanos en 1810, cuando huía de los ejércitos franceses que avanzaban por la Península y ya anciano veía acercársele la muerte:
“Tú, ¡oh amada patria!, yo lo pronostico, también perecerás no por los esfuerzos del bárbaro tirano que devasta tus pueblos sino por los de los hijos ingratos que destrozan tus entrañas!”
EL PROTAGONISMO DEL PUEBLO
Como la nación en armas francesa el año 1792, los españoles, en masa, en1808. Porque es ahora, en mayo de 1808, cuando el pueblo real, el pueblo llano, generoso, verdadero, terrible y admirable, se adelanta al primer plano de la historia y se empeña en actuar de altavoz y protagonista. Es ahora, frente a unas instituciones sumisas a los dictados del invasor, un ejército que abandona a los pocos oficiales unidos al arrebato pasional de los ciudadanos, una larga nómina de intelectuales que confía en las tropas imperiales y en un rey de dinastía napoleónica para la prolongación del despotismo ilustrado, y una burocracia y unos monarcas entregados a Napoleón, cuando pasa por la Península
Ibérica entera, estremeciéndola, el grito colectivo, arrebatado y memorable izado por el pueblo madrileño.
Llamarada de cólera, el levantamiento del dos de mayo flota sobre la deserción de FernandoVII, primero de los napoleónicos españoles, y enciende la mecha de la Guerra de la Independencia, seísmo patriótico nacional, que diluye las viejas barreras históricas y culturales y fusiona todas las regiones españolas en una respuesta común contra el ejército imperial. Lo sabe ver a tiempo el mismo Jovellanos, que se resiste a seguir las ofertas de sus amigos afrancesados para unirse a la corte de José Bonaparte y comprende un porvenir donde el pueblo español exigirá ya el nombre de nación.
Lo ve igualmente Stendhal, ya pasado el tiempo, cuando escribe su Vida de Napoleón: “España ofreció de pronto un espectáculo semejante al de Francia cuando se llenó de gente que deliberaba sobre los peligros de la patria”. Y mucho antes el propio Napoleón, que se reprocharía haber presentado la empresa española como una descarada conquista “ al desnudo”, y que en el crepúsculo de la derrota se repite a sí mismo: “la inmoralidad debió demostrarse de manera demasiado patente, la injusticia de manera demasiado cínica”. “Los españoles, en masa, – reconoce en el memorial de Santa Elena –se portaron como un hombre de honor”.
Por supuesto, el dos de mayo de 1808 tiene también algo de temible, hasta de absolutista. La atmósfera de los cataclismos da miedo a las personas moderadas, que recelan de un pueblo exhortado desde los púlpitos a guerrear “las guerras del Señor, contra sus enemigos los franceses libres”. Los Tedeum y las persecuciones de la España de Fernando VII, donde el pueblo rechaza su identidad política, recién descubierta, y vuelve a la pasividad del pasado despótico, entre vivas al rey Deseado que reviven las cadenas y fusilamientos de Torrijos, pueden devolvernos también a los lugares comunes más gastados por aquellos victimistas que todavía hoy nos aburren subrayando la vocación cainita del español, diciéndonos que no hay peor enemigo del español – y de lo español – que el español mismo.
Si Goya es el mejor reportero gráfico del levantamiento de 1808, Galdós es el más grande de sus cronistas. Trafalgar y La Corte de CarlosIV, los dos primeros Episodios Nacionales, son el punto de partida de la meditación de Galdós sobre un pasado que avanza tortuoso y al mismo tiempo el cervantino prólogo de los grandes acontecimientos históricos narrados enseguida : elmotín de Aranjuez, el levantamiento del dos de mayo, las más importantes batallas de la Guerra de la Independencia, la derrota final de los mariscales franceses, el regreso de FernandoVII.
Pocas veces, como en los acontecimientos históricos que van desde el descalabro de la flota hispano-francesa en Trafalgar al triunfo de Wellington en Arapiles, estuvo tan cerca de ser plausible la homérica sentencia según la cual los héroes habían luchado con la exclusiva finalidad de que el poeta cantase un día sus combates.
