BREVE LISTA DE ALGUNAS DE LAS VIRTUDES DE LA MATUTE

Lucía Etxebarría


Supongo que los otros artículos que aparezcan en esta revista a propósito de Ana María Matute se extenderán en parabienes y elogios varios sobre su obra literaria, y poco hablarán de la persona que la escribió. Es por eso por lo que he decidido no extenderme en las pocas líneas que me han concedido sobre la obra de Ana María, y dejarle ese trabajo a mis compañeros, porque estoy segura de que si ella no hubiese escrito una sola línea en su vida aún seguiría siendo una mujer excepcional y más que digna de que se le dedicase un artículo. La Matute es una señora brillante, divertida, imaginativa y generosa, una gran conversadora y un vivo ejemplo de que la belleza no es cuestión de cánones ni de edad, y de que no necesitábamos la publicidad de unos jabones para saber que una dama de ochenta y ocho años puede ser más bella que una modelo reconstruida de treinta.

Ana María presenta una imagen cándida de abuelita de cuento que haría pensar a cualquiera que no la conozca mucho que se trata de una anciana ingenua y acomodaticia. Nada más lejos de la realidad. La dulce abuelita es más aguda que la cuchilla de un carnicero y, cuando quiere, te sorprende con una lengua más rápida que las pistolas de Billy El Niño, con la que puede crucificar en segundos a críticos, editores, directores de suplementos culturales y demás aprendices de letraheridos sin perder la compostura ni la expresion beatífica; con un savoir faire, una desenvoltura y un salero que para sí quisiera Angela Channing. O yo misma sin ir más lejos. Este puntito sarcástico lo reserva para quienes lo merecen, porque a los amigos nos trata siempre con dulzura y cariño, ya que Ana María es una de las personas más afectuosas que he conocido, siempre presta al contacto físico, que te coge la mano y te mira a los ojos con ternura cuando quiere resaltar algo importante.

Su sentido del humor es de todos conocido, Ana María es capaz de hacer llorar de risa al interlocutor cuando quiere, y puede hacer un chiste de todo, empezando por sí misma. Es además una mujer elegantísima que merecería figurar en esas listas de mejor vestidas que confeccionan cada año cuatro modistas que no incluyen a la escritora en su compilación porque ellos solo leen el Hola y el Vogue, y que mencionan, sin embargo, a señoras sin oficio ni beneficio conocidos que saldrán mucho en el colorín pero que no han lucido jamás un tailleur blanco con el empaque de La Matute. Es una increíble oradora, capaz de mantener a su público en vilo, encadenado a su voz y a sus palabras, sin necesidad de folio que le vaya dictando el hilo de la conferencia. Y , aunque sé que esto no le va a sonar bien a los escépticos, es un hada de las de verdad, capaz de ver el pasado y el futuro. Y lo digo en serio: si Ana María hace una predicción, se cumple de forma matemática, y estoy más que convencida de que su talento se debe más a la magia que a la estocástica.

Por si todo lo dicho fuera poco, hay que resaltar que La Matute posee una cualidad que admiro y envidio de corazón y que espero adquirir (a base de tesón, empeño, ansiolíticos, lecturas del tao y/o clases de tai chi) algún día: el autocontrol. No he visto a Ana María perder la calma jamás, ni en las circunstancias más surrealistas, estilo “me veo perdida en una estación remota y no ha venido a recogerme el organizador de la conferencia que iba a impartir”, y es importante destacar este detalle quizá nimio en apariencia puesto que de calma y buen tono suelen carecer la mayoría de los escritores de prestigio, y si no que se lo pregunten a los que trabajan en las casetas de la Feria del Libro de Madrid, que se han tenido que comer los desplantes, cuando no los gritos, de muchos de ellos. Porque Ana María es también una mujer modesta, que no se cree por encima de nadie, y que jamás se refiere a su propia importancia, aunque tendría, creo yo, todo el derecho a hacerlo porque Ana María Matute es, en mi opinión, una de las más importantes escritoras vivas en lengua castellana, si no la más.