NARRATIVA

Mendicutti, Villoro, Lazcano Tegui, Benavides, Bassati, Follet, O’Flaherty, Pérez Azaústre


LECTURAS NARRATIVA

 

EL SILENCIO  PESA

PEDRO M.DOMENE

Ganas de hablar
Eduardo M
endicutti
Tusquets editores
Precio: 18 € 
312 páginas

MENDICUTTI REPRESENTA UN SISTEMA DE VALORES QUE OSCILA ENTRE LO CRÍTICO, LO SOCIAL Y LO POLÍTICO, CON IMÁGENES DE LA CULTURA KITSCH

El paisaje literario de la España postfranquista debe, y mucho, a la obra de Eduardo Mendicutti (Sanlúcar, Cádiz, 1948) por su inquebrantable voluntad de representar un sistema de valores que oscila entre lo crítico, lo social y lo político, con vigorosas imágenes que proceden de la cultura kitsch, y por ensayar esa peligrosa actitud ante una denostada literatura gay que, además de una temática marginal, ofrece el estudio de un habla caracterizada de vulgar, un “lenguaje del travestismo”, con el iidiolecto propio de grupos específicos en una sociedad o de una región que conoce bien Mendicutti. Buena parte de su prosa se sustenta en esas breves elipsis expresivas contra un silencio impuesto, tema esencial, por otra parte, de Ganas de  hablar (2008).

Sus novelas, Una mala noche la tiene cualquiera (1982), El palomo cojo (1991) o Los novios búlgaros (1993), terminan con expresivas manifestaciones de júbilo pese a los fracasos a que se ven sometidos sus personajes, tienen un esperado final optimista que proporciona al lector esa sensación de alivio aunque, entre tras cosas, producen perplejidad  consternación. No es a primera vez que Mendicutti ropone un texto basado en un arguísimo monólogo, como ocurre en Ganas de hablar, con dos parte, una primera muy extensa, un diario a lo largo de quince días, y una segunda, más breve, en la que reproduce otra estampa del Sur, el paso de una procesión y el monólogo interior de su protagonista. Una manifestación de triunfo sobre el silencio forzado e impuesto durante años al Cigala, mariquita de toda la vida, con el que cierra la narración de buena parte de sus vivencias, incluidas las familiares y sus amistades, una corte de damas, doña Luchy Osorno, Ana Belén Gallardo, Chica Lapuente, a quienes les ha venido practicando, desde siempre, la Haute Manicure, como a él le gusta definir su profesión  y su arte.

Todo empieza cuando el personaje se entera de que la corporación municipal de su pueblo, La Algaida, le va a dedicar una calle y utiliza a su hermana, Antonia, casi un vegetal, como confidente. A lo largo del relato, recordará y reconstruirá un mundo, el suyo propio, ahora que es posible librarse de ese silencio impuesto, tras décadas de confusión, de vanos impulsos por salir adelante y de buscar solución a los problemas personales y profesionales. Un relato, como es habitual en Mendicutti, donde el humor convierte al estereotipo del mariquita en España en un personaje tierno y querido, como el de tantos pueblos de nuestra geografía, porque como él mismo asegura, la voz colectiva, contribuye a comprender lo que somos, hemos sido o aquello que queremos o no ser. Lo mejor del Cigala es que, a pesar de ser un marica redomado, resulta tan creíble, como amable y simpático, habla la jerga callejera andaluza, un lenguaje con estilo propio y singular que otorga al texto valores añadidos: cantidad de calificativos de una lengua tan diaria como vulgar, tan expresiva como académica. La Fallon, el niño de la Batea, el cura Pelayo o don Alfonso de Sandoval, amante y protector de Antonia, alternan en esa corte de personajes que divierten al lector con escenas cotidianas en medio de un mundo paralelo y oscuro. Es decir, secreto, íntimo, olvidado durante décadas, perceptible bajo la mirada del novelista, convirtiéndolo así en luminoso, irónico y desafiante. Francisco López Guerra, alias Cigala, sorprende, como otros personajes de Mendicutti, por despertar a los fantasmas de su pasado aunque, la verdad sea dicha, si en el fondo todo ha sido de mentirijillas, qué más da.

 

MONÓLOGOS DE PESCADORES

TOMÁS VAL

Los culpables
Juan Villoro
Anagrama
Precio: 15 € 
168 páginas

SEIS CUENTOS Y UNA NOUVELLE QUE REMITEN AL AMBIENTE TABERNARIO DONDE SE CONFIESAN LAS TRAICIONES QUE SE COMETEN O SE SUFREN.

