FIRMA INVITADA

EL SUEÑO ETERNO

Los señores de la guerra fomentan un mundo apresurado en el que no caben los placeres sencillos

ANTONIO GÓMEZ RUFO


No importa lo que digan los señores de la guerra: al final, los seres humanos siempre buscamos algo parecido a la felicidad. Nos tratan de embaucar confundiéndonos, asegurando que lo importante es tener más cosas y que en la cantidad se hallan los fundamentos de la serenidad. Por eso hay que consumir mucho, aspirar a destacar profesionalmente, dejarse la vida en ello y lograr una posición económica que nos permita disfrutar de un gran coche, dos casas, vacaciones de invierno y verano y de toda clase de objetos y artilugios que dicen facilitar la vida. Lo peor de esa imposición convertida en verdad sacrosanta es que, cuando al fin alguien obtiene lo que perseguía, se enfrenta a dos

descubrimientos esenciales: que el límite cuantitativo no existe (es como el horizonte, que engaña sin mentir) y que todo cuanto se adquiere con dinero es, en realidad, superfluo.

Algunos lo denominan la dictadura de la mercancía; a mí me gusta definirlo como la trampa de la sociedad actual. Y no será porque las afirmaciones delos señores de la guerra no se hayan rebatido históricamente (desde aquel diogénico “lo único que deseo es que te apartes, que me estás quitando el sol”, hasta el más reciente “con dinero sólo se compra lo que se vende”, de Reinaldo). Ellos insisten en que por tener más cosas vamos a ser más felices, cuando la realidad se parece mucho a lo que nos dejó escrito Oscar Wilde: “Con flores, libertad, libros y la Luna, ¿quién no sería perfectamente feliz?”

Creo que, sin contradecir al clásico, la felicidad anda por derroteros cercanos. Un poco de salud, unas gotas de tranquilidad económica para no pasar penurias y unas dosis grandes de afecto (dado y recibido) son ingredientes suficientes para degustar el raro manjar del bienestar. Otra cosa es que, embaucados, no nos permitan disfrutarlo. Pero si supiéramos aplicarnos el principio de rectificación, si huyésemos del vértigo y del estrés impuestos, si apreciásemos lo que tenemos sin renunciar a la ambición legítima de sentirnos cada vez mejor con nuestro trabajo, con nosotros mismos y con los demás, tal vez no fuéramos felices, pero desde luego no andaríamos enredados enesa espiral de infortunios de la que todos nos quejamos.

Hay dos maneras de ser felices, decía Jardiel: hacerse el tonto y serlo. Creo que hay una tercera: sentirse bien, estar en armonía con el medio y conservar ese espíritu renacentista según el cual venimos a este mundo con el deber de dejarlo un poco mejor de como nos lo encontramos al llegar.

Los señores de la guerra nos obligan a no resignarnos: ni ante las contrariedades naturales de la vida ni ante nuestro lógico proceso biológico de envejecimiento y desaparición. Ellos han fomentado un mundo apresurado en el que no caben los mayores placeres: leer, escuchar música, destinar pedazos de vida a fomentar los afectos, observar el paso de las estaciones… Es la máquina del éxito rápido quien reparte virus en forma de enfermedades y muerte. En ello consiste su ganancia. Una posibilidad es enfrentarse para detener el tren con las manos; otra, salir de la vía y dejar que sean los demás los que sigan corriendo.

A mí me ha dado por preguntarme sobre todas estas cosas y he querido compartir las preguntas con quienes me escuchen. Tal vez no haya dado con las respuestas, pero empezar a cuestionarse el modo en que vivimos es comenzar a encontrar la mejor respuesta. Por eso he escrito una novela sobre todo ello.