EL SUEÑO LIBERAL
Pero junto al despertar de la nación y al recuerdo de lo que a nosotros, dentro de España, a menudo se nos olvida – el recuerdo de una epopeya colectiva que asombró a Europa – en el segundo centenario del dos de mayo quizá convendría también poner de relieve que las pasiones sectarias enfrentadas no son ni han sido nunca exclusivas de nuestro país. ¿Fue más civilizada en sus luchas políticas la Francia de Robespierre y Napoleón que la España de Carlos IV y la Guerra de la Independencia cuando el primero cortaba las cabezas de sus compatriotas y el segundo hacía cargar sobre media Europa unos sufrimientos como si fueran un tributo que le era debido? No se trata de comparar horrores, pero sí de poner un poco las cosas ensu dimensión histórica, y de no aceptar esa mirada desdeñosa hacia nuestro pasado y ese deleite fatalista y no poco masoquista que condena la España nacida del dos de mayo a la negrura de la reacción más grotesca. Porque si tras el levantamiento madrileño la movilización partió de la Iglesia y de la nobleza en defensa de sus prerrogativas, la prolongación de la guerra favoreció la obra de los jóvenes
jacobinos que se habían unido al pueblo contra el invasor francés. De los conde Toreno, Argüelles, Flórez Estrada, Muñoz Torrero, Martínez de la Rosa…puede decirse lo que escribe La Forest del poeta Quintana: “partidarios ardientes de la Convención, moderados admiradores del Directorio, enemigos jurados del Bonaparte del 18 de Brumario”. Tras ellos, que se rebelan por devenir algo nuevo y mejor que el Antiguo Régimen, amanece en Cádiz el sueño liberal del constitucionalismo y nace en España la promesa de una nación de ciudadanos iguales en derechos y deberes.
El Antiguo Régimen, decían los profetas liberales, limitaba con la ceniza. La utopía, repetían los héroes románticos, era la verdad del mañana. Las naciones, pregonaban los poetas, tenían vida propia y todo era cuestión de despertarles el
alma ante el tirano.“¿Paz, paz con los tiranos? Guerra eterna”, decía Martínez de la Rosa convencido de que la guerra contra el invasor francés o traía el final del absolutismo o no era guerra. “Patria!, no existe donde sólo hay opresos y opresores” escribía un jovencísimo duque de Rivas , queriendo llevar con su voz el oro de la libertad a los campos de España.
El porvenir no fue como lo imaginado por aquellos españoles ilustrados refugiados en Cádiz. Hubo manipulaciones y excesos centralizadores, faltó capacidad para calar en la conciencia popular y sobraron desvaríos quijotescos que tenían en su contra todos los malos augurios de la realidad. Pero si ahora mismo yo escribo estas palabras y puedo disfrutar de ciertas garantías cívicas es porque aquel sueño desatinado y perseguido ha logrado convertirse en la legalidad de la vida diaria, en una malla de derechos tan aceptados que se nos vuelven invisibles.
Poco antes de morir, el escritor Thomas Mann, que acababa de experimentar la locura del nacionalismo excluyente, llamó a construir la dignidad de ser alemán sobre la razón, sobre el individuo y sobre su sentido universal. Ese es el modelo de nación que festejamos. En una España continuamente desautorizada e impugnada por los nacionalistas y sus corifeos, el bicentenario de la Guerra de la Independencia debe empujarnos a hablar de ella no desde el pesimismo o el complejo, ni desde la mala conciencia inducida por la palabrería del régimen de Franco que cegó a la intelectualidad “progre” de tal forma que provocó en ella y en toda la izquierda un infantil y patológico rechazo a hacer una simple profesión de fe nacional en esa realidad histórica abrumadora que es España.
(*) Fernando García de Cortázar es director de la
Fundación Dos de Mayo. Nación y Libertad.