Es muy probable que, en alguna ocasión, se hayan encontrado, en la barra de un bar, a un desconocido que, al amparo de las copas y de la soledad que se echa como la niebla sobre ciertos tugurios, haya comenzado a hilar relatos acerca de su vida. La imagen ha sido utilizada frecuentemente por el cine y la literatura, tal vez porque en el fondo subyazca esa necesidad que todos tenemos de narrar, de contar lo que nos sucede aunque sea a unos oídos muy poco dispuestos a la atención. Y suele ocurrir también que, pasadas la primera incomodidad y sorpresa por vernos convertidos en paño de lágrimas o en diván de psicoanalista, la charla empiece a interesarnos poco a poco, que el relato vaya atrapándonos.

Los culpables, el último libro de Juan Villoro, compuesto por seis cuentos y una nouvelle, publicado en Anagrama, remite al lector a ese ambiente tabernario donde se cuentan los propios pecados mientras el alcohol va despertando la locuacidad y la atención del que escucha. Escritos todos en primera persona, lo que resulta muy afectivo para conferirles ese tono de confesión y para convertir el habla en escritura, los relatos pergeñados por Villoro nos hablan todos de la deslealtad, de la traición que alguien comete o sufre, y de cómo ese comportamiento nos convierte en otra persona. No sería exagerado decir que los personajes creados en esta ocasión por el mejicano son exiliados de sí mismos, impostores que llevan una vida que no les correspondeporque ya no son los que fueron. La culpa es el mayor estigma que puede mostrar el alma humana, aunque los casos que nos presenta este escritor que en 2004 ganó el Premio Herralde de novela con El testigono se parezcan necesariamente a Macbeth.

Un cantante de rancheras, ídolo de masas, que odia su actividad y su imagen pública; un limpiador de cristales, de esos que cuelgan en las fachadas, con tendencias homicidas; dos hermanos enfrentados por una mujer que ya no está y que se ponen a escribir un guión de cine; un futbolista mediocre y ya maduro que en el último partido entrega la pelota a un contrario para que marque gol; un habitual de los aeropuertos que en cada retraso de su vuelo anticipa su fracaso matrimonial; un periodistaque vuelve a México para escribir otro reportaje sobre la esencia de ese país…

México, el país en el que viven, parece alimentar de forma inevitable ese sentimiento de extrañeza. Los personajes de Villoro no tienen la voluntad de ser representativos de la realidad social de su país, pero que al lector se le antojan típicamente mexicanos.

Hablan bien estos tipos que se nos han sentado al lado en la barra del bar, su relato está tan perfectamente articulado que acabamos rindiéndonos a la prosa de Villoro, de este escritor que, si en su obra se ha mostrado a veces irregular, nos entrega un libro curioso y apreciable. El relato está tan trabajado, hay una apuesta formal tan extrema que puede dar la impresión de que el escritor anda experimentado con los géneros, de que se plantea nuevos caminos y ropajes para la narración. Y, pese a ciertos defectos que pueden detectarse en Los culpables –quizás no sea el menor la extrañeza del lector hasta que logra entrar en ese mundo que se nos propone, hasta que nos acostumbramos a la voz que reclama nuestra atención–, puede afirmarse rotundamente que Juan Villoro ha conseguido su objetivo inicial, la diversión, la reflexión y el explorar las posibilidad de la oralidad en la literatura.

 

ENSAYO DE UN CRIMEN

LUIS ALBERTO DE CUENCA

De la elegancia mientras se duerme
Vizconde de Lascano Tegui
Impedimenta
Precio: 17,60 € 
192 páginas


LAZCANO TEGUI FUE UN EXCÉNTRICO POETA Y NARRADOR QUE FORMÓ PARTE DE LA BOHEMIA PARISINA DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX.

En primer lugar, quiero saludar la aparición de Impedimenta, un sello editorial recién creado que cuenta como promotor con el infatigable Enrique Redel. La mera cita de este nombre propio nos habla ya de rigurosa selección, exquisito diseño, máxima calidad. Junto a esta delirante “novela” del raro, y acaso justamente olvidado, escritor argentino Lascano Tegui, han salido hasta la fecha, que yo sepa, dos sugerentes títulos: La abadesa de Castro, de Stendhal (con introducción de Pablo d’Ors), y El perfume del cardamomo, una colección de cuentos chinos de Andrés Ibáñez (con introducción de Félix Romeo).

