ANA MARÍA MATUTE

"Siempre he sido la mosca negra en el vaso de leche"

Ángeles Caso

 


A sus ochenta y dos años, Ana María Matute está más que acostumbrada a los premios. Ha recibido, entre otros, el Nacional de Literatura, el Fastenrath, el Planeta, el Café Gijón o el Nadal. Está tan acostumbrada, que el Nacional de las Letras que le acaban de otorgar y que reconoce su extensa e intensa carrera, se lo ha tomado con tanta alegría como naturalidad.
– Estoy muy contenta, claro. Pero en realidad creo que me lo dieron porque no se pusieron de acuerdo sobre algún otro candidato. A los premios no hay que darles demasiada importancia. Pero son buenos, porque ayudan a los escritores a vivir.
Ana María Matute se ríe. Se ríe a menudo de muchas cosas, sobre todo de sí misma. Es una extraordinaria narradora – también en la charla común – que subraya su discurso con infinitos matices en el tono de voz. Desde su hermosamente frágil apariencia, surge sin embargo a través de sus palabras la fortaleza de un ser humano sin duda poco común, que parece haber vivido, gozado y sufrido mucho. Y que ha llegado a su edad conservando intacto algo precioso y exquisito, el profundo resplandor de la niña que fue.

Pocos premios importantes han sido tan bien recibidos como el suyo. Parece como si todo el mundo literario, además de los lectores, la quisiera y la admirase. Y eso es algo que no ocurre casi nunca.

Ah, sí. Yo sólo he tenido un enemigo en mi vida. Pero es que nunca he hablado mal de nadie. Me gusta vivir en paz.

Usted siempre ayuda a los jóvenes. Presenta libros, escribe prólogos… ¿Se sintió ayudada cuando comenzó su carrera?

No, a mí no me ayudó nadie. Yo escribí a los diecisiete años una novela, Pequeño teatro. Fui muchas veces con mi cuadernito cuadriculado de tapas negras a la Editorial Destino, buscando que alguien me hiciese caso. Allí conocí a un muchacho, Agustín, que se portó muy bien. Y, cuando vio aquel cuaderno escrito a mano, me dijo: “Bueno, mira, esto me lo mandas mecanografiado y ya te diremos algo”. Y a los dos días me encontré al editor, que vivía muy cerca de casa, y me dijo que les había gustado mucho y que tenía que ir a la editorial con mi padre, porque me lo iban a publicar. Así que fui con mi padre, y me dieron 3.000 pesetas. Pero entonces, animada por el éxito, escribí Los Abel. Lo mandé al Premio Nadal y quedó en tercer lugar. Fue el año que ganó Delibes. Y, en vez de Pequeño Teatro, que resucité diez años después para el Premio Planeta, me publicaron LosAbel. Así fue como entré en este ambiente, que antes me parecía una cosa extraordinaria. Porque yo venía de un mundo de pequeña burguesía, o de media burguesía, no sé cómo llamarla…Catalanes, además. Era un mundo de niñas de puestas de largo. Y todos, mis amigos, mi familia, cuando empecé a publicar me miraban y decían: “¡Oh, ah…!”

¿Estaba mal visto que una chica bien escribiese?

No estaba mal visto, pero era chocante. Aunque yo supe cortar con ese mundo. Tuve el gran valor de cortar.

¿Qué le había movido a escribir, viniendo de un ambiente tan diferente?

Quería hacerlo desde que era muy pequeña. Yo siempre me sentí muy rara. Siempre lo pasé mal. Con las monjas y las niñas, tanto en Madrid como en Barcelona (la familia Matute vivía medio año en cada una de esas ciudades), lo pasaba muy mal. A mí no me gustaban las mismas cosas que a aquellas niñas. Yo encajaba mejor con los chicos. Aunque tampoco aquél era mi mundo. Pero me entendían más. Las niñas no me entendían, no me querían. Aquellos juegos con las muñecas, imitando a sus madres…Era un mundo que a mí no me gustaba. Lo que me gustaba era Andersen. Yo empecé a escribir cuentos a los cinco años. He tenido una infancia de papel. Y una adolescencia…Bueno, ahí ya hubo algunas contradicciones. Porque, claro, a mí los niños me gustaban…Y yo gustaba a los niños. Pero siempre niños que tenían una afición a las letras. Por ejemplo, me acuerdo de un chico que era muy guapo. Pero me mandó una carta con faltas de ortografía y, en cuanto la leí…¡eliminado!

