FIRMA INVITADA
DEL ABORDAJE AL ESPEJO
El lector realiza un camino que lleva de la acción a la reflexión
ANTONIO SOLER
Del abordaje de un barco pirata al saloncito de una casa convencional donde en apariencia no ocurre nada. El lector suele realizar a lo largo de su historia un camino que lo lleva de la acción a la reflexión. La lectura, en un primer momento, tiene que ver con lo extraordinario. El lector párvulo intenta siempre que el libro le permita acceder a mundos desconocidos y hechos portentosos, que quiebre por algún lado la realidad. La fantasía es el pasaporte más frecuente para enrolarse en esta actividad solitaria. Dumas y sus mosqueteros, Salgari y sus héroes asiáticos, Verne y sus viajes bajo el mar o por la luna, Harry Potter y su magia, ahora, son la puerta para llegar a Beckett o a Proust..
Tal vez sea una paradoja, pero el reclamo del libro como un billete para realizar viajes extraordinarios va acortando sus alas a medida que vamos leyendo libros. Poco a poco nos vamos dando cuenta de que la cantidad de movimiento de los protagonistas de una novela no es proporcional a nuestro interés. Tampoco a la inversa, pero llega un punto en que no es necesario que esos protagonistas sean capaces de acabar ellos solos con medio regimiento de soldados ingleses para atraer nuestra atención. El gancho del viaje imaginario acaba por convertirse en una rémora. “Una novela de acción”, nos oímos decir despectivamente un día, cuando ya sabemos que ni tenemos alma de pirata ni nos identificamos con las proezas físicas de nadie sino con un pensamiento, con una mirada, con una escaramuza amorosa o un engaño superficial.
Podemos agradecer cierta intriga e incluso la aparición de un revólver en un pasaje de la novela, pero es como si libro a libro nos hubiésemos ido cansando de tanta situación extraordinaria. Y si leemos una historia de este tipo ya no apreciamos su interés por la aventura en sí sino por lo que ésta tiene de simbólico. La Odisea, por ejemplo. El lector aventajado ha recorrido por su cuenta la distancia que existe entre el libro de Homero y el Ulises de Joyce. Nuestra odisea no consiste en acabar con un ogro de un solo ojo o con una bruja seductora que convierte en cerdos a nuestros amigos. Eso sólo nos interesa como metáfora, porque nuestra realidad y el mundo que imaginamos están más cerca de Leopold Bloom que de Ulises. Un trabajo gris, una mujer que fantasea con una vida más sensual que la que le ha tocado vivir. El desengaño, la frustración de no poder navegar por mares llenos de sirenas que nos reclaman son nuestro pan cotidiano.
Puede que en ese tránsito, el que va de la fantasía a lo real, se queden muchos lectores. Aquellos que sobreviven a esa purga son los que se atreven a mirarse de frente en el espejo. Los que quieren saber más sobre sí mismos y sobre aquellos que tienen a su alrededor. Otros se quedan en lo evanescente, en la huida. En lo que no tiene que ver con sus vidas. La literatura como evasión o la literatura como acercamiento a nuestro propio costado, al rumor de nuestra cabeza. Está claro que la calidad literaria no depende del grado de fantasía o aventura que contenga la historia narrada, pero en general hay una gradación, un camino que va de la pirueta hasta el reposo, casi hasta la inmovilidad. Quizá sea así porque la justificación literaria para contar una historia no está basada en el conocimiento de un hecho extraordinario por parte del autor, sino en su capacidad para manejar una lupa y observar que el endeble tejido del que estamos hechos, visto de cerca, también puede ser sorprendente. Más irreal que un barco pirata.