El supuesto Vizconde nació en 1887 y falleció en Buenos Aires en 1966. En 1997 apareció en Ediciones Simurg, de Buenos Aires, otro libro suyo, Mis queridas se murieron, que todavía está a la venta y recoge una serie de prosas y poemas de diferente procedencia. Lascano viajó a Europa en 1908 como traductor de la Oficina Internacional de Correos, y se instaló en París en 1914, formando parte activa de la bohemia de la época y disfrutando de amigos como Picasso, Modigliani y Apollinaire. Además de escritor, fue pintor y, a partir de 1923, también diplomático, ejerciendo como tal en distintas ciudades francesas, en Caracas (donde se conserva una pintura mural suya) y en Los Ángeles de California. Juan Sebastián Cárdenas nos refiere en la introducción lo que se sabe del pintoresco Lascano Tegui, que no es demasiado. Su carrera literaria se inicia en 1910 con un libro de poemas, inencontrable hoy, La sombra de la Empusa, al que sigue, el año siguiente, otro ítem bibliográfico rarísimo, Blanco, con pie de imprenta falso de París y firmado con el pseudónimo de Rubén Darío, hijo. Su último libro de poemas, Muchacho de San Telmo (1895), publicado en Buenos Aires por Guillermo Kraft en 1944, es, sin embargo, relativamente fácil de conseguir en el mercado argentino del libro antiguo y de ocasión. Desde un principio, como podemos ver, nuestro Vizconde fue labrándose una fama de creador “original” y excéntrico. Su libro más importante es, sin lugar a dudas, este que Impedimenta nos ofrece, cuya primera –y única– edición vio la luz en París en 1925 (Éditions Excelsior).

Lascano Tegui nos presenta en ese libro una especie de diario fragmentario que conduce, al final del mismo, al asesinato de una mujer vulgar, en cuya preparación el narrador, fatigado de vicios y de hastíos, vislumbra un motivo para justificar su existencia, al menos por un rato. Mientras tanto, Lascano nos dice –y es divertido escucharle– que le fascinan los ojos almendrados de los fogoneros del Sena: “Frente a su belleza, yo me he conmovido como Antínoo pudo conmoverse ante los ojos de un legionario de Adriano” (página 77, ¿a que suena a Valle Inclán?). Y hasta perpetra párrafos memorables en su narcisismo como éste (página 163): “Busqué siempre el amor que no poseía. Quise ser amado. He hecho todo lo posible. No he hecho nada más que eso. Los obreros se exponen a caer como los ladrillos desde los andamios. Pierden los brazos y las piernas. Yo no he podido perder nada y lo he perdido todo. Justo era que se me quisiera”. Con todo y ello, el libro no pasa de ser una curiosidad, una bizarrerie más que comentar con los amigos aficionados a la extravagancia. Desde luego, Lascano Tegui no es ese “genio oculto de la literatura argentina”, como alguien, al parecer, lo definió en Le Monde, según consta en la elegante sobrecubierta del libro. Se limita a ser un aventajado imitador de Lautréamont: ni más ni menos que eso.

 

INTELECTUALES BARATOS Y MILITARES CARÍSIMOS

FERNANDO IWASAKY

Un millón de soles
Jorge Eduardo Benavides
Alfaguara
Precio: 19,50 €
424 páginas


UNA GENUINA NOVELA QUE CARICATURIZA LOS CORREVEIDILES Y ASESORES DE LA DICTADURA PERUANA DEL GENERAL VELASCO ALVARADO


Jorge Eduardo Benavides ha escrito una novela extraordinaria que podría haber sido calificada como políticamente incorrecta, de no ser porque los personajes de carne y hueso que inspiraron a las criaturas literarias de Un millón de soles continúan empeñados en que sus vidas imiten al arte, como alguna vez ironizó Wilde.

Aunque parezca inverosímil, en el Perú tuvimos una dictadura que se pidió el rimbombante título de “Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas” y que le dio la vuelta al país como si fuera un calcetín. ¿Tuvo algún plan? No. ¿Tenía formación ideológica o preparación tecnocrática? Tampoco. ¿Quizás fue un régimen controlado a distancia por alguna potencia mundial? Menos. ¿Acaso se trató de un sofisticado grupo de militares lúcidos y geniales? Ni siquiera. Sin embargo, esa panda hizo el paripé revolucionario mientras duraron el “boom” de la pesca, la guerra fría y los créditos internacionales, porque la impagable deuda externa peruana fue la herencia de aquellos militares y su corte de milagros.

