LA PESQUISA
La pasión por las ediciones antiguas y el ambiente de sabiduría en las librerías de viejo
ANDRÉS TRAPIELLO
“Nos sentimos vivos, intemporales, o sea, eternos, como esos miles de libros viejos que se resisten a desaparecer”
Ha sido esta de la pesquisa libresca o derrota de los libros viejos una de las más constantes inclinaciones mías y veo ahora que raramente me he parado a pensar en ella, quiero decir, a preguntarme las razones por las que me he sentido más a gusto entre los libros viejos que entre los nuevos, sucediendo que uno ha editado, diseñado y escrito muchos libros que únicamente podían ser nuevos (aunque claro, también le ha sucedido a uno que habría querido que los libros que ha editado, diseñado e incluso escrito no fueran en absoluto diferentes de aquellos libros viejos que admira, por lo mismo que un novelista actual debería aspirar a que se le comparara con Cervantes, al igual que Cervantes quería para sí la misma consideración que se daba en su tiempo a los poetas de la antigüedad, Homero o Virgilio).
Y sólo ahora veo que esas razones están un poco deshilvanas, interiorizadas como el solfeo lo está, de modo instintivo, en el músico ambulante.
Es posible que otros bibliófilos o bibliómanos o bibliópatas hayan sistematizado y dilucidado su inclinación, pero no ha sido mi caso. Ha escrito uno muchas páginas a propósito de los libros viejos, de los libreros de viejo, de los Rastros y de las almonedas del mundo, pero nunca me había parado a pensar en serio sobre esa necesidad de visitar periódica, asiduamente las librerías de viejo.
No se trataba, desde luego, de que en las librerías de viejo se encontraran tantos libros fuera de la circulación, libros en muchos casos cruciales y más importantes que los que podrían hallarse en las librerías de nuevo (y cuando yo empecé a frecuentarlas sólo en ediciones originales, ya agotadas y relegadas a los circuitos del viejísimo, podía leerse a escritores como Gómez de la Serna, Gabriel Miró, Eugenio Noel, Gutiérrez Solana o Cansinos Assens, o buena parte de Unamuno, Baroja, Azorín o Juan Ramón Jiménez y Manuel Machado y la mayor parte de los considerados un tanto a la ligera de segunda fila, y por supuesto algunos estrictamente contemporáneos y de primera, como sucediera con Ramón Gaya, cuyo Sentimiento de la pintura fue uno de los primeros libros que, aun editado poco antes, sólo se encontraba ya en alguna librería de viejo). No era ni siquiera tampoco que en las librerías de viejo la atropellada economía del joven pudiera resarcir su bulimia libresca de forma adecuada. Desde luego nos parecía no sólo prodigioso que en una librería de viejo encontráramos tantos autores que nos decían más y mejor las cosas que los que hallábamos en las de nuevo, sino que pudieran decírnoslo tan... generosamente, lo hallábamos maravilloso, quiero decir, era para nosotros un hecho formidable el ver que por el mismo dinero que costaba una novela recién aparecida y llamada a desaparecer a los pocos meses, pudiéramos comprar dos, tres o cuatro libros en edición original (que naturalmente encontrábamos además más bonitas) que, por si fuera poco, habían resistido el paso de los años con aquella lozanía. Vivíamos este hecho un poco con impaciencia y angustia. Nos parecía un privilegio demasiado notorio y desproporcionado y temíamos que pronto llegaría al conocimiento de quienes malbarataban su tiempo y su dinero en bagatelas del día, y que nos disputarían nuestros tesoros, y en parte eso explicaba la ansiedad con la que nos lanzábamos a buscar libros viejos. Se diría que tratábamos de quitarlos de la circulación cuanto antes, sin darnos tiempo siquiera de leer todo aquello que comprábamos, confirmando el dicho de Juan Ramón, cuando sostenía que “para leer mucho, comprar poco”.
Ahora veo que no sólo eran esas las razones.
Durante muchos años, y desde que llegué a Madrid hace más de treinta, los únicos momentos de mundo los he encontrado, al caer la tarde, haciendo la ruta de las librerías de viejo una o dos veces por semana, sin contar, naturalmente, la visita obligada a las casetas de Moyano en las mañanas de domingo, generalmente después de haber fatigado las radicales cuestas y campillos del Rastro.
