FIRMA INVITADA

PARANOICOS

El misterio o la imposibilidad de las vidas paralelas

JUAN JOSÉ MILLÁS

No es raro que los lectores se quejen de que les has quitado una idea. En ocasiones, juran que aquel artículo o aquel libro tuyo parecían calcados de un texto escrito por ellos, aunque no publicado jamás. Este tipo de acusaciones son por lo general benévolas. Sólo pretenden transmitir la idea de que hay entre el remitente de la carta y tú una afinidad tal que os convierte en dobles. Excepcionalmente, escribe algún loco peligroso convencido de que le has robado, por algún método misterioso, un argumento. Recuerdo el caso de un profesor de instituto de Oviedo, un hombre muy mayor, que se quejaba en una larga carta de no haber sido García Márquez por el “canto de un duro”. Por lo visto, estaba a punto de sentarse a escribir Cien años de soledad, cuando apareció, inexplicablemente, publicada.

Un lector de Vigo me escribió para informarme de que él era yo del mismo modo que yo era él. El hecho de que apareciéramos desdoblados, y cada uno en una ciudad, no debía conducirnos a engaño. Había, según él, personas que llevaban vidas paralelas y sin duda alguna tal era nuestro caso. La idea de las vidas paralelas es de Phil

K. Dick, uno de los locos más ilustres del siglo XX y autor de ¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas?, novela en la que se inspiró la imprescindible Blade Runner. Admiro la obra de Dick y me pone los pelos de punta su existencia. Estoy convencido de que estuvo en contacto con dimensiones de la realidad a la que la mayoría de los mortales no tenemos acceso. Pero no hay nada peor que un Dick de segunda. Los he conocido a pares y son una peste de la familia de los junguianos revenidos. Por lo general, sólo leo sus cartas hasta la mitad, y con guantes.

Pero este hombre era especial. Un día me hizo llegar una copia de mi novela El desorden de tu nombre, manuscrita por él, asegurando que era muy anterior a su publicación. No me reclamaba nada, no me amenazaba, no demostraba deseo alguno de que nos encontráramos ni de que yo respondiera a sus cartas. Se limitaba a constatar la rareza de que yo fuera él y viceversa.

Llegué a esperar sus cartas como una novedad estimulante. En ellas daba cuenta de cómo era mi vida en su versión gallega. Por lo visto, trabajaba en la Diputación por las mañanas y por las tardes me dedicaba a escribir novelas. Tenía tres hijos varones, ya mayores, dos de los cuales vivían en el extranjero. El tercero se había establecido en Bilbao y era cojo.

Comencé a seguir esas vidas como si de verdad me concernieran. Cuando uno de los hijos del cojo fue operado de la columna seguí su postoperatorio como si se tratara de un nieto mío. Pero nunca caí en la tentación de responder a sus cartas, aunque venían todas con remite. Durante aquella época fui dos o tres veces a Vigo, para dar conferencias o presentar libros, con el miedo-esperanza de que mi doble se manifestara, pero no sucedió. Se trataba evidentemente de un loco discreto, de un perturbado sensato. Me escribía siempre, eso decía al menos, a altas horas de la madrugada, pues era insomne (como yo).

En un momento determinado cesó bruscamente su correspondencia sin que yo hiciera nada por averiguar qué había ocurrido. Hace de esto cuatro o cinco años y no hay día que no piense en él, en sus hijos, en sus nietos. Lo raro es que pienso en todos ellos como si formaran parte de mi familia, de mi vida. En alguna medida el hombre consiguió que yo me convirtiera en él.