Si en Conversación en la Catedral (1969) Vargas Llosa se recreó en describir el lado más cruel, siniestro, miserable y putrefacto de la dictadura del general Odría (1948-1956), en Un millón de soles Jorge Eduardo Benavides nos descubre el lado más cómico, patético, ridículo y “cutrefacto” del gobierno del general Velasco Alvarado (1968-1975). Estamos ante una genuina “novela de dictador”, en la tradición de El señor  presidente(1946) de Miguel Angel Asturias y Yo el supremo (1974) de Roa Bastos, pero el modelo elegido por Benavides sería más bien la irreverente Maten al león de Jorge Ibargüengoitia y en ningún caso La fiesta del chivo (2000) de Vargas Llosa, obra que sí ha influido en  otras “novelas de dictador” más recientes como Grandes miradas (2003) de Alonso Cueto y El desierto (2005) de Carlos Franz.

No obstante, la gran novedad de Un millón de soles la encuentro en el acierto que ha tenido Jorge Eduardo Benavides a la hora de retratar a la tropa de intelectuales y periodistas reclutados por la dictadura como asesores, palmeros y hombres de paja para rotos y descosidos varios. Velasco los llamaba públicamente “mis mastines” y me apresuro a dejarlo claro para que nadie piense que Jorge Eduardo Benavides ha exagerado. Después de todo, cuandoun general expropia todos los periódicos y coloca como directores a sus asesores para que lo mimen con titulares, editoriales y suplementos especiales, ¿cómo no va a estar incluido en el sueldo que te llamen “mastín”? Si Velasco hubiera sido más fino, como mucho los habría llamado “dóbermans”.

Vargas Llosa acuñó un concepto –“El intelectual barato”– para definir a todos aquellos que ponen su sintaxis al servicio de los dictadores y que utilizan los resortes del poder al que sirven para perseguir a sus enemigos, humillar a los mejores y alicatarse de medallas. En Contra viento y marea (1986) definió al “intelectual barato” y en sus memorias –El pez en el agua (1993)– les puso nombres y apellidos. ¿Y quiénes eran esas criaturas? Precisamente los asesores, correveidiles y palmeros que Velasco reclutó para la causa del “Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas” y que Jorge Eduardo Benavides pone a lustrar las botas de los generales en Un millón de soles, porque fueron los felpudos ideológicos de Velasco. Gracias a la aparición de los mismos personajes de Los años inútiles (2002) y El año que rompí contigo (2003), Un millón de solescompleta una suerte de trilogía sobre el poder y la crisis en el Perú contemporáneo, donde los intelectuales fueron baratos, pero los militares nos salieron carísimos.

 

FÁBULA DEL DESTINO

LUIS MATEO DÍEZ

El colombre
Dino Buzzati
Acantilado
Precio: 23 €
380 páginas


Dino Buzzati pertenece a esa estirpe de narradores que proviene de las raíces mismas de la novela y el cuento, de la epopeya y la alegoría. Un mundo de resonancias antiguas y poderosas emerge de sus narraciones, de la búsqueda del hombre como misteriosa encrucijada de sentido. El desciframiento de la existencia palpita en la originalidad de unos planteamientos muchas veces fantásticos y casi siempre perturbadoramente cotidianos que nos sorprenden con la pincelada de una aventura, un juego o una sorpresa a la vuelta de la esquina.

La vida que retrata Buzzati con intención y humor la reconocemos en seguida como parte de nuestro patrimonio, no cuesta un gran esfuerzo identificarse con ella, con esos personajes acechados por un destino cortado a la medida de sus esperanzas y frustraciones. Personajes que transmiten en sus historias minimalistas una ejemplaridad sin énfasis, suave y casi anecdótica, la de un azar que moraliza la existencia en el sentido tradicional de los cuentos populares. Y es que Buzzati parece escribir no para ser leído, sino para ser oído en las frías noches de los inviernos del pasado. Claramente, se percibe su comodidad en la vieja estructura del relato oral que, mediante los recursos de lo inesperado, fantástico, anecdótico y ejemplar, construye fábulas sobre el hombre y su destino en una clave universal que nunca desbordan las fronteras de una cotidianidad trascendida.

Tras la factura popular, oral y universal de sus cuentos, el aliento de Buzzati exhala una particular metafísica. Según ésta, la espera es el aliado de la conciencia del tiempo y del sufrimiento. En El colombre, lo impredecible se materializa en las figuras  parejas del hombre y la historia, en los claroscuros especulares de esa “idea descabellada”, “peligroso capricho” y “terrible tentación” que el hombre representa para su creador. La hipótesis de un “juego tan fascinante” como arriesgado termina seduciendo a dios pese a su conciencia de lo que implica poblar el universo con seres dotados de razón, “intelectuales” que serán necesariamente “fuente de una enorme cantidad de problemas”.

