Hablando de tesoros (y de John Silver)
La novela de Stevenson, una mezcla de viaje, misterio y sentido moral, es el libro que más ha influido en la literatura infantil y juvenil
LORENZO SILVA
Quizá pocos libros hayan sido tan influyentes en el desarrollo de lo que luego se ha dado en llamar literatura infantil y juvenil como La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. En sus páginas se encuentran todos los rasgos que a lo largo del último siglo y medio han conformado ese género o espacio literario particular de las historias destinadas a niños y adolescentes.
Y es que el fenómeno, en sus coordenadas actuales, es relativamente nuevo. Siempre existieron cuentos más o menos destinados a los más pequeños (o más o menos susceptibles de contárselos), que representaban una porción considerable de la tradición oral popular en cada cultura y que algunos autores fijaron en textos luego convertidos en clásicos universales. Pero la literatura infantil y juvenil de hoy es un territorio de gran especialización, tanto creativa como editorial, donde reina una feroz competencia y se mueven cifras que ya quisieran para sí en otros segmentos del mercado. Esta circunstancia ha atraído a multitud de autores y ha ido definiendo una especie de “reglas del juego”, entre el canon y el estereotipo, a las que ninguno de los que prueban suerte en esta partida puede sustraerse.
Contar la historia desde el punto de vista de un personaje de edad similar a la del lector objetivo, introducir grandes dosis de intriga y de aventura, jugar con la idea del misterio y estimular a través de ella la imaginación y la fantasía, propiciar una reflexión sobre el bien y el mal... Todos estos recursos nos los encontramos una y otra vez en los libros escritos para niños y adolescentes. No siempre están todos, no siempre se manejan con la misma brillantez y profundidad y, en el caso de los menos talentosos (o más oportunistas), quedan a menudo en simples “trucos”, tan obvios que no engañan a nadie, y menos al niño o al joven, que son mucho más inteligentes de lo que suponen quienes tratan de embaucarlos con mercancía de segunda.
Pues bien, todos esos elementos estaban ya en La isla del tesoro. Pero como lector (y recientemente adaptador) de esa novela, lo que más me ha impresionado siempre es la sutil dialéctica que se establece entre ellos, y que lleva a la obra de Stevenson a alturas inalcanzables para sus burdos imitadores. La tripulación de la Hispaniola parte en busca de un tesoro, que finalmente encuentra y acaba en manos de los héroes tras una dura pugna con los villanos. Pero ese tesoro, el misterio codiciado y a la postre descubierto, está impregnado de la vileza con que fue reunido, y hacerse con él, con independencia del lucro económico obtenido, resulta una aventura más bien desdichada. Y en cuanto a los personajes, en todos ellos encontramos múltiples dimensiones, comenzando por el joven protagonista, Jim Hawkins, un muchacho audaz y noble, pero también insensato, rebelde y peligrosamente individualista. Por no hablar de John Silver, el pirata cruel, traicionero y cobarde, pero a la vez provisto de una extraña generosidad y hasta de cierta grandeza, que aflora en los momentos clave del relato y permite al héroe salvar su vida cuando parecía que ya debía darla por perdida.
Este virtuosismo en el arte de la paradoja convierte a Stevenson en un valioso referente para quien escribe para niños y jóvenes en estos convulsos comienzos del siglo XXI. Frente a los que apuestan por la mera fantasía, La isla del tesoro nos muestra el valor de la imaginación, que es esa fuerza que se mide con la realidad y la trasciende sin soslayar sus aristas. Nuestros niños y jóvenes habitan un mundo complejo, repleto de informaciones contradictorias, y desde edades tempranas han de navegar entre escollos no siempre fáciles de discernir. Frente a ellos, como frente a los adultos, puede plantearse (qué duda cabe) la literatura como herramienta evasiva, y es perfectamente posible desde ese planteamiento alumbrar obras de mérito. Pero algunos creemos que al escribir literatura infantil y juvenil no hay que rebajar la ambición que nos mueve cuando escribimos para los mayores, y que las narraciones sirven para algo más.
Confieso aquí mi deuda profunda con Stevenson. Cuando he escrito para jóvenes he tratado de seguir sus pasos: mezclar aventura, imaginación, viaje, misterio y un sentido moral que tenga en cuenta los claroscuros del ser humano antes que tratar de moralizar o impartir doctrina. Que haya siempre un tesoro, atisbado al principio y desenterrado al final; pero que no falte nunca ese contrapunto, si se quiere inquietante, pero tan real como la vida misma, que representa el cojo pirata John Silver.



