MANUEL ALCÁNTARA

“EL ARTÍCULO ES UNA CONVERSACIÓN POR ESCRITO CON EL LECTOR”

Entrevista de Guillermo Busutil. Fotos Ricardo Martín

“Cada día me tomo muy en serio no tener tics verbales ni obsesiones y utilizar bien las palabras”

Manuel Alcántara (Málaga 1928), con más de cincuenta años escribiendo en periódicos, es el decano del columnismo en la prensa española. Llegó a Madrid en el año 1945 para hacerse un hombre de Derecho, pero enseguida dejó la carrera para dedicarse al periodismo. Una actividad por la que ha recibido los premios Luca de Tena, Mariano de Cavía y César González Ruano entre otros. Su talento para engarzar el sentido común, la poesía y el tono coloquial de interpretar la sociedad de cada día, lo han convertido en un maestro del artículo. Los cien metros, como él define la extensión de la columna que escribe cada día en su Hispano Olivetti para los periódicos del grupo Vocento. Este trabajo al que nunca ha faltado en Pueblo, Ya, La Hoja del Lunes, Época, Marca y en otras cabeceras, le mantiene activo, con una prodigiosa memoria y una agudeza irónica que lo convierten en un inteligente y ameno conversador.

 

La Asociación de la Prensa de Madrid le ha concedido recientemente el Premio Javier Bueno a su trayectoria. Este reconocimiento le convierte en el decano del columnismo español.

Una gran responsabilidad. Aunque lo mejor ha sido descubrir el afecto y la admiración de varias generaciones de periodistas, juntarlas en un mismo acto en el que me he reencontrado con viejos compañeros y entre los que eché de menos a muchos. Especialmente a los que han muerto como Cándido y a mi hermano electo Jaime Campmany. Esta profesión me ha concedido todos sus premios. Los mejores sonlos que te dan sin que te presentes, como ha ocurrido con el Torreón de la Fundación Wellington y que el año pasado presidió José Saramago, todo un honor, y con el Javier Bueno de la Asociación de la Prensa de Madrid.


Usted ha alcanzado la cifra de 18 mil columnas. Un género que domina, al que impregna de poesía y en el que nunca están presentes ni el sarcasmo ni el rencor. ¿Qué otras claves ha de tener una buena columna?

Gerardo Diego afirmaba que un columnista debía ser un cantor de lo cotidiano y un salvador de instantes. También es importante que el artículo sea una conversación por escrito con el lector. El artículo puede participar de varios géneros, menos del ensayo y no se debe escribir como venganza o para demostrar que a uno le funciona mal el hígado. Yo entiendo el artículo como un servicio diario y me lo tomo muy en serio a la hora de coger el tono, de no tener tics verbales ni obsesiones, de utilizar bien las palabras que son una cosa muy seria. Cada día me leo seis periódicos a ver si me sale un toro al que pueda hacerle por lo menos una faena aseada. No siempre se pueden cortar las dos orejas escribiendo 500 artículos al año. Mi intención es ser ameno y mantener una regularidad digna, como dijo de mí Muñoz Molina en un artículo muy cariñoso. Soy un trabajador fatigable pero disfruto con esta profesión sin jefes y con horario flexible.


¿Cómo ve el columnismo actual?

En buen estado de forma. Es un compromiso citar a todos los que lo practican con talento y brillantez porque seguro que me olvido de muchos a los que admiro, pero me gusta mucho Millás que siempre me divierte y me hace pensar, el increíble y maravilloso panteísmo de Manuel Vicent, Raúl del Pozo y mi querido Paco Umbral que acaba de morir. Él fue un pura raza y nos teníamos un viejo afecto. Fíjese que en su Diccionario de Literatura soy una de las tres personas con las que no se mete.


¿Cómo fueron sus comienzos?