Mi vida era entonces, y sigue siéndolo, recluida y solitaria y estas horas de pesquisa libresca le servían y aún le sirven a uno de distracción y oreo, y, claro, de aprendizaje y de asombro. ¿Y quién podría vivir la vida sin asombrarse perpetuamente?
Unos días la derrota me lleva a unas calles y barrios, y otros a otras. Creo que en mi caso lo primordial en esa busca nunca han sido los libros. Siempre he tenido muchos más de los que podía leer y de los que he leído, y sin duda más de los que hubiera necesitado, más de los que necesito. ¿Por qué pues ese afán babélico de levantar a nuestro alrededor una fortaleza libresca? ¿De qué necesitamos protegernos? Ahora disfruto tanto o más cuando viene el librero de viejo a mi casa y se lleva unos cientos de libros que ya he leído y no volveré a leer o que en su día quise leer y sin embargo no he leído ni leeré jamás. Me parece que, despojándome de ellos, desandando el camino, vuelvo al de mi juventud, que era el de la precariedad y la ilusión, el camino de quien lo recorre con las manos en los bolsillos por todo equipaje, tan parecido al de los hijos de la mar, tan machadiano.
Sí, siempre ha sabido uno que le han interesado y distraído otras cosas que los libros. Diríamos que los libros no son más que el vestigio material de una experiencia, aquello en lo que ha cristalizado el espíritu de un hombre, pero no experiencia propiamente, no espíritu propiamente, sino algo más bien pobre, como ceniza. Claro que esos vestigios responden a menudo, por su forma, al espíritu del que proceden, dando sentido a esa frase de Juan Ramón Jiménez que tantas veces ha repetido uno: “En edición diferente los libros dicen cosa distinta”. Y por ello, la mayor parte de los libros que han cambiado mi vida ni siquiera fueron libros hermosamente editados ni raros, sino, por el contrario, comunes, al alcance de tantas manos y en ediciones tan insignificantes.
¿Y por qué los busca uno en las librerías de viejo y no en las de nuevo, qué hallaba y hallo en aquéllas y no en éstas, si todos son libros al fin y al cabo, si todos son ceniza?
No es desde luego esa especie de ambiente un tanto religioso que encontramos en una librería de viejo, ese ámbito orillado, sosegado, a menudo irrelevante. Hasta el olor de las librerías de viejo, ese olor a papel pajizo, hongos y humedad, puede llegarnos a recordar en alguna ocasión al del incienso (ni las varitas de sándalo que se queman en algunas de ellas para combatir ese peculiar olor o la polilla). Tampoco nos conduce a tales recintos, a tales tantas veces catacumbas, la clase de personas que podemos tropezarnos en ellas, esos constantes amigos nuestros que son los libreros de viejo, como amigos constantes son también algunos de los que han compartido con uno esa perpetua derrota. No, no es sólo el lugar o el paisanaje lo que llama nuestra atención, lo que parece atraernos de ellas. ¿Qué es entonces lo que buscamos?