¿Cómo la recibió el mundo literario? Al fin y al cabo, usted era una especie de bicho raro, mujer, muy joven, y alguien además que nunca se plegó a ninguna moda.

Bueno, hubo muchos que pensaron que duraría dos días…Pues aquí estoy. En cuanto a las modas, eso nunca me ha importado. Lo único que me ha importado es escribir los libros como yo quería escribirlos. Quizás es que era muy ignorante. Yo no estaba metida en el ajo. “Ahora hay que hacer las cosas así”, y todo eso…Las tendencias…No. Si no hubiera escrito lo que quería, lo que sentía, me hubiera aburrido.
Y eso es lo que me ha salvado en la vida. Yo he pasado depresiones tremendas, y lo que me ha salvado siempre, lo que me sigue salvando, es la literatura. Desde que murió el hombre que yo amaba (su segundo marido), me hubiera hundido si no llega a ser por eso.

Sin embargo, hay escritores que en los peores momentos se quedan vacíos.

Yo estuve dieciocho años sin escribir. No tenía ningún sentido para mí. Tuve una depresión terrible. Pero escribía por dentro. Y pensaba que si algún día salía de aquello, volvería a escribir. Y lo hice. Y lo primero que escribí en cuanto pude fue un libro para niños, Sólo un pie descalzo, que tuvo el Premio Nacional de Literatura Infantil. Así que fue una buena resurrección. Y luego terminé Olvidado Rey Gudú, que tenía medio escrito. Lo terminé gracias a Carmen Balcells (su agente literaria). Nunca se lo agradeceré lo suficiente.

Usted suele decir que ése es su mejor libro.

Sí, me gusta mucho. Otros míos no me gustan, pero ése sí. Porque es mi libro. Es el que yo quería escribir desde pequeñita: “Cuando sea mayor, escribiré un libro que esté lleno de personajes, y habrá reyes, y guerras, y príncipes y princesas, y –¿cómo decía yo…?– y plebe que se rebela”. Eso pensaba: yo quiero hacerlo, y lo haré. Lo haré. Y cuando lo escribí me sentía maravillosa. En Sitges. En una habitación desde la que veía el mar y una palmera.

Conserva usted un gran sentido del humor a pesar de todo lo que ha pasado.

Pues sí, he pasado lo mío. Pero no hay que detenerse en las cosas malas que te ocurren. Yo conozco gente – y gente magnífica– que parece que se reposan en los tiempos malos. Yo siempre les digo: “Déjalo, hombre, acuérdate de las cosas buenas que también te habrán pasado. Aunque sea un día que te comías una pastilla de chocolate cuando eras pequeño. Pues quédate ahí, y no te quedes en lo triste”.

¿Es usted optimista?

Soy tremendamente derrotista. Pero, para salvarme, me invento que soy optimista. Yo me lo invento todo. Me he inventado mi vida. Si tuviera que quedarme con la mía…

O sea, que la imaginación le sirve no sólo para escribir, sino también para vivir.

Claro, claro…Y para comer, y para todo. Cuando era pequeña y me ponían para comer cosas que no me gustaban, pensaba:“ Soy un mendigo y me muero de hambre. Llego a una casa y pido y me dan esto, así que me lo como.”Y me lo comía con un gusto tremendo. Yo no sé si es que tengo imaginación o es que soy tonta…La imaginación es buena, salva de muchas cosas. Y te hace pasar por alto otras.

Entonces, ¿se crea su propio mundo para sobrevivir a la dureza del mundo real?

Totalmente. Yo cojo lo que me gusta del mundo real, y lo que me gusta del otro. Por eso tengo ochenta y dos años, que si no ya me habría muerto a los treinta.

