JUAN JOSÉ MILLÁS: "LAS PALABRAS NO ESTÁN PENSADAS PARA GUSTAR SINO PARA QUE FUNCIONEN"

El ganador del Premio Planeta narra el descubrimiento del mundo por parte de un adolescente

Entrevista de Guillermo Busutil. Fotos Ricardo Martín


Juan José Millás (Valencia 1946) inició su trayectoria literaria en 1975 con Cerbero son las sombras. Una novela autobiográfica seguida de un buen número de títulos entre los que destacan El desorden de tu nombre (1988), La soledad era esto (Premio Nadal 1990) y Dos mujeres en Praga (Premio Primavera 2000). Millás, que también ha obtenido importantes galardones en el campo del periodismo como el Mariano de Cavia, está considerado un novelista de la realidad y un periodista de la imaginación para quién la identidad nos la proporcionan las miradas de los otros. Uno de los temas favoritos de este narrador cuya característica principal es la de provocar en el lector sorpresa y extrañamiento con elementos y acciones de la vida cotidiana. Con su última novela El mundo, ganadora del Premio Planeta, el escritor valenciano vuelve al género autobiográfico para narrar el descubrimiento del mundo por un preadolescente.


Nabokov decía que la única autobiografía real de un escritor es la que refleja la historia de su estilo y no la de los sucesos de su vida. ¿Está de acuerdo?

La verdad es que está bien traída esa frase. De la lectura de la novela se desprende que la mirada con la que yo trabajo, desde que soy escritor, es la que adquirí en esos años que cuento en el libro. Es la mirada alucinada del niño que descubre en su infancia lo que hay detrás de lo que se habla y que debajo de la calle física en la que vive también hay una calle mental. Por eso sí que es la historia de la conquista de mi estilo, de mi construcción como escritor.


¿El hecho de escribir sobre la infancia convierte la memoria en el espejo de nuestra identidad?

La infancia es muy importante para entender lo que somos. Esos son los años en los que uno construye la subjetividad que nunca se acaba de construir y donde las vivencias emocionales y la percepción del mundo comienzan a darte el sentido de lo que eres. En la infancia es donde se encuentran los momentos decisivos para entender lo que has sido.


La historia se centra en cómo el protagonista intenta escapar de la calle Canillas, sin saber que era el compendio del mundo.

La llegada a Madrid representó la amputación de un mundo definido por el mar, la luz, la playa. Yo no imaginaba que existiese un lugar sin mar, tan inhóspito y frío y que coincidió con una caída económica de mi familia. Todo eso representaba el paraíso perdido. Yo quería salir de aquella calle sin horizontes, desde la que veía pasar los coches de los americanos de Torrejón y en la que a lo más que podías aspirar era a ser un extranjero. Escapar de allí era un proyecto vital, aunque años más tarde descubrí que aquella calle era efectivamente un trasunto del mundo.


La mirada del niño Millás se forja observando y escribiendo informes de espionaje, como una forma de huida. ¿Puede decirse entonces que la infancia, además de ser la patria del adulto, es el laboratorio de la imaginación?

Un niño no puede fugarse físicamente pero sí que puede hacerlo a través de la imaginación que le permite ver otras dimensiones de la realidad que hacen que le resulte extraña y llena de cosas imprevistas que resultan fabulosas. Su mirada ingenua elimina las limitaciones porque no está culturalizada y le resulta más fácil explorar y descubrir esas otras facetas de la realidad. Hacerse adulto consiste en despojarse de esa facultad. En cambio el escritor acaba viviendo de esas realidades que le siguen resultando extrañas porque están sujetas a la ingenuidad de su mirada y a la utilización de los mecanismos de perversidad que le facilitan articular esos materiales de la vida. Si no lo hiciese sería una persona previsible.


Resulta curioso que también en esa edad del protagonista ya estuviesen presentes los temas sobre los que habitualmente escribe: la enfermedad, el doble, la rutina, las palabras…

Efectivamente. La novela habla de los años en los que se fragua mi interés por el juego de los contrarios, como apariencia y realidad, copia y original, por el trastorno bipolar o las palabras que nos ayudan a construirnos a nosotros mismos y a conquistar la realidad. También fueron muy importantes, en el descubrimiento de esos temas, la lectura incansable de las Selecciones de la revista Readers digest. Momentos y temas que resultan decisivos en esa construcción de lo que uno ha llegado a ser.


En El mundo el niño se enamora de una chica porque es zurda y por ella aprende a vivir en el lado izquierdo de la realidad. ¿Ese es el lado desde el que se debe escribir?

Los zurdos rompen una condición establecida, representan un desacuerdo. El escritor también debe mirar desde el lado del que nadie mira.  Es muy importante elegir el lado desde el que se mira el mundo y se cuenta. Un punto de vista que sobre todo es un espacio moral.


Ese punto de vista también tiene que ver con la fiebre. ¿Por qué le fascina tanto observar la realidad a través de la fiebre?

La fiebre es una realidad mental. Un estado que te permite acceder al alma de las cosas, a otras instancias de la realidad que existen pero que no las vemos porque están acorazadas, aunque la fiebre rompe esa barrera abriéndote un mundo fascinante, una realidad que usualmente se desconoce. Lo mismo ocurre con la convalecencia que es una situación que te permite descubrir tu propio cuerpo. Todo esto es más fácil para el adolescente que para los adultos.


¿Es la ficción la sombra de la realidad?

Por supuesto, y la cuenta mucho mejor que la realidad misma. La sombra es mayor que nuestro volumen y cuenta lo que somos. La ficción se inventa para contar la realidad y sus posibilidades.


En el comienzo de la historia usted habla de la escritura que hiere y cauteriza y de que la escritura es un circuito eléctrico.

Son dos conceptos que me interesan mucho. La escritura es dolor y disfrute, mata y da la vida, igual que un bisturí eléctrico. Siempre he entendido la escritura como un oficio y un gran arte manual, como la fontanería o los electricistas, donde lo importante es la eficacia.  Hay escritores que piensan que lo que funciona es la belleza, lo retórico, y sin embargo la belleza está en la eficacia de las frases que hacen que se mueva la historia que se cuenta. Las palabras no están pensadas para gustar, sino para que funcionen.


En el capítulo del reencuentro con el amor de la infancia, el protagonista descubre que uno se enamora del habitante secreto que hay en la persona amada. ¿Lo cree así?

Sí, es verdad. Nos enamoramos de aquel que habita al ser que uno ama. Lacan decía que el enamorado da algo que no tiene a alguien que no es.


¿Podría decirse, tras leer la novela, que el niño dicta y el adulto escribe?

Perfectamente. Yo había trabajado en mis textos sobre la sombra de otras personas y la posibilidad de que existiese, en su adolescencia, un momento fundacional que explicase lo que eran. Pero no me había planteado escribir esta novela. Yo me empiezo a perseguir cuando de repente apareció en mi cabeza la primera frase de la historia. Igual que cuando te asalta de golpe un olor de la infancia y entonces se reconstruye un escenario. En ese momento comprendí que esa frase era una novela. Esto tiene mucho de ejercicio de asociación libre y no hay mecanismo de mayor precisión que el azar.

 

“La imaginación le permite al niño ver otras dimensiones de la realidad que hacen que le resulte extraña y llena de cosas imprevistas que resultan fabulosas”