Fue con un premio de poesía que me concedió la revista universitaria Juventud en 1956 que, además de una cuantía económica, conllevaba la publicación de una columna semanal que se llamaba La Hora. En sus páginas colaboran también Cela, Aranguren y mi gran amigo Ignacio Aldecoa. Un año después comencé aescribir en el periódico Arriba la columna Una vuelta por los trópicos y desde entonces no he parado de escribir 362 días al año. Ahora la gente, que es más inteligente, abandona antes el periodismo que puede llevarte a cualquier parte a condición de que lo dejes a tiempo. En cambio yo me he dejado la vida en los periódicos y siempre he dicho que en algún lugar hay que dejársela, porque no me la puedo llevar puesta.


En 1958, despiden a Ramón Gómez de la Serna de Arriba y usted decide marcharse también. ¿Fue un arrebato de juventud o de admiración hacia él?

En esa época teníamos un director muy bruto que le dijo a Ramón que escribiese seguido como todo el mundo y él le contestó que escribiría greguerías hasta la muerte. Por admiración hacia él y por respeto a la literatura yo también me fui, sin un duro en el bolsillo y sin tener otro periódico esperándome. En mi primer viaje a Buenos Aires en 1963, fui a verlo a su casa de la calle Hipólito Irigoyen pero acababa de morir. Nunca he olvidado su gran personalidad, su ingenio y su afán coleccionista.


En ese mismo año, comienza a escribir los pies de foto de una sección dedicada al boxeo que se llamaba El fotógrafo estuvo allí.

Mi afición al boxeo es freudiana. De niño viví en Málaga frente a un solar del barrio de La Victoria donde había veladas de boxeo y cuando daba la lata en casa me decían niño, vete con los boxeadores. Allí conocí a Ruizfer que era un estilista tremendo, a Iglesias, a Laure y Bautista. Siempre me atrajo el olor de la resina. El boxeo es el último reducto de los gladiadores y sé más de ese deporte que de Quevedo, a quién admiro y he leído durante toda mi vida. Por otra parte el boxeo es muy  antiguo, en el libro XXIII de La Iliada ya se habla de un combate de puños que entonces se llamaba pancracio. Años después, el padre del amante de Oscar Wilde instituyó el primer reglamento que prohibía los golpes bajos. Algo que practican y aceptan mucho los políticos, sin que medie ningún árbitro.


Pero no es hasta 1962 cuando de verdad se especializa como cronista de boxeo, al ofrecerle Marca una columna fija. ¿Qué le ha dado el boxeo?

El boxeo me permitió viajar por el mundo, conocer muchas ciudades como las puede conocer una maleta, contando kaos, las maneras de fajarse y de buscarle el aire al adversario. Pero sobre todo me permitió disfrutar de la época buena de grandes púgiles como Urtain, Carrasco o Pepe Legrá. El último combate que vi, ya mayor, fue el de Classius Clay contra Evangelista.


A Legrá le puso el apodo de El Puma de Baracoa y aún mantiene una estrecha amistad con él.

Pepe es un tipo estupendo y muy noble. Todavía conservo la bata celeste con letras doradas que me regaló. La noche en la que ganó en Gales el Título Mundial, lo visité en el vestuario y le pregunté si estaba realmente preparado para vencer a Winstone. Legrá me confesó que había entrenado a fondo y sacando del bolsillo un crucifijo de madera, él era muy religioso y lo llevaba siempre, lo besó y me dijo “si éste me da suerte, lo mato”. Esa noche ganó el título. Pero el más grande de todos ha sido Ray Sugar Robinson, porque nadie como él combinaba la potencia con la agilidad.


En su vida ha tenido importantes maestros como Agustín de Foxá, Julio Camba y sobre todo González Ruano.

Sí todos fueron grandes. César fue un buen amigo y un maestro espléndido. Lo veía todo en forma de literatura y era heroico verle pedir recado de escribir, aunque tuviese 39 grados de fiebre o al toser escupiese sangre. Él fue un escritor en periódicos y decía siempre que un periodista que no fuese escritor no pasaba de ser un cotilla.


También ha sido un apasionado defensor del reportaje y de la entrevista.

