La edad de la lectura
Recomendaciones y trucos para crear afición a los libros
EMILI TEIXIDOR
A veces olvidamos que en la lectura hay un punto de transgresión. El solo hecho de buscar otras realidades, más o menos alejadas de nuestra realidad ordinaria, significa un acto de rebeldía contra la vida que nos rodea: frente a la vida que nos ha tocado vivir, optamos por la vida que elegimos vivir, frente al mundo real preferimos el mundo imaginado.Por esa razón hay que ser muy respetuosos con la lectura de los jóvenes, con sus lecturas. Obligar o presionar a un joven para que hable de sus libros y héroes preferidos, es como querer entrar en su intimidad. Si el joven, no quiere hablar o comentar los libros que lee, hay que respetar esa parte de su intimidad. Se pueden crear las condiciones propicias para que los jóvenes lectores se abran al diálogo e incluso a la confidencia sobre sus lecturas favoritas, como se deben crear los espacios y establecer los tiempos para que los adolescentes tengan acceso a los libros de manera libre y agradable, pero hay que tener mucho cuidado en convertir la lectura en una obligación, en un programa educativo, en una amenaza del tipo que sea. Respetemos la maduración de los jóvenes y de sus intereses. El paso de la infancia a la adolescencia es difícil, y los jóvenes no sólo pierden interés por la lectura, también lo pierden por muchas otras cuestiones desde la religión a la familia o incluso la comida en casos graves. Si en la infancia han aprendido bien los mecanismos de la lectura, ya volverán a los libros, pasado el bache. No agravemos la depresión con nuestra angustia o nuestros sermones. Si no lee, es casi seguro que sienta una carencia importante, y en muchos casos fundamental, el contacto con las voces sabias, confortadoras y estimulantes que podría haber encontrado en los libros, pero la libertad tiene sus riesgos.
“El teatro es un buen instrumento para incitar a la lectura. El profesor puede organizar la puesta en escena de una novela que los jóvenes tengan que interpretar”
Leemos, al margen de para instruirnos, para ingresar en otro mundo, conocer nuevos amigos, nuevas emociones, nuevas palabras, nuevas experiencias, nuevas vidas..., y aunque el universo que nos presenta el libro sea un espejo del nuestro, del universo ordinario, la literatura lo presenta con más intensidad – deformado o purificado – de manera que podemos reconocernos en él y establecer comparaciones y niveles de exigencia respecto a nuestras existencias. Aprendemos a leer nuestras vidas como si fuera un libro, una novela con su inicio, su desarrollo, sus dificultades, sus éxitos y fracasos y su final. Cuando el espejo refleja otras realidades, todo ese universo a menudo está en contradicción con el mundo que nos ha tocado vivir: la vida impuesta por la realidad es como la cara fea y rutinaria de la vida imaginada, soñada, deseada, que hallamos en la literatura.Hay un momento en la vida de los jóvenes, que suele coincidir al comienzo de la adolescencia, variable según las personas, en que ante cualquier idea propuesta por los padres o maestros – una excursión, una fiesta, un libro...- los adolescentes ponen cara de fastidio y rechazan la iniciativa. Quieren ser ellos los que lleven la delantera. La idea tiene que ser suya. Han dejado de ser los niños dóciles que aceptaban y agradecían el consejo y el proyecto de los mayores. Y los mayores tienen que cambiar de táctica para que sus ideas e iniciativas sean aceptadas.
Cada familia o escuela tiene sus métodos indirectos. Una de las que da mejores resultados, tanto para la tranquilidad de los mayores como para la eficacia con los jóvenes, es la de poner dificultades a la tarea propuesta, por ejemplo decir que se trata de un libro difícil que sólo los más preparados y con más vivencias podrán leer con éxito, y al mismo tiempo fingir indiferencia ante su respuesta, como si no nos importara su decisión y como si les consideráramos incapaces de emprender la aventura. Finjamos indiferencia ante su decisión. La mejor recomendación, en las edades difíciles, es comentar como de pasada: “ese libro no es para ti, tienes que vivir mucho para que llegues a entenderlo” o frases parecidas. No me cansaré de repetir que sólo lo difícil es estimulante.
El teatro es un buen instrumento para incitar a la lectura. La vanidad juvenil casi siempre juega a favor de la lectura, y así el profesor o los padres pueden organizar la puesta en escena de una novela, que los jóvenes tienen que leer para discutir en grupo quién mejor puede interpretar cada papel, luego hay que convertirla en una obra dialogada para la escena y finalmente aprenderse de memoria los papeles, aunque todo el equipo participe en la producción como escenógrafos, directores de escena, publicitarios, productores, maquilladores, vestuario...etcétera.
Crear espacios libres educativos que inciten a la lectura. Es lo que hace la publicidad al convertir las calles y carreteras de las ciudades en vallas llenas de anuncios que, según las agencias, mira quien quiere, a nadie y a nada obligan, pero que en realidad son muy eficaces en su presencia silenciosa. ¿Por qué no aprovechar los tablones de anuncios de las escuelas e institutos para colgar carteles y propaganda de libros, alguna crítica subrayando las frases atractivas, entrevistas con autores.... e incluso poesía. Un buen poema de circunstancias para vacaciones o una fiesta o un aniversario o un poema sin más, que por su calidad merezca ser difundido? Su lectura no es obligatoria, es simplemente una atención del personal de la biblioteca o del profesorado, y si se consigue la colaboración de los alumnos en la selección del material, mucho mejor.
El buen clima de la biblioteca escolar o municipal es importante, así como la actitud receptiva y amable de los bibliotecarios. Que sepan informar sobre los libros, atender las consultas, proponer al lector joven a quien ha gustado el libro, un comentario escrito, o en voz alta en una tertulia con otros jóvenes. En muchas bibliotecas funcionan clubes de lectura formados muchas veces por lectores maduros, ¿por qué no crear un club para lectores jóvenes en el que puedan intercambiar sus impresiones lectoras?
Una madre me decía que su “indiferencia fingida” consistía en que cuando sus hijos la apremiaban para alguna actividad importante – salir de excursión o a la compra, cualquier cosa que les interesara mucho -, la encontraban enfrascada en la lectura de un libro y les frenaba diciendo que esperaran un momento, que no podía dejar la lectura en aquel instante, que el pasaje era apasionante...etcétera, sin citar nunca el título del libro ni hablar para nada del mismo. El efecto, me decía la mujer, era milagroso: todos querían saber de qué libro se trataba y con frecuencia acababan leyéndolo.
Hay muchos trucos más. Pero leamos nosotros en primer lugar y nuestro placer se comunicará a los que nos rodean, porque si sólo nos preocupamos de los que no leen, el peligro es que acabemos como ellos.
Emili Teixidor es autor del libro de reciente aparición ‘La lectura y la vida’ (Ariel)