Parecería que en la librería de viejo se nos diera una larga tregua para dilucidar una muy honda naturaleza nuestra, algo íntimo que escapa a la superficie del acontecer diario. Nada en ellas parece urgirnos, no hay necesidad en ellas de satisfacer el tributo de la actualidad. ¿Qué si no leemos tal o cual novedad, qué si ese libro que llega a nuestras manos no es ya lo suficientemente atractivo? Pocas cosas tan gratas como sentirse, siquiera por unas horas, inactual. ¿No es lo inactual el no visible umbral de lo eterno? Diríamos que nos sentimos no ya muertos, como cree tanta gente que piensa que lo viejo y lo muerto es todo uno, sino vivos, intemporales, o sea, eternos, como esos miles de libros viejos que se resisten a desaparecer, tanto o más actuales que los que encontramos en las librerías de nuevo. Diríamos que las librerías de viejo son a las de nuevo lo que los museos antiguos son a las galerías de arte. Parece que estuviéramos hechos de la misma sustancia que esos libros de Homero, de Virgilio, de Garcilaso, de Cervantes (cuántos Cervantes hay en las librerías de viejo, y qué gastados casi siempre y qué cercanos), de Tolstoi, de Dickens, de Stendhal. Se diría que estos maestros del pasado han tenido la gentileza de admitirnos en su círculo, haciéndonos sus iguales. Como el niño, que en la inocencia de su fantasía puede llegar a rodearse de todos los héroes de sus fabulaciones preferidas, el pobre librista de viejo (y lo llamo pobre no por lástima, sino como se lo diríamos a una criatura indefensa; y lo llamo librista y no bibliófilo por la mucha estima en que lo tengo) parece haberse hecho con los libros viejos y los autores de otro tiempo una cuadrilla a su medida, una tripulación escogida que le ayuda a surcar las peligrosas y hostiles procelas de su vida cotidiana. Vendría a suceder que a la inveterada insania o melancolía que lo aqueja sólo podría oponerle remedios igualmente inveterados y clásicos, de la misma manera que el enfermo parece poner más tranquilo su salud en manos de un viejo médico experimentado que en las de uno bisoño, por más que éste sea apuesto y llamativo.
Diríamos además que los libros viejos no exigen de nosotros más que silencio, reposo y una sabiduría de la que están excluidos los juicios interesados. ¿No admitirán todos ellos, de Homero a Juan Ramón Jiménez, nuestras opiniones sinceras, sin importarles si les son o no favorables? Ensayad una opinión sincera con un contemporáneo que no sea laudatoria y os veréis de inmediato expulsados del recinto de la actualidad.
Así pues busca uno en las librerías de viejo no sólo libros (viejos, de saldo, antiguos, caros, baratos, primeras ediciones, ediciones corrientes), sino el ámbito de la libertad absoluta que deberíamos hallar en cualquier parte, esa libertad necesaria para emitir cualquier diagnóstico, y más en el que nos va nuestra salud. No sé qué relación existe entre la libertad y el tiempo, pero he visto que cuanto más tiempo ha pasado, más libres somos de juzgar los hechos. Decimos: “el tiempo todo lo cura”, y eso sucede también con los libros. Vemos que la vanidad, los gustos equívocos o la precipitación de los elogios parecen disiparse con el paso de los años.
Al entrar en una librería de viejo vemos piadosamente a todos medidos por un mismo rasero, acaso como sucede en los cementerios. Ni siquiera la ostentación del mausoleo garantiza nada, y muchas ediciones lujosas vienen a adquirir con el tiempo ese carácter fúnebre que tienen sólo los sepulcros de algunos opulentos lo bastante vanidosos como para creer que podrían en la muerte señorearse sobre los muertos, como se señorearon en vida sobre los vivos. Sentimos ante tal o cual autor, que gozaron en vida de todo aprecio, una gran perplejidad, repitiéndonos, como en las coplas de Manrique, el “¿qué se hicieron?”. Y desde luego no es una pregunta rencorosa o despechada (¿A quién puede importarle ya que Ricardo León o tantos otros gozaran en vida tan desproporcionados favores? ¿Para qué lamentar que Cervantes o Bécquer no conocieran ni los más pequeños, si nosotros ya les dispensamos los mayores?).
Así que ha salido uno, al caer muchas tardes de estos últimos treinta años, a buscar libros viejos, y en realidad no iba detrás de unos libros que a menudo ni siquiera sabía cuáles eran (y ese carácter azaroso proporciona a esa búsqueda alcances muy diferentes a los que obtenemos de las librerías de nuevo, donde sabemos lo que habremos de encontrar), sino a salvar no ya unos libros que habrían merecido mejor suerte o a poner en circulación unos autores (y en parte gracias entre unos cuantos amigos hemos logrado que volvieran a leerse a muchos escritores a los que la actualidad, la siempre tonta actualidad, parecía haber confinado en las librerías de viejo como si se tratara de unas galeras), sino a salvar la realidad que en ellos se había manifestado y constituido. Y ese principio de realidad traía emparejada, como primera providencia, la libertad. La de poder vencer los prejuicios que dividían el mundo en viejo y nuevo, siendo que la mayor parte de lo nuevo está muerto y mucho de lo vivo sólo está en lo viejo.



