Una estela de fuego

Umbral: la invención de un estilo

DAVID GISTAU

Fatigadas ya las elegías, de Francisco Umbral queda la estela de fuego de un cometa que atravesó el cielo de medio siglo de escritura. Y que se hará esperar, si es que llega a repetirse, mucho más tiempo que el Halley. Quedan tan sólo las muescas que él dejó cinceladas, junto a las de Quevedo, en los muros de la patria nuestra y en el discurrir cotidiano de las cosas. Porque con Umbral se encuentra respuesta a una pregunta que a menudo atormenta a las vanidades literarias con apetencia de estatua póstuma: es posible ingresar en la posteridad, en la memoria definitiva, aun cuando lo más notable de una obra ha sido escrito en ese papel de periódico tan fugaz que según Walter Lippman está abocado a envolver el pescado el día siguiente. Es posible, siempre que el acontecimiento o la anécdota no sean sino la excusa para el estilo. Cuántos hechos triviales de nuestra actualidad, cuántos nombres propios insignificantes –políticos de cabotaje, toreros, futbolistas y frikies de la tele-, seguirán vivos en las lecturas de las próximas generaciones sólo porque Umbral se hizo enterrar con ellos en su tránsito hacia la inmortalidad, como la panoplia de un faraón que aparece en la profanación de una tumba.

Decimos que el periodismo era para Umbral un pretexto. Y es tan así, que nos sentimos incapaces de averiguar en qué creía en realidad, cuál era su compromiso más allá de la tentación de la gloria y del mandato samurai de ir derramándose en metáforas como si se hubiera abierto el alma con un cuchillo. Aun así, sus artículos fueron la brújula con la que algunos fuimos guiados en la comprensión de nuestro propio tiempo. Si en algo me sentí un privilegiado por dedicarme a este oficio, fue porque me permitió establecer con Francisco Umbral una relación personal en la que la mixtificación literaria empezó a importar menos que el afecto. Él se cabreaba como un amigo postergado cuando yo tardaba en cumplir con el ritual de las visitas cíclicas. Y ahora que ya jamás podré visitarle de nuevo, lamento todas las veces que le fallé cuando me esperaba. Sí tuve tiempo de decirle que, de alguna manera, siempre había estado en mi vida y probablemente fue el inducto de las dos vocaciones que, para bien o para mal, me han hecho como soy. La de la escritura y la del periodismo, aunque de ésta también tiene mucha culpa el aroma de aventura en primera línea que me llegó con las crónicas de trinchera de Hemingway.

Hay un momento de mi adolescencia en el que Umbral se hace presente. Es cuando mi padre me quita de las manos las novelas de Salgari y Stevenson y las sustituye por el Diario de un dandi, una antología de crónicas calientes, pobladas de boxeadores que pelean por un bistec y de canallas de café. El descubrimiento es deslumbrante. No sólo porque supone el hallazgo de que en las palabras hay posibilidades pirotécnicas. Sino porque de pronto Madrid aparece como un territorio de aventura que hay que salir a descubrir con el bloc de apuntes en el bolsillo porque en alguna parte está la X que no señala la posición del tesoro, como en Stevenson, sino la del tema periodístico. Desde esa primera lectura, y esto también se lo dije, la salida al mundo mínimo de mi entorno y la observación de los hechos de mi tiempo tan sólo eran una búsqueda de los personajes creados por Umbral, y ellos ni siquiera se sospechaban umbralianos.

El último Umbral se replegó en la dacha obligado por el quebranto físico y perdió esa inmersión en lo urbano, en la fauna humana, que llenó de alma cuanto escribió durante aquellos años en los que se subía a un taxi como a una chalupa de ballenero para arrojar el arpón en la noche. Pero aquellas crónicas suyas de los años setenta, mucho más que los abrumadores ejercicios de estilo como Mortal y rosa, fueron la revelación de lo que uno quería ser de mayor. Como Umbral, un vividor con consecuencias literarias. Un escritor convencido de que si las cosas existen y ocurren es sólo para que podamos divertirnos inventándoles una metáfora e incendiándolas con la llama del estilo. Por más que le busquemos por la mañana, el cometa ha pasado. El diario viene más vulgar, cautivo del menudillo político y del triste periodismo de los tertulianos. En realidad, no creo que falten historias. Falta quien sea capaz de contarlas como Francisco Umbral y encima le sobre ingenio para inventarse a sí mismo como personaje con apenas el atrezo de una bufanda, de una apostura quinqui, y de una piscina en la que flotan las lecturas inútiles a las que bajó el pulgar un maestro voraz, tierno y final.