El PARAÍSO PERDIDO
La narrativa de Ana María Matute es un acercarse a los seres indefensos golpeados por una incomprensiva realidad
Mª DEL PILAR PALOMO
En una entrevista concedida al joven periodista Antonio Ayuso, manifestaba Ana María Matute su deseo de ser recordada por los niños del futuro como lamujer que les hizo soñar, al modo a como Andersen le hizo soñar a ella. En esa declaración se encierra una buena parte del mundo mágico de la autora de Olvidado Rey Gudú, esa obra que deseó escribir desde que era niña. Porque sueño, fantasía e infancia, serán las coordenadas entre las que se sitúa gran parte de su mundo narrativo que, sin embargo, no abandona nunca la sensación de vivir en un mundo hostil, brutal, rebosante de dolor, alejado de todo ensueño.Un ensueño que se busca, obsesivamente, en el lejano paraíso de una infancia perdida. Recordemos el título de su próxima novela Paraíso inhabitado.
Porque su narrativa será un acercarse a lo dolorosamente pequeño –los niños–, a los seres indefensos, a los adolescentes golpeados por una incomprensiva realidad, en un contexto de dolorosa ternura, donde el lector va presintiendo la desgracia que abatirá a sus personajes: morirá
incluso Tontina, la princesa-niña; desaparecerá en el olvido Gudú; se suicidará Zazu, la adolescente de Pequeño teatro...
El dramático golpe que aniquila al personaje procederá casi siempre de un mundo hostil, ajeno y brutal que es, en realidad el que maneja los hilos de la vida, mientras se desvanece el sueño de la infancia. Asistimos al choque entre los humildes y los prepotentes. No en su simple expresión de denuncia social –que, por supuesto, también existe en la autora de Los hijos muertos–, sino en la oposición de unos seres inocentes y aquellos otros que basan su fuerza en la posesión de una mente heladoramente razonadora o en la aceptación de unos prejuicios o unas pasiones ante cuya devastadora acción mueren poco a poco los desvalidos personajes del mundo intimista de Ana María Matute. Y, todo ello, bien alejado en su desarrollo lingüístico y en la estructura interna de la narración de los esquemáticos esquemas de un realismo social que, coetáneamente, discurría paralelo a las primeras obras de la autora, que se cargaban, desde un principio, de un profundo y renovador metaforismo simbólico, de evidentes resonancias líricas.
Irrealidad, ternura, poesía y crueldad que aparecen ya en LosAbel (1948) y Pequeño teatro, escritahacia 1947 pero publicada en 1954, tras el espaldarazo publicitario de la obtención con ella del Premio Planeta. Líneas de contenido y estilo que proseguirán en los extraordinarios libros de relatos de finales de los 50 y década de los 60: Los niños tontos (1958), Tres y un sueño (1961), Historias de la Artámila (1961), El río (1963), Algunosmuchachos (1968)...
La crueldad, la injusticia o el dolor, han dominado el mundo anímico de los Abel. O de los Corvo, en Los hijos muertos (1958), donde esos hijos
muertos o no nacidos se elevan a la categoría de símbolos. Consecuencia de todo ello será la detención en el tema de la guerra, como motivo central de su trilogía Los mercaderes: Primera memoria (1960), Los soldados lloran de noche (1964) y La trampa (1969).
SUEÑO Y MAGIA
En ese mundo de dolor, la infancia –repito– aparece como el mito o sueño de la inocencia perdida. Un sueño que está, biográficamente, bajo las aguas del pantano que cubrió el espacio real de Mansilla de la Sierra, donde vivió la autora su mitificada niñez: ese espacio y esa infancia que rememora “como el paraíso perdido”.
El recuerdo de la niña que fue es, tal vez, lo que sustenta en su narrativa su rebeldía: “Para mí, –escribió Delibes– la obra literaria de Ana María Matute es una protesta de su conciencia de niña contra la brutalidad circundante”.
Es “un intento de recuperar retazos de su candor primero”, lo que “refuerza el patetismo de su obra”, que no duda el autor de Las ratas de incluir “dentro del realismo mágico”. Afirmación cargada de premonición crítica, si pensamos que en la fecha de esa afirmación –1970–, Ana María Matute aún no ha publicado La torre vigía (1971), ni ha creado el mundo fantástico de los personajes del reino de Olar, donde la magia que los envuelve la sintetiza su creadora como algo que no se evade de la realidad, porque la fantasía forma parte de ella, como todo aquello que se ha creado en el interior del hombre.
En ese mundo, mezclado, de realidad y fantasía, las palabras clave sueño y magia, serán constantes en su obra. Ya aparecen en Pequeño teatro y van jalonando su obra, desde aquella experiencia de niña, tantas veces recordada, en que, encerrada en un cuarto oscuro, se iluminó la sombra con una lucecita azul –“¡Dios mío, yo soy maga...!”– lo que le llevó a pensar que la literatura era “también una forma de magia”, ya que permitía crear y vivir fabulosos mundos inventados. Unos mundos mágicos que asomarán bien temprano en sus narraciones infantiles, como El duende y el niño, escrito a los cinco años, que parece el germen del entrañable Trasgo del Sur, el fiel amigo de la niña Ardid, la futura reina de Olar.
LA NARRATIVA ORAL
Los cuentos tradicionales fueron, consecuentemente, una clave primordial en su vocación de escritora. A Perrault, Andersen y los hermanos Grimm dedica la narración del Rey Gudú. Pero esos nombres son mucho más que una referencia bibliográfica ya que la autora añade bajo ellos: “A todo lo que olvidé. A todo lo que perdí”. Una vez más, la infancia olvidada o,mejor, perdida, donde los cuentos, escuchados, fueron recibidos oralmente primero, a sus tres años, y luego leídos ávidamente, y fueron estímulo, llave e identificación. Esa transmisión oral la narrativizó la autora en un relato magistral, Los cuentos vagabundos, donde nos dice que“pocas cosas existen tan cargadas de magia como las palabras de un cuento”. Y esa magia la transmitió Ana María Matute, en su madurez, en el mundo fantástico –ternura, humor y melancolía–
del reino de Gudú.
Las referencias oblicuas en la novela a las más famosas narraciones tradicionales, van surgiendo, intemporales, en la lectura, sobre todo en el largo episodio de Tontina, el símbolode laniñez –felicidad, candor, sueño y juegos– que morirá o desaparecerá cuando el amor de Predilecto motiva su abandono del mundo de esa ciudad irreal que es la“Historia de todos losniños”.
Tontina, como el Príncipe Once, llegan a Olar desde un tiempo futuro porque sus historias aún no han sido escritas. Y así, Tontina es descendiente de personajes bien conocidos: por parte paterna de la Bella Durmiente, y por línea materna de Blancanieves, sin mención explícita de sus nombres.
Parentesco no exento de humorismo: “Gente de poco seso, a lo que parece”, comenta Gudú. Y la propia Tontina reflexiona que debió ser bien penoso para el príncipe soportar toda su vida las visitas y estancias en su castillo de “siete enanos estúpidos y feos”.
Un personaje exclama: “...somos el último reducto de los sueños”. Y efectivamente, Gudú, su reino, la infancia se sumen al final en el Olvido. Pero, tal vez, tendremos que esperar que todo sueño, resistiendo el olvido, duerma eterno en el corazón del hombre, como duerme el paraíso perdido de Ana María Matute, inalterable, bajo el espejo cristalino del agua.