El reportaje y la entrevista son géneros que contribuyen a que se conozca en profundidad lo que hay detrás de la realidad o de una situación. Pero sobre todo te permite conocer la humanidad de la gente célebre. Imagínese haber sabido qué comían Lope de Vega o Góngora o cómo era la casa de Quevedo. Piense que vemos a los clásicos como estatuas de piedra y sin embargo eran personas de carne y hueso. Además, el reportaje sitúa a la gente en su época y en su tiempo. Algo importantísimo porque todos somos tiempo. Proust decía, cuando asistía al entierro de un conocido, el tiempo ha huido de él. Qué gran verdad. En España hemos tenidos grandes reporteros y entrevistadores como Manu Leguineche y Tico Medina. Ahora parece que se está perdiendo y echo de menos los buenos reportajes.


La radio es otro medio en el que lleva años colaborando con sus columnas. ¿Qué le atrae de este medio de comunicación?

La radio es un mester de juglaría. Yo empecé en los años cincuenta en un programa que se llamaba Buenos días Europa. La verdad es que a lo largo de los años, colaborando en Radio Nacional y en la COPE, me ha gustado mucho transmitir con la voz, con la cadencia que conlleva la poesía y tener esa cercanía con el oyente.


Usted tiene una ganada fama de gran orador y de tener una certera ocurrencia con las frases. Hay una que dice “al suelo, que vienen los nuestros”. ¿Esta frase sirve para simbolizar la rivalidad que existe en el gremio periodístico?

Hace años no, pero ahora sí. Porque hay mucha crispación y vanidad debido, entre otras cosas, a que la política lo ha intoxicado todo. También es cierto que los enemigos tienen la ventaja de que no pueden traicionarte, como hacen los amigos o los compañeros. Pero yo he tenido suerte. Esta profesión me ha concedido muchos premios.


Usted es un maestro del articulismo, pero muchos desconocen que también es un reconocido poeta que ya aparecía en la antología de La Nueva Poesía Española de Carlos Bousoño de 1959.

La poesía es el gran género de la literatura. Yo distingo en los periodistas si han hecho versos, porque entonces  rehuyen de la resonancia, de las aliteraciones y saben administrar el ritmo. En 1955 mi libro Manera de silencio fue elegido libro del año por la crítica. Después gané el Antonio Machado y en 1961 el Nacional de Literatura por Ciudad de entonces. Yo comencé en el Madrid de los cincuenta haciendo recitales con otros poetas, como Caballero Bonald y José Hierro, en el Café Varela que era como un salón del oeste al que sólo le faltaba un cartel que dijese “Prohibido disparar contra el pianista”. Aquellas veladas se llamaban Versos a medianoche y las anunciaba un cartel hecho por mi gran amigo Mingote. Allí acudía también Rafael Azcona, que junto con Buñuel y Berlanga tanto han contribuido al cine español. El Varela fue el último fleco de la bohemia en una época de hambre, de inquietudes culturales y en las que mucha gente dormía en la plaza de Oriente con el pecho forrado de periódicos.


Son curiosas, Manuel, la distintas funciones que ha tenido el periódico: aislante del frío, envoltorio de pescado y también como la muleta que utilizaban los carteristas.

El de la muleta es el uso más digno e incluso con cierto romanticismo literario que se le ha dado. César González Ruano decía que no se debía presumir de lo que uno escribía en el periódico porque al día siguiente está envolviendo unos zapatos para que le pongan medias suelas. Y es verdad. El periódico vive mientras muere.


En sus poemas está muy presente el mar. Un paisaje junto al que vive y escribe cada día sus columnas.

Sí. Aunque no se puede ser de un solo sitio, yo pertenezco a Andalucía y al mar de Málaga. Este mar que mientras va y viene en la orilla no sabe que lo miro. Incluso tengo la plusmarca de contar gaviotas desde mi terraza. Me asombra la técnica con la que aparcan en la orilla.


¿Cómo le gustaría ser recordado?

No creo en la posteridad pero ahora que estoy en la recta final de mi vida me gustarían dos cosas. Ser recordado por unos cuántos versos míos y, como sólo se muere una vez y no se tiene entrenamiento, marcharme libre y con dignidad.

“Un artículo no se debe escribir como venganza o para demostrar que a uno le funciona mal el hígado”