Viena

La ciudad de la frontera

ÁNGELES CASO

No creo que esperase gran cosa de Viena la primera vez que viajé allí. Era mediados de los 90, y necesitaba conocer el espacio en el que había transcurrido una parte de la vida de la protagonista de mi primera novela, la emperatriz Elisabeth. Mis prejuicios sobre la capital de los Habsburgo procedían de diversas fuentes, incluida la propia emperatriz, que la detestaba con la misma fuerza con la que era detestada por sus habitantes. Estaba la imagen turística de una ciudad-tarta, llena de palacios barrocos y de pastiches decimonónicos; un lugar en el cual, sospechaba yo, los falsos dorados se sobrepondrían a los rosas y los azules de los yesos de los viejos salones; un lugar donde todo olería a naftalina y a nido de polillas acurrucadas entre encajes deslucidos y sedas remendadas, y en el que resonarían por las esquinas las notas cursis y tópicas de los viejos valses, las que animaron durante décadas la vida de una sociedad que había decidido mirar hacia otro lado y fingir que no pasaba nada –nada que no fueran bailes, fiestas, ceremoniales absurdos, vacía frivolidad- mientras los gusanos la corroían por dentro. Estaba la ciudad terrible del Anschluss, la que se sometió voluntariamente a la anexión con la Alemania nazi y condenó a la muerte y a la cárcel, en medio de un espantoso silencio indiferente, a miles de judíos, de intelectuales y de políticos opositores. Y también la ciudad de El tercer hombre, la Viena de la postguerra, astutamente dividida entre las potencias vencedoras, triste y oscura y poblada de ruinas y vergüenzas ocultas, vigilada por militares sucios, recorrida por espías y diplomáticos disimulones y contrabandistas de la peor especie.

Nada demasiado apetecible, a fin de cuentas. Una ciudad que con toda probabilidad no me iba a gustar. La observé con distancia a través de las ventanillas del taxi que me condujo desde el aeropuerto hasta el hotel, antes de salir a hacer mi propio descubrimiento. Era el atardecer de un día de julio y recuerdo que lo primero que me sorprendió fue el bullicio. Aquellas calles céntricas por las que transcurría mi primer paseo –la Kärntner Strasse, la plaza del Graben- no eran en absoluto el ámbito vacío y macilento que yo imaginaba. Hacía calor, y la humedad del Danubio –pardo, que no azul- te lamía de pronto el cuerpo. Había terrazas por todas partes, niños corriendo, bicis haciendo sonar el timbre, perros meando contra las farolas, espléndidos músicos callejeros tocando alguna pieza de Schubert o de Beethoven, olor a salchichas y a choucroute y a cerveza y a vino verde, y gente, mucha gente que caminaba, buscaba un lugar para sentarse y tomar algo, charlaba, se reía… Nada demasiado diferente del aspecto de cualquier ciudad mediterránea cualquier tarde de verano, pensé un poco descolocada. Decidí caminar en busca de las mansiones imponentes de quienes fueron en su día señores de medio mundo, de las agitadas iglesias del barroco, de la monumental y ecléctica Viena decimonónica. Recorrí callejuelas y plazas hacia el Hofburg, el corazón del viejo imperio de los Habsburgo. Y entonces, al llegar al final de la Augustinerstrasse, en la Michaelerplatz, comprendí de pronto. A mi izquierda se levantaba una de las entradas al palacio imperial, con todas sus esculturas y sus flores y sus símbolos y su aspecto de puerta abierta hacia un mundo tan opulento como decadente. Y frente a ella la fachada sobria, lineal y totalmente desornamentada que Adolf Loos levantó allí a principios del siglo XX, como una pedrada geométrica y pura lanzada contra la pesadilla de merengue del mundo tambaleante del otro lado de la plaza. Recordé que el emperador Francisco José ordenó cerrar ese acceso a su casa para no tener que encontrarse a diario con el bofetón democrático y moderno y depurado que acababa de alzarse frente a su propio trono. Comprendí que estaba en la ciudad de la frontera –el límite entre el mundo cristiano y el dominio turco, entre la Europa capitalista y la Europa comunista- y que toda la apariencia de orden, placidez y aristocrático aburrimiento que parecía desplegar Viena se veía eternamente sacudida por profundas corrientes internas, por algo fuerte y enérgico que hacía temblar una y otra vez la tierra y agitaba desde el fondo toda esa pretendida armonía. Comprendí que cualquier cosa era posible allí, alrededor del fulgor inesperado de lo fronterizo. Y de repente me enamoré perdidamente de esa ciudad vacilante y frágil y enérgica y también delicada, extraordinariamente bella.

“Había terrazas por todas partes, niños corriendo, músicos callejeros tocando alguna pieza de Schubert o de Beethoven”