Hay escritores para los cuales la escritura ha estado por delante de todo lo demás. Me da la sensación de que usted ha sabido hacerla compatible con el resto de las cosas importantes de la vida.

Más o menos, sí. Pero siempre ha habido una primacía para la literatura. Desde luego, yo he dejado de ir a reuniones, a cóckteles y cosas así para escribir. En cambio, no he dejado de jugar con mi hijo para escribir. Ni he dejado de hacer el amor para escribir.

¿Trabaja todos los días?


No. Bueno, cuando ya he empezado un libro, entonces sí, porque no lo puedo dejar. Pero si un día pasa algo y no escribo, tampoco es un drama. Y todo eso de los horarios no va conmigo. Soy una mujer, como digo yo, sin costumbres. Me levanto tarde, porque me gusta mucho dormir. Además, me entero de que duermo. Me despierto, me doy la vuelta y, como tengo unas almohadas de plumas, me digo: “A batallas de amor, campo de plumas…” Ya no hay batallas de amor, pero bueno, las hubo… Me levanto, zanganeo, hago el crucigrama de Fortuny de La Vanguardia, que me despeja mucho, me ducho, me tomo mi café, y después me meto en mi cuarto. Cuando llega la hora de comer, me avisan. A veces como con mis hijos, a veces lo dejo para más tarde...

¿Sigue escribiendo a mano, como cuando era joven?

No, ahora escribo con una máquina electrónica. Pero es demasiado rápida para mí, porque estoy acostumbrada a una Olivetti de esas viejas, que tenían las teclas muy duras. Así que ahora, en cuanto rozo las teclas, ya salen las letras, y a veces pongo unas palabras absurdas…

Parece que está creciendo un cierto temor hacia las nuevas tecnologías. Hay quien piensa que el ordenador y la Red pueden acabar con los libros.

No, no, a mí las nuevas tecnologías no me dan miedo. No creo que el libro electrónico acabe con el libro de papel. Ese placer de leer en la cama, el olor de un libro…Llevarte a la cama Los hermanos Karamazov: ¡no hay nada que pueda acabar con eso! Pero, claro, los tiempos cambian. Tampoco yo leo ya en los rollos antiguos…

Dostoievski. ¿Es ésa una de sus referencias literarias?


Cada vez me gustan más los novelistas del XIX, de los que nosotros somos hijos. Aunque referencias tengo muchas, porque yo de pequeña leía todo. Bueno, malo…Novelas policiacas, de aventuras, Salgari, Andersen, Cumbres borrascosas…Todo. Pero siempre he tenido una tendencia o una mayor compenetración con el mundo anglosajón y nórdico, y algo menos con el francés.Más que con el mundo mediterráneo.
Siempre he sido la mosca negra en el vaso de leche.

¿Ha cambiado mucho el mundo editorial desde que usted empezó su carrera? Supongo que, a pesar de todo, ahora se lee más.


Sí, aunque hay menos exigencia. Los que leían entonces eran muy pocos, porque en la mayoría de las casas no había libros. Pero había más sensibilidad. Ahora la gente lee más, pero leen cosas como El código daVinci. De todas formas, lo importante es que lean.

¿Siente que ha hecho ya su gran obra o está aún por hacer?


No. Me moriré sin hacerla. Ya he dicho que lo que más me gusta es el Rey Gudú. Pero lo que acabo de hacer ahora también me gusta mucho. Paraíso inhabitado. Mi editor (Emili Rosales, de Destino) dice que es mi mejor novela.

Paraíso inhabitado se publica en estos días. ¿Tiene alguna nueva novela en mente?


Tengo algo rondándome por la cabeza... Nunca he escrito una historia de amor... De amor del grande… El amor puede ser atroz.

Veo que no piensa en jubilarse.


No, no. Tendrán que jubilarme los lectores…

¿Le preocupa la idea de la posteridad, que sus libros sean leídos en el futuro?


No pienso mucho en ello, pero sí, me gustaría…Me gustaría que mis nietos y los niños de esa edad me leyeran y dijesen: “Mira, esa vieja no escribía mal…”.