El hombre introduce en el universo lo imprevisible, el destino inusual de unas criaturas que nunca terminan de hacer las paces con su entorno, que están reñidas consigo mismas y que si descubren que un animal marino las persigue desde siempre para devorarlas elegirán como profesión la de marineros. Junto con los azares contradictorios de la vida humana, Buzzati fija también su atención en esa otra fuente de problemas que es la historia. Escritos en la época de la guerra fría, algunos de sus cuentos juegan fantásticamente con la muerte sistemática de todos aquellos que ocupan una posición

de poder, con la invención de un arma secreta que convierte a los americanos en comunistas y a los soviéticos en capitalistas, etc. Las tensas relaciones internacionales de la época sugieren a Buzzati delirantes posibilidades cuyo sentido consiste en ilustrar la inquietud o el desasosiego de tantas amenazas y peligros.

La invención del hombre modificó el universo y alteró los parámetros normales de la Creación, su armonía y equilibrio. Partiendo de esta idea, Buzzati fabula sobre las dimensiones y perplejidades de un universo desordenado y caótico que ya no está ahí fuera, sino en el interior de cada persona. El acertijo de la vida invita a descifrarlo en unas narraciones que nunca clausuran la puerta de sus múltiples significados. El destino siempre está al acecho de una criatura sin otra visión de futuro que sus atormentados sueños. El pulso de viejo contador de historias que define el arte de Buzzati se mantiene firme al prolongar la herencia bíblica de aquel hombre llamado Job sometido al juego entre burlesco y solemne del diablo y dios. Un hombre que se atrevió a hablar con su creador, al igual que el ya viejo marinero decide en sus últimos días salir en busca de su destino para encontrarse con el colombre, “un pez de gran tamaño, espantoso de ver y sumamente raro”. Tan inusual, sorprendente y cotidiano como la aventura que nos espera a la vuelta de la esquina con la férrea necesidad de las cosas escritas en el origen de los tiempos.

 

EN TRAJE DE ÉPOCA

JUSTO NAVARRO

Un mundo sin fin
Ken Follet
Traducción de Anuvela
Plaza Janés
Precio: 29,90 €
1182 páginas


Es ésta una historia muy actual, con personajes absolutamente de hoy, un arquitecto de éxito, una emprendedora mujer en lucha contra las limitaciones que impone un mundo de hombres, un repugnante miembro de la clase alta empeñado en el aplastamiento de los de abajo, sobre todo si son mujeres. Podría estar pasando ahora mismo en cualquier capital europea, o en el siglo XIV, en tiempos de la Guerra de los Cien Años, en la imaginaria e inglesa Kingsbridge, ciudad catedralicia. No cambia nunca el mundo, aunque lleve siglos agonizando y resucitando sin llegar a morir, y la principal amenaza del momento es la misma de ayer, el fanatismo religioso y guerrero, o así lo imagina Ken Follett (Gales, 1949). Se repiten siempre los tipos humanos, repartidos entre la bondad y la maldad, y el signo de la ambición miserable es el prior Godwyn, un caso de mendacidad y amoralidad disfrazada de moralina, a quien alguno ha visto como un trasunto del antiguo primer ministro Tony Blair. “Nunca he confiado en quienes proclaman su honestidad desde el púlpito”, dice uno de los personajes de Un mundo sin fin.

Pero esta historia del presente medieval (semejante a los teatros romanos del siglo IV que se construyen en el siglo XXI) también imita los viejos cuentos de hadas: cuatro niños ven en un bosque el acuchillamiento de dos soldados de la reina, y una carta será enterrada al pie de un árbol para que muera todo aquel que revele su secreto.

