EL COLUMNISMO POLÍTICO

Artillería verbal

La munición ideológica del columnismo

IGNACIO CAMACHO

Suele decirse que la opinión es el valor añadido de la prensa, el hecho diferencial del periodismo escrito frente al inmenso caudal informativo que circula, en tiempo más o menos real y ritmo vertiginoso, por los medios audiovisuales. En España, donde el columnismo literario constituye un fenómeno casi único en el periodismo europeo, la característica más acusada del género en su vertiente política viene determinada por la mezcla indisoluble de opinión y análisis, frente a la férrea y disciplinada diferencia del llamado modelo anglosajón. La columna política española no es casi nunca neutral, ni presume de serlo, ni el público lector permitiría que lo fuese. Es una toma de posición, un análisis trufado de subjetividad en el que los lectores buscan una identificación con su propio juicio de la realidad. En ocasiones, ni siquiera es apenas un análisis: se vuelve pura dinamita, artillería verbal cargada con munición ideológica y por lo general brillante artificio literario o retórico. Herencia del periodismo decimonónico, el columnismo político es un Parlamento de papel mucho más vivo, dinámico e ingenioso que el real, por el que circula, bien que bravamente, la verdadera savia polémica de un país acostumbrado a la dialéctica interior, al fogoso y alborotado toma y daca, al duelo con palabras de filo agudo y a la controversia incesante de un histórico antagonismo interno.

Aquellos que juzgan excesivo o fuera de lugar el tono crítico o combativo de la opinión publicada no tienen más que asomarse a internet para comprobar que se trata, en el fondo, de una expresión moderada y cívica del fragor cainita que late en el seno de la sociedad política española. Este bronco y porfiado furor ha encontrado en la red una veta profundamente hispánica de querella ideológica, cuyo carácter participativo, abierto y plural ha convertido el universo digital en una palestra de enfrentamientos a garrotazo limpio. La virulencia contenida en los blogs y foros que menudean el ciberespacio ha devuelto a la prensa escrita una cierta serenidad caballerosa que al menos viene obligada a observar unas reglas de decoro. La España del libelo libra en internet una desusada crueldad lingüística, mientras la prensa intenta delimitar el debate en unos cauces razonables de relativa y equilibrada honorabilidad.

El público no lee periódicos para informarse de una actualidad que le llega por sobrados canales más rápidos, inmediatos y versátiles. Busca el espejo de su actitud ante el fenómeno social y político, y aunque se suele retratar en las encuestas como un afanoso perseguidor de la objetividad neutral, no son las claves de los hechos lo que le interesan, sino su interpretación de acuerdo a los conceptos de su posición ideológica. Este apriorismo tiñe de parcialidad, a veces sobreactuada, el discurso periodístico, pero no viene a ser más que el reflejo de una sociedad intensamente involucrada, al menos en su segmento más “ilustrado”, en el debate público. Por lo demás, el alto nivel de calidad de página que exhibe el peristilo del columnismo nacional alcanza también a su variante política, en la que la exigencia estilística resulta de lo más competitiva. Arte de persuasión al fin y al cabo, la opinión periodística es tanto más eficaz cuanto más atractiva, y en ese sentido nuestra prensa disfruta de un sugerente valor añadido que entronca con la tradición más gloriosa del articulismo, la que nace de Larra y fluye por Ruano, Camba o Pemán hasta llegar a Umbral, Campmany o Alcántara, el único bañista felizmente vivo de este río de excelencia que riega los valles del periodismo actual y en el que, a diferencia del de Heráclito, cualquier lector puede nadar todos los días en las mismas aguas... eligiendo la orilla que más le guste.