CLÁSICO
LA SOMBRILLA DE EMMA, O EL ARTE DE SUGERI
El poder estético de los detalles en Madame Bovary de Flaubert
LUIS LANDERO
Yo amo profundamente los detalles en la literatura. No el detalle aislado y un tanto gratuito (el brillo de una frase, o la mera ingeniosidad), sino el detalle capaz de crear un personaje, o una atmósfera, o de atrapar algún matiz insólito del alma o de la realidad exterior, el detalle narrativamente potente, significativo, de esos que leemos varias veces (o quizá sólo una vez) y ya no olvidamos nunca. ¿Qué queda de las lecturas al cabo de los años? ¿Qué queda de nuestro propio pasado? A veces, pequeños detalles que en su momento no parecían llamados a perpetuarse, pero que la memoria ha escogido entre otros muchos aparentemente más importantes por la secreta capacidad que tienen para sugerir y preservar nuestras vivencias de los estragos del olvido. La memoria es a menudo nuestro pasado convertido en poesía.
Alguna vez he pensado en escribir un libro con los mejores despojos de mi naufragio de lector. Elijamos uno al azar. Emma está en el umbral de su casa y lleva una sombrilla porque la nieve se está fundiendo con los primeros días primaverales y caen gotitas del aleto. La sombrilla es de seda tornasolada, y “al ser traspasada por el sol, iluminaba con reflejos movedizos la blanca tez de su rostro. Y ella sonreía allí debajo, al amparo de aquella tibieza; se oían caer una a una las gotas sobre el tenso moaré”. Eso es todo. Bien mirado, el narrador no nos dice apenas nada sobre Emma, pero nos está sugiriendo todo. Estamos en el segundo capítulo de Madame Bovary y apenas sabemos nada sobre ella, sólo unas brevísimas pinceladas dispersas en tres o cuatro páginas. Que tiene las uñas pálidas, que su tipo parece un tanto desgarbado, que sus ojos son castaños pero parecen negros bajo la umbría de las pestañas, el cuello esbelto, el pelo negro y espeso dividido en dos crenchas lisas, los pómulos sonrosados, los pies menuditos… Nada más. Y ahora está bajo la sombrilla. Vemos la luz filtrada por la seda. En mi viejo libro hay una nota al margen” “Luz delicada de oro viejo, luz dorada de crepúsculo o de libro miniado”. Pero, en cualquier caso, ésa es la luz que ha elegido Flaubert para que Charles se enamore de Emma, para que nosotros veamos cómo y por qué Charles descubre el amor. Oímos también caer y estamparse las gotas heladas sobre la seda tensa, sentimos como algo físico la atmósfera tibia de intimidad que se crea bajo la sombrilla, como un refugio contra la cruda realidad de afuera. Casi como una promesa de la acogedora calidez del hogar. Y, como para sí misma, Emma sonríe.
Definitivamente, Charles se ha enamorado. El narrador no lo dice, pero nosotros lo sabemos. Lo sabíamos incluso antes, en la página anterior, ayer mismo, cuando en la primera visita a la granja, y en el momento en que se dispone a marcharse, a Charles se le cae la fusta entre unos sacos de trigo y los dos, él y Emma, se inclinan a la vez a buscarla y sin querer sus cuerpos se rozan un momento. “Ella se incorporó muy colorada y le miró por encima del hombro al tiempo que le alargaba la fusta”. Eso es todo lo que nos cuenta Flaubert. ¿Todo? No. El párrafo siguiente comienza así: “En vez de volver a la granja a los tres días, como había quedado convenido, volvió al día siguiente…”. No es necesario decir más. Ya sabemos por qué.
Desde la primera vez que la leí, esa escena me ha acompañado durante muchos años. Veo la luz tamizada y tornasolada por la seda, miro a Emma –su piel dorada, su sonrisa, sus labios carnosos que tanto gusta de mordisquearse, su pelo tan negro-, siento el refugio tibio bajo la sombrilla, y oigo las gotas, una a una, cayendo del alero. Hay una nota al margen: “Esas gotitas son el latido del corazón de Charles. Es la banda sonora de la escena. La música terrible del amor”. Y en letra roja: “Charles c´est moi”. He ahí los maravillosos poderes estéticos de los detalles, de los “divinos detalles” que decía Nabokov.



