LISBOA NAVEGADA

El trayecto de los tranvías tiene más que ver con el mar que con las travesías de la tierra firme

Susana Fortes


Decía un amante muy sabio, no sé si algo despechado, que los rostros verdaderamente inolvidables son aquellos que no pueden recordarse. Lo mismo sucede con algunos lugares que van perdiendo en nuestra memoria su consistencia petrificada para convertirse en humo. Las ciudades memorables no pueden recordarse y precisamente por eso estamos destinados a regresar siempre a ellas. Es lo que me ocurre con Lisboa.

Creo haber visto hace mucho tiempo la cresta de luces del castillo de San Jorge oscilando en la niebla desde la buhardilla de la pensión Ultramar, sin embargo, no logro acordarme del color exacto del cielo por encima de aquella corona áurea ni de la razón del insomnio que me llevó a asomarme a la noche. Con la misma vaguedad, tengo la impresión de haber estado caminando durante horas por calles empinadas sobre cuyo pavimento brillaban los raíles curvos de los tranvías y de haber visto la ciudad así, encapuchada bajo el trazo inclinado de la lluvia, un remotísimo mes de noviembre en que el aire olía a los braseros de los vendedores de castañas. De vez en cuando me vienen todavía los aromas: el de un secadero de café en la Alcántara, el olor acre a canela y a clavo y a sésamo de algunos almacenes, la vaharada a colada fresca de una antigua jabonería. La trama olfativa de Lisboa es el propio plano de la ciudad elevado en el aire. Pero de todos los olores que la condensan, hay uno que por más que trato de evocar, siempre se me evapora.

Sin embargo, la sensación más surreal es la de haber estado viajando como en la ficción de Boris Vian en El otoño en Pekín, dentro de una noria de cristal que se deslizaba llena de pasajeros por las calles con un ruido semejante al de un cuchillo que se afila en la cocina, parando y volviendo a arrancar, tocando casi las ventanas abiertas de las casas: un salón con una mecedora de mimbre y una jaula de pájaros azules, el calor sensual de una cama deshecha en un dormitorio, los brazos gruesos de una mujer tendiendo una sábana mientras habla con una vecina, la vitrina cerrada de un comedor antiguo con retratos y una radio sonando en alguna parte... la intimidad de la ciudad abierta de un tajo. Dice el escritor John Berger que los conductores de tranvías pilotan igual que marineros como si en vez de manejar palancas, estuvieran todo el rato tirando cuerdas y atando nudos. Es verdad.  El trayecto  de los tranvías amarillos de Lisboa tiene más que ver con las travesías del mar que con las de tierra firme. Y ocurre que cuando uno se tambalea en su recorrido y juega arriba y abajo con los niveles de la mirada ya no puede estar seguro de nada. Las imágenes así captadas son imágenes voladoras que nos dejan entre los dedos un polvo de oro como cuando atrapamos una mariposa. Resulta verdaderamente difícil distinguir la verdad del espejismo, como en aquel poema de Pessoa en el que una muchacha ve pasar un Chevrolet que se dirige a Sintra y piensa que dentro viaja un príncipe silencioso. Yo misma creo haber estado observando en cierta ocasión las maniobras de un carguero que entraba en el estuario, hasta que al caer la tarde conseguí vislumbrar en el contraluz la silueta inconfundible de un tipo llamado Corto Maltés que fumaba un cigarrillo en la baranda de popa. Pero no sé... Tal vez lo soñé.

Podría afirmar que conozco de Lisboa el rumor electrizante de sus avenidas, sus calles dilatadas por el soplo del océano, la calma de sus parques… Incluso poseo sólidas señales de su existencia en mi vida personal. No obstante, a veces, me cuesta reconocerla como una ciudad totalmente formada, es decir, con su propio plano al margen de la pauta mental que surge en mí al evocar su nombre.

Como las capitales del corazón no caben del todo en el pensamiento, hay que regresar a ellas para evitar que se nos conviertan en estatuas de sal. Cuenta la leyenda que Lisboa es una ciudad nostálgica, cenital, con la luz contada. Pero todos sabemos que la mitología sólo es una forma de mentir los sueños. A Lisboa la baten demasiados vientos. La habitan demasiadas voces con acentos distintos, ritmos calientes del otro lado del mar, risas, miradas vivas que la renuevan en cada esquina: Lisboa con aguacero y luz grisada o con la luz que cae desde las ventanas como migas de pan; Lisboa del amor por la mañana y al mediodía; Lisboa entre dos trenes; Lisboa a golpe de taxi; Lisboa nocturna parapetada al fondo de su estuario; Lisboa embodegada y fresca en el cañón de la Alfama. Lisboa es la vida que no pasa de largo. Por eso su nostalgia nunca será mortal.