Acaba de perder el trono y quizá la vida el rey, Eduardo II, por su amor homosexual a su favorito. Aunque la vida es poca y peligrosa en estos tiempos, los niños crecen, maduran, dos mujeres y dos hombres, tres buenos y uno malo, desde que los conocemos, cuando el chiquillo cruel mata a un perro. Quiere ser caballero el malvado, “cortés, valiente y mortífero en el combate”, pero el instinto le ahogará la cortesía antes de que nazca. Follett cuenta su leyenda con el detallismo pedagógico de los novelones populares clásicos, para que sintamos cómo se vivía en la baja Edad Media, cuando el mundo viejo se desmoronaba, y la catedral de Kingsbridge empezaba a hundirse, dos siglos después de su construcción en Los pilares de la tierra, la novela que Follett publicó en 1989. Entonces, a lo largo de 34 años del siglo XIV y 1.180 páginas, se suceden peleas de familia, querellas judiciales por la posesión de la tierra o el dominio de la propia existencia, trampas y disputas políticas entre reformistas y conservadores,hurtos insignificantes y robos de tesoros, viajes y amores, abortos y matrimonios, puñaladas en el corazón de la esposa y elixires de amor, pestes, batallas internacionales. Seguiremos por Normandía al ejército máspoderoso que Inglaterra hubiera visto jamás. Asistiremos a la batalla de Crècy en el verano de 1346. Dos monjas se disfrazan de muchachos para sobrevivir entre soldados. Hay hombres que venden a su hija por una vaca. Los mercados y los suplicios nos asombrarán con sus colores y su estrépito. Los proscritos huyen al bosque, su reino, como Robin Hood. Las imágenes literarias y cinematográficas del pasado medieval recubren pintorescamente maldades obsesivamente presentes en los noticiarios de hoy, como la ferocidad bélica, la violencia de los hombres contra las mujeres, o la opresión histórica contra los homosexuales, sin perjuicio de que Un mundo sin fin cuente el triunfo provisionalmente final, ya en 1361, de la razón, el pragmatismo, la técnica, el libre mercado y el amor perdurable.

 

EL ABISMO Y LA CONCIENCIA

JESÚS MARTÍNEZ

El delator
Liam O´Flaherty
Libros del Asteroide
Precio: 19,95 €
252 páginas


ESPLÉNDIDA NOVELA PSICOLÓGICA QUE RETRATA UNA SOCIEDAD BAJO SOSPECHA, EN PLENA RESACA DE LA GUERRA CIVIL IRLANDESA

Cuando Liam O’Flaherty (1897-1984) publicó El delator (1925), el mundo aún lo era y recibía igual nombre que hoy, pero los mapas geográficos, políticos e ideológicos se presentaban muy diferentes, tanto que a muchos lectores puede asaltarles la tentación de preguntarse por la vigencia y universalidad de una trama circunscrita, en apariencia, a una sociedad tan genuina como la irlandesa y a una época tan distante. O’Flaherty es uno de los que más y mejor ha novelado la complicada historia reciente del pueblo irlandés en obras como Hambre (1937) o Insurrección (1950). Un autor en quien destaca su origen humilde, el alistamiento en el ejército, su comunismo de juventud y una larga trayectoria vital que le llevaría por medio mundo hasta su muerte en los ochenta.

Así que la respuesta podría ser difícil, si no fuera porque la obra gira en torno a un tema tabú: la delación, que anida en la entraña misma de cualquier ser humano o grupo, sea cual sea el momento, la sociedad o el individuo al que le estalla, y cuya salvaguarda es tan esencial que su sola mención acarrea en el ánimo colectivo una sensación próxima a la fetidez cadavérica que todo lo disuelve.

No resulta, pues, extraña la reedición de esta novela, muy conocida por la magnífica adaptación cinematográfica de John Ford (1935), ya que cuando el protagonista, Gypo Nolan –en plena resaca de la guerra civil irlandesa– desafía a una hipotética Organización Revolucionaria de la que había formado parte –¿el IRA?–, delatando, cual moderno Judas, a su antiguo compañero Frankie McPhillip por veinte libras y provocando su muerte, lo que hace es abrir las puertas de un infierno eterno y previsible.

El marco será Dublín, los barrios obreros y marginales. El tiempo, escaso, apenas un día. Suficiente para que el autor componga el retrato concienzudo de una sociedad bajo sospecha, poblada por seres desvalidos, peleles sin otra moral que no sea la de guarecerse frente a un poder intimidatorio, cuyo rostro de tintes grotescos no ofrece otro fin que sobrevivirse indefinidamente. Y, por eso, la travesía, que en aspectos como el afán autodestructivo o la intuición de un final predecible recuerda a la de Max Estrella, conduce a Nolan al infierno mismo de la noche dublinesa, para así ahogar entre el alcohol de sus calles, burdeles y meretrices una conciencia desquiciada y, ahora sí, clarividente.

Es un viaje sin retorno, una huida hacia delante, hacia el abismo de la culpa individual y colectiva, que sólo cicatrizará con la venganza terapéutica de un castigo reparador que restablezca el orden y acalle, por extensión, cualquier efecto colateral. A partir de ahí, el calvario cumplirá con las estaciones correspondientes: Katie, su “compañera” en la necesidad; la familia de Frankie, su madre y su hermana; o el burde  de tía Betty. Ante todos y en todos los lugares dejará un rastro inequívoco que conduce a Dan Gallagher, todopoderoso comandante de la Organización, a verificar la identidad del delator. El castigo no puede ser otro que la muerte y ni siquiera el arrepentimiento o el perdón que, una y otra vez, solicita Mary, hermana de Frankie, a un Gallagher enamorado de ella, logra que éste condone la pena.

