La seducción del diálogo
“Preguntar con destreza es un arte que puede llevarte muy lejos”
NATIVEL PRECIADO
“No basta con hacer buenas preguntas. También es necesario cribar y trabajar los materiales”
Me gusta infinitamente más escuchar que hablar y eso facilita especialmente mi labor de entrevistadora. Prefiero comