EL TERRITORIO DE LA LIBERTAD ARTÍSTICA
La fantasía medieval es el cauce literario de Matute para hablar de sus obsesiones
Santos Sanz Villanueva
La aparición en 1996 de Olvidado rey Gudú se celebró como el regreso a la novela, tras muy largo silencio, nada menos que de un cuarto de siglo, de uno de los nombres capitales de los años cincuenta. Antes prolífica y popular, repetidas veces galardonada, se había nublado el recuerdo de Ana María Matute tras ese paréntesis. Volvía, sin embargo, con un libro de amazónico caudal, signo de recobrada fecundidad y potencia narrativa. El rasgo básico de la obra, la inmersión en la más libérrima fantasía, se destacó casi como una ruptura en la trayectoria de la autora. En verdad, sí es Rey Gudú muy distinta de la mayor parte de su prolífica escritura precedente, pero la entrega a la fábula fantástica pura y dura no constituye ninguna quiebra radical de su mundo literario, más bien, al revés, supone el desenlace lógico y coherente de una visión de la vida a la que ya había dado una salida al inicio de esa etapa de silencio, en 1971, con La torre vigía. Ocurrió, sin embargo, que La torrevigía apenas tuvo resonancia porque en aquella fecha aún no había llegado la moda de la novela histórica (ni galdosiana ni exótico arqueológica), pero en ella estaban hondas querencias de Matute a las que daba un sesgo especial.
Ya las primeras y madrugadoras novelas de Matute se inclinan al tratamiento fantaseador de la realidad inmediata, algo que los críticos le recriminaron. Después, al llegar a sus obras más conseguidas, las novelas agrupadas en la trilogía Losmercaderes, viró hacia una copia más directa de la realidad y, aun sin renunciar a sus aficiones, controló mejor la lengua aplicando un castellano más conciso y exacto.Todo ello se debió, sin duda, antes a influencias del momento y de sus amigos que al gusto innato de la autora. Esta tendencia objetivista dejó de dominar en el ambiente en los años sesenta al denunciar uno de sus valedores, JoséMaría Castellet, la“pesadilla realista” que habían sufrido los escritore del medio siglo. Así que hacia 1970, cuando Matute se trae entremanos La torre vigía, puede sentirse libre para abordar su mundo sin complejos ni tributos. Y eso hace en esta novela. En la prosa vuelve por sus fueros, a una presunta belleza expresiva, a la frase de sabor literario, a los sustantivos resonantes, al epíteto excesivo. En el tema, una línea gira sobre la violencia del mundo y otra sobre la contraposición del Bien y el Mal. Y la médula del libro quizás sea la primera y más persistente de sus inquietudes, la que dio lugar ya en 1948 a su opera prima, LosAbel, el cainismo: el narrador es víctima de la envidia que genera el odio fratricida de sus tres hermanos, a quienes tendrá que dar muerte en duelo tras ser armado caballero.
En la fantasía halló Matute el territorio de la libertad artística y no desembarcó en la fábula medievalizante por azar. La génesis de su incursión en una alta edad media legendaria, con poca o nula verdad historiográfica, sin ningún verismo histórico, está en que encuentra ahí el medio óptimo para expresar sus preocupaciones. La fantasía, o fantasmagoría, medieval no es en Matute un género, una moda, un antojo, una evasión. Es la forma o el cauce literario para hablar sin corta pisas de sus obsesiones y además con el margen que permite la fábula, incluido el propósito aleccionador. Como la confesión que una “contadora de historias” hace de sentirse por fin libre de las hipotecas de su literatura anterior debe entenderse la proclama –cerrado elogio y defensa de la fantasía e imaginación– de su discurso de ingreso en la Academia en 1998.
De ahí viene el tratamiento que se da en La torre vigía a su remota fuente, la materia de Bretaña y los relatos artúricos. Matute desmitifica el mundo caballeresco. El joven escudero narrador es feo, medio deforme y desastrado. En su infancia (otro leitmotiv de la escritora) sufre grandes violencias. La injusticia presidió su descubrimiento de la vida: unas pobres mujeres acusadas de brujería fueron quemadas vivas ante sus ojos. El amor es un recuerdo melancólico. Etcétera. En suma, una imagen en negativo de la vida muy oscura y pesimista sin tener que sujetarse a los datos de la realidad común.
A este planteamiento, en grandes líneas, se atendrá Matute en las dos obras siguientes con las que forma una sobrevenida trilogía medieval, Olvidado ReyGudú y Aranmanoth (2000). Un sentido de la existencia idéntico anuda La torre vigía y Rey Gudú, a pesar del lapso que las separa. Una imaginería onírica, de pesadilla freudiana, cierra la existencia del neófito caballero en La torre vigía; el joven se diluye en un “tiempo” no mensurable y contempla su pasado entero “tragado en el olvido”. Todo, gentes y tierras “desaparecen en el Olvido” (aquí con mayúscula) al final de la laberíntica peripecia de Gudú. En ambos casos, la nada, el nihilismo más absoluto. Sí varía, sin embargo, el modelo. En Gudú, Matute da un paso más allá no por puro capricho (pero también seguramente por ello) sino por concederse el mayor y absoluto margen de actuación. La línea básica sigue siendo la novela histórico mítica: se remonta a los remotos orígenes del condado de Olar y después sigue la ajetreada gobernación de Gudú. A este esquema de relato caballeresco de aventuras añade la autora modelos tomados de la tradición folklórica, de los cuentos infantiles de hadas. Salta los límites de lo imaginario posible de la primera novela para incorporar la plena fantasía: gnomos, silfos, ondinas, brujas, hadas, hechiceros…conviven con humanos en un medio bárbaro.
Está claro que ahora busca la parábola abarcadora de la humanidad, trenzando sus ya inveterados conflictos: la infancia forzada, el cainismo, la guerra, la violencia, la libertad imposible, el odio, la venganza… Una alegoría de la vida para cuyo logro no escatima recursos: mezcla lo lírico, lo mágico y lo folletinesco; va del patetismo al humor; cubre hábitos nuestros con símbolos y alegorías trasparentes…El rasgo definidor de Gudú, su incapacidad para amar y llorar, simboliza el desastre del mundo.
Esta visión apocalíptica del planeta se confirma y a la vez matiza en Aranmanoth. Espacio y tiempo idénticos a los señalados sirven de escenario a la intensa historia de amor del niño Aranmanoth y su amiga Windumanoth, que se hacen adultos buscando un Sur mítico y acceden a la madurez tras perder la inocencia. En ese recorrido iniciático descubren los horrores de la vida (otra vez: dura infancia, guerra, traición, odio, venganza…) al lado de valores positivos (ternura, piedad, llanto, lealtad). Sobre esa contradictoria realidad planea el amor, lo único “capaz de distinguir a las criaturas humanas de las que no lo son”. Sin falsos idealismos, con grandes dosis de ternura, pero sin ternurismos, vuelve la escritora a mostrar lo que es para ella la existencia. La vida es absurda, terrible, una “trampa” y el Sur no existe, y, a pesar de todo, merece la pena vivir porque algunos instantes de plenitud nos compensan de tanta desgracia. La invención sin trabas a la que Matute se entrega en esta trilogía histórico fantástica le ha servido para levantar una parábola moral de la humanidad que arranca de la crueldad de la especie y desemboca en un mensaje de comedido vitalismo.