Todo con un lenguaje rico y propio del hampa, bronco y descarnado, ágil y directo, minucioso en la descripción de ambientes y personajes; o una escenografía cercana a la estética de novela negra, de atmósfera espesa, por la que un desequilibrado Gypo camina, sin saberlo, hacia la redención. Es El delator, una espléndida novela psicológica, un clásico, cuyas páginas sirven a la mejor literatura, la que sólo necesita tres cuartas partes de buena historia y una más de oficio para satisfacer al lector más exigente.

 

LOS OTROS

SALVADOR GUTIÉRREZ SOLÍS

Arrastrar esa sombra
Emiliano Monge
Sexto Piso
Precio: 15 € 
128 páginas


MONGE INDAGA EN SUS CUENTOS ACERCA DE LOS DISTINTOS YOES QUE DEFINEN LA IDENTIDAD

El cuento, el relato, o como se quiera denominar, exige de una serie de mecanismos que siempre han de estar perfectamente ajustados para que su trayecto discurra a la velocidad e intensidad adecuadas. El cuento, comprometido con la brevedad y la precisión, es un sprint, un KO –que te tumba en la lona–. Emiliano Monge, en los ocho cuentos que componen Arrastrar esa sombra, se enfrenta a los lectores con la arriesgada intención de secuestrarlos entre las brumosas fronteras de su universo particular. Y casi siempre lo consigue, desplegando una narrativa física, sensorial, de tactos y olores, que conecta directamente con nuestros sentidos. Y así, Emiliano Monge se alía con el calor, por ejemplo, para parcelar el hábitat en el que se desarrollan sus personajes.

Lolita Bosch, en su acertado prólogo, se refiere a Arrastrar esa sombra de la siguiente manera: Tensión narrativa en un mundo minuciosamente aislado. Emiliano Monge nos propone una redefinición del yo, en cuanto lo muestra como un ente con la capacidad de acoger varias vidas, o, sencillamente, varios yo. Esos otros –los otros– que se cuelan en el yo, juegan un papel fundamental en los ocho relatos de Monge, ya que en multitud de ocasiones son una especie de ejército silencioso, compinchado con la sorpresa, con lo inesperado, siempre al servicio del autor. Mecanismo, precisión. Los otros, en la mayoría de los cuentos, juegan un papel fundamental, pero también es cierto que, a causa de su reiteración, en alguno de los textos son demasiado previsibles. En cualquier caso, Arrastrar esa sombra es un sorprendente libro de relatos, una apuesta visceral y sincera por explorar nuevos caminos narrativos, que no es poco.

 

PARECIDOS RAZONABLES

JAVIER VELA

La Suite de Manolete
Joaquin Pérez Azaústre
Premio de Novela
Fernando Quiñones
Alianza Editorial
Precio: 19,50 €
418 páginas


Estéril aunque gozosa tarea la de embutir la vasta figura literaria de Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) en el estrecho traje de luces de una reseña gacetillera. A pesar de su juventud, la sólida trayectoria narrativa del autor cordobés afincado en Madrid, que incluía hasta la fecha tres novelas y un libro de relatos, no hace sino afianzarse con el que sea quizá el capítulo más ambicioso en el marco general de su obra, La suite de Manolete.

La novela presenta dos líneas argumentales sutilmente entrelazadas gracias a una estructura de cajas chinas. En la primera de ellas, Bruno Díaz, tímido pero estoico camarero de un célebre café madrileño que pululaba ya, en un guiño autorreferente, por las páginas de su anterior entrega, El gran Felton (Seix Barral, 2006), se abismará en la búsqueda del supuesto asesino de su socio y amigo Jon Garcés, a quien le unía el proyecto, bruscamente truncado, de abrir un bar atípico en las calles del centro de Madrid. Cuando es hallado muer to, Garcés se encuentra escribiendo una biografía sobre “Manolete” por encargo de Carlos Colomer, un próspero magnate de las telecomunicaciones atávicamente interesado por la figura del mítico torero. Será esa biografía interrumpida y a la postre reveladora, presentada en forma de largo excurso y cuya obsesiva búsqueda sumirá a Bruno en su particular descenso a los infiernos, el cuerpo mismo de la segunda línea argumental, de vital importancia para el desarrollo general de la trama.

