CLÁSICO
UN CINEMATÓGRAFO DE FIGURILLAS OBSCENAS
La lozana andaluza. Una obra maestra por la polifonía de su lenguaje y la riqueza de personajes
FRANCISCO RICO
Con cierta frecuencia, la arqueología nos sorprende con hallazgos tan deslumbrantes como los bronces de Riace o el ejército de soldados de barro que flanquea la tumba del emperador Qin Shi Huangdi. En la literatura española, se han producido descubrimientos de gran relevancia histórica, tal la aparición de las jarchas o de algunos fragmentos del primitivo Amadís de Gaula, pero sólo en un caso han venido a aportar una auténtica obra maestra: La lozana andaluza, que ha fascinado a un Apollinaire, un Rafael Alberti o un Juan Goytisolo, y que probablemente ha dejado su huella incluso en el Ulises de James Joyce.
Hasta 1845, cuando el bibliotecario Ferdinand Wolf dio noticia del único ejemplar conocido, que hasta hoy se conserva en la Biblioteca Nacional de Viena, nada se sabía del Retrato de La Lozana Andaluza. El libro se había publicado anónimo y sin indicaciones tipográficas, pero todo indica que se estampó en Venecia, hacia 1529, y consta que su autor fue Francisco Delicado, clérigo cordobés, criado en Martos, que disfrutó de varios beneficios eclesiásticos en Italia y en España, y que durante bastantes años trabajó para las imprentas venecianas y romanas. Jacques Joset y Folke Gernert, que acaban de dar a la luz la edición incluida en la Biblioteca Clásica que yo mismo dirijo para el Círculo de Lectores y Galaxia Gutenberg, han superado con éxito el reto que supone editar y anotar un texto tan rico y tan complejo, para hacerlopor fin accesible a todos los amantes de la buena literatura.
En sustancia, la Lozana es la historia de una prostituta andaluza en la Roma inmediatamente anterior al saqueo de 1527, escudriñada en todos sus ambientes, de los bajos fondos a los palacios cardenalicios, y a través de gentes de las más diversas clases y condiciones. El relato empieza por la niñez de la protagonista en su tierra natal, pasa por su matrimonio con un mercader –que es quien le pone el nombre de “Lozana” a causa de su alegríay gallardía–, se extiende con su llegada a la Ciudad Eterna, donde desarrolla su carrera de cortesana y alcahueta, y termina de forma abrupta cuando decide retirarse a la isla de Lípari, donde se hará llamar “Bellida”, es decir, “hermosa”.
Pintada con el realismo más crudo y con las pinceladas más vigorosas, Delicado define la Lozana como “retrato”, y la etiqueta no es injusta. En todo caso, el libro no se deja calificar por referencia a los géneros convencionales de la novela o la comedia. Si en los primeros capítulos predomina la narración, la preponderancia corresponde después al diálogo puro y duro, con contadas acotaciones. Menéndez Pelayo,a quien sus prejuicios ideológicos no le impidieron percibir las virtudes literarias de la obra, por mucho que la condenara como “inmunda”, acertó al caracterizarla como un “retablo o más bien un cinematógrafo de figurillas obscenas, que pasan haciendo muecas y cabriolas”. Cierto: piense como piense de sus implicaciones morales (y Delicado era bastante más conservador que don Marcelino), el lector no puede menos de sentirse encandilado ante el vivacísimo desfile de individuos, situaciones y lugares que se le ofrece a la vista.
En las páginas de la Lozana bulle una masa de desheredados, hampones, fulleros y prostitutas deambulando por las calles de una ciudad cuyo esplendor, aunque deteriorado, sigue manifestándose por doquiera. Pero entre los ciento veinticinco personajes (según la cuenta del propio autor) que corren por allí, la preeminencia corresponde sin duda a las cortesanas que según Delicado eran las más famosas de su tiempo: la Jerezana, la Garza Montesina, Madona Clarina y Madona Aviñonesa. Es probable que tras de algunos de esos nombres deban reconocerse otras tantas hetairas reales. Pero, como sea, no nos las habemos con un enfoque individualizador, sino justamente con un “retrato” de grupo, donde los sabrosos detalles concretos buscan sobre todo dar testimonio de unas costumbres sociales y una situación general.
Admirablemente exacta y todavía hoy llena de evocaciones es la topografía de la acción. Los personajes se pasean y nos pasean de la Ceca a la Aduana, la estufa (baño público), el ghetto, las cárceles de Corte Savella y Torre di Nona –donde está preso Rampín–, el Ponte Sisto, la Via del Orso, la Via dei Banchi y la Calabraga, Campo di Fiori y Piazza Navona, con su población variopinta, o el Pozzo Bianco, el barrio de las cortesanas y lavanderas españolas.
En esos escenarios suena una abigarrada polifonía de voces en todas las lenguas romances, portugués, catalán, italiano. Pero la Lozana no aspira tanto a reflejar la mezcolanza de idiomas propia de la Italia de entonces, ni la lingua franca mediterránea formada con términos de dispar procedencia, cuanto a sugerir el guirigay de un mundo sin orden ni concierto, la caótica libertad que reina en la Ciudad Eterna.
La inventiva lingüística de los personajes de Delicado no tiene límites y, desde luego, sobresale en las materias escabrosas. Difícilmente, por ejemplo, se encontrará en otra parte tan vasto inventario de sinónimos para designar una sola cosa: anadón, bastajo, caramillo, cordón, dinguilindón, garrocha, lanza, mano de mortero, etcétera, etcétera. Para advertir el alcance erótico de muchos de esos eufemismos, hay que tener en cuenta que el mundo de referencias y, por ende, el repertorio de símbolos de unos siglos atrás eran a menudo profundamente diversos de los nuestros. Así, los verbos urdir, tramar, tejer, hilar y los substantivos tela o lino carecen para nosotros de cualquier connotación sexual, pero en el siglo XVI se asociaban usualmente a los movimientos de la cópula. Cosa similar hay que observar de las coordenadas culturales. Sólo los especialistas y algunos bachilleres de planes antiguos recuerdan hoy que Aristóteles enseñaba que en la naturaleza no existe el vacío. Pero la Lozana lo tenía muy presente, al igual que otras doctas nociones, cuando afirmaba que “que cuatro cosas no valen nada si no son participadas o comunicadas a menudo: el placer, y el saber, y el dinero, y el coño de la mujer, el cual no debe estar vacuo, según la filosofía natural”.
Juan Goytisolo subrayó muy bien que Delicado anticipa uno de los más celebrados hallazgos cervantinos: “Los personajes tienen conciencia de su condición de héroes del libro que escribe el autor, como don Quijote sabe que es el protagonista de la primera parte de la crónica de Cid Hamete Benengeli o del falso Quijote de Avellaneda”. A su vez, a partir de un cierto momento, el autor comienza a formar parte del mundo de la ficción, incorporándose a él como un personaje más. Rampín lo invita a casa de Lozana, la protagonista lo aprecia por la fidelidad con que la representa (“Quiérolo yo mucho, porque me contrahace tan natural mis meneos y actos”), y con uno y otra mantiene el escritor una antigua relación: “soyle yo servidor como ella sabe, y es de mi tierra o cerca de ella, y no la quiero enojar. ¿Y a vos, Rampín, no os conocí yo en tiempo de Julio segundo en Plaza Nagona, cuando sirviédes al señor canónigo?”.
Viviera o no en Roma en ese pontificado, en el primer decenio del siglo XVI, las indicaciones cronológicas de Delicado no pueden tomarse al pie de la letra. Según él, compuso la obra entre el 30 de junio y el primero de diciembre de 1524, pero la veracidad del aserto, cuando menos en su integridad, queda desmentida por las numerosas alusiones al “Sacco di Roma” en mayo de 1527, cuando los mercenarios del bando de Carlos V sometieron la ciudad a la devastación y el pillaje. Un escudero, así, profetiza que en esa fecha se producirá la temible inversión del orden social: “Señora, el año de veinte y siete ellas serán fantescas [‘sirvientas’] a sus criadas”. La misma protagonista se suma a quienes pronostican el derramamiento de sangre que sufrirá entonces la Ciudad Eterna: “yo digo que gran carnecería se ha de hacer en Roma”.
No cabe duda de que la intención de Delicado era razonar que el desastre de 1527 fue consecuencia lógica de la corrupción. El castigo no procede sólo de las depravaciones morales que él refleja, sino también, y en mayor medida, de la trasgresión constante, consciente y voluntaria de los principios mismos de la religión, de la que se hacen reos los clérigos romanos, coleccionistas de pecados por omisión y por comisión, y en primer término la lujuria y la simonía. El crudo “retrato” de los vicios se vuelve así en La lozana andaluza apología de un cristianismo renovado.



