CON LUZ DE PALABRAS
Carme Riera
Ana María Matute asegura de sí misma que es Alicia atravesando el espejo, que ha llegado de otro lugar, de otra galaxia, que la cautivan sus propios sueños y que la literatura, desde pequeña, le proporcionó la posibilidad de imaginar otras realidades. Leyendo los cuentos de Andersen se hizo una idea fabulosa de Copenhague y al conocer la ciudad constató que ya había estado allí, en su infancia, gracias a la lectura.
En su bellísimo discurso de ingreso en la RAE contó que fue en el cuarto oscuro, en el que la encerraban de pequeña cuando la castigaban, donde saltó la chispa que la impulsó a convertirse en escritora: “En la sombra surgía de pronto la luz, recuerdo que ocurrió un día al partir entre mis dedos un terrón de azúcar y brotar de él, en la oscuridad una chispita azul. No podría explicar –añadió– hasta dónde me llevó la chispita azul: sólo sé que aún puedo entrar en la luz de aquel instante y verla crecer”.
La metáfora de la luz suele estar presente en las conversiones y en los milagros. San Pablo se cae del caballo al ser deslumbrado por un rayo de Dios. La Virgen, en las Anunciaciones de los cuadros, es penetrada por el rayo de la divinidad a través del oído. La palabra se encarna al ser escuchada y el verbo habita entre nosotros. Ana María Matute escogió muy bien la referencia para aludir al misterio de la creación literaria, ajena, probablemente a sus implicaciones tradicionales,dio, sin embargo, con el ejemplo perfecto: luz de palabras. Las suyas me han alumbrado desde hace muchos años. Primero con sus cuentos luego con sus novelas y más adelante, cuando la conocí, a través de sus ojos, de esa profunda mirada con que te envuelve, tierna y pícara a la vez. Una mirada que siempre me ha recordado a la de Anna Magnani por su fuerza, aunque en Ana María esa fuerza contrasta con su fragilidad de niña que nunca la ha abandonado. Una niña que fue tartamuda durante una época y eso la apartó de los demás. Una niña, no obstante, libre y feliz, quizá porque pudo estar en contacto con la naturaleza, en el paisaje riojano de Mansilla, donde su madre poseía una finca. Una niña que conjuraba los miedos nocturnos, pensando en casarse porque así no tendría que dormir sola, puesto que había observado que los matrimonios compartían la cama...
Siento por Ana María Matute una veneración especial. No sólo soy una gran admiradora de su obra sino también de su persona. Me encanta su capacidad de sacar fuerza de flaqueza. No lo ha tenido fácil la Matute, al contrario. Me entusiasma su vitalismo, el amor que siente por los débiles, en especial niños y perros, su sentido del humor, sus dibujos, bastante desconocidos igual que esos pueblos enteros que levantó en su casa de Sitges con materiales de desecho, maderas, que le solía dar el vecino carpintero, trapos, papeles. Matute creaba igual que en sus libros otros mundos para poder poblarlos y permitir que también nosotros pudiéramos habitarlos. Quizá por eso cuando alguien le pregunta por sus maquetas, contesta que no lo son, son pueblos, dice, haciéndose la ofendida, con su mejor mohín infantil. Del mismo modo que le molesta que llamen“fábula” a su Olvidado rey Gudú, que, por descontado, es mucho más que eso. Ahora está terminando otra novela y se siente feliz. Le pregunté, no hace mucho, por el título. Paraíso inhabitado, me contestó. ¡Qué bonito!, le dije, me gusta mucho. ¿Cómo bonito?, se quejó con ese aire infantil de extraordinaria comedianta, ¿Qué dices? Es precioso. Y ahora que lo pienso, es verdad, querida Ana María, es precioso.