En su ávido periplo, Díaz contará con la ayuda un tanto intermitente de un antiguo compañero universitario, Fabián Alder, ahora crítico taurino en las filas de un periódico nacional propiedad del todopoderoso Colomer. En torno a ellos, se despliega toda una galería de personajes cuyos testimonios, complementarios y contradictorios, acercarán a su protagonista a una verdad no tan oculta como poligonal. Despuntan por su alto valor dramático los largos parlamentos monologados que jalonan la obra, dotándola de amenidad y frescura, así como el dominio de la tensión narrativa, sabiamente distribuida a lo largo de toda la novela gracias al constante motivo del doble, que encuentra en la velada reencarnación de Jon Garcés su mejor exponente. También en los parecidos razonables del padre de Colomer, “un actor exacto a Manolete”, y su hija Angelines, trasunto de Juana García Noreña. En la historia taurina, múltiples son igualmente los paralelismos con lo que podríamo llamar "el ruedo literario". y es que esta imbricación de la vida en la literatura, de la literatura en la vida, es ya una constante en el universo simbólico de Joaquín Pérez Azaústre, que, una vez más, con un lenguaje elástico y punzante, consigue trascender la mera intriga novelesca para instalarse en el ámbito de las grandes experiencias estéticas.

 

TE LLAMARÉ RAYUELA

JOSÉ MARÍA BERNALDEZ

Las botellas del señor Klein
Óscar Calavia
Lengua de Trapo
Precio: 18,20 € 
192 páginas


Una mujer entra en un hotel y pregunta por el Sr. Klein. Nosotros sabemos que fue, es, será, un pintor francés de los cuarenta del siglo pasado. Recordamos, como buenos lectores náufragos que somos, que fuimos, que seremos: el arte es inmaterial, los espacios son vacíos en la ciudad, el azul es lo invisible tornándose visible. El plural nos remite a un singular del mejicano Arreola. El Señor Klein, Mister Klein, Monssieu  Klein es también y ahora el protagonista de la primera novela publicada, que no escrita, de Las botellas del Señor Klein del logroñés Oscar Calavia. Creo recordar, y les recuerdo, que Calavia fue finalista de un premio de la erótica y desaparecida Sonrisa Vertical. He leído ensayos suyos en la Revista de Occidente. Klein –¿y Calavia?– es un personaje de personajes: Lo vemos, lo leemos, lo reconocemos, como un pornógrafo revolucionario, un exquisito cristalero, un antropólogo disparatado, el narrador de este texto, el lector, cualquier lector, de esta escritura. Todos náufragos en islas desiertas. Retengan esta idea. Calavia dice –¿y Klein?– que no preguntemos por el Señor Klein, pues se ha convertido en una de las pocas expresiones posibles del deseo imposible en la era post-moderna. Yo me pregunto –y te pregunto, Klein, Calavia, escritor, lector– por tu escritura y te digo: has leído y metabolizado a Baudelaire, a Sade, a Masoch. Has interiorizado la metamorfosis. Te equivocas en la cita de Cernuda. Te la recuerdo: “Qué ruido tan triste hacen dos cuerpos cuando se aman”. Has hecho los viajes de Gulliver. Te acuerdas de Blancanieves y los siete enanitos –espléndido, espléndido el capítulo “debajo de un lienzo blanco”, tan erótico e infanti  (perverso)–. Has anotado hábilmente Robinson Crusoe –¿qué buscas, Robinson?–. Te es útil Levi-Strauss y sus trabajos antropológicos sobre costumbres, ritos, mitos y leyendas de las tribus indígenas. Y sobre todo, sobre todo, te ha impactado, te domina, Rayuela del gran Julio Cortázar, el Ulises de finales del siglo XX. Como el escritor comprometido que fue el argentino y que tú también eres a tu manera, evitas la predeterminación de la novela tradicional. Tienes la libertad, la real y la intelectual, como eje central de tu narración. Nos falta un tablero de dirección, que nos fue tan útil cuando leímos y jugamos con Rayuela. No importa. El diagrama lo montaremos nosotros, lectores náufragos y olvidados. Hubieran podido volver La Maga y Horacio Oliveira, ya puestos a recordar y a rescatar. Es decir, a reescribir. Y ese laberinto, clásico y vanguardia, hubiera ajustado según nuestro gusto y las normas de Eco, qué apellido tan culturalmente sugerente. Den recuerdos a Barthes y a los estructuralistas, y olvídense de los infames cubos de Rubik que nunca logramos articular. Klein, Calavia: te llamaré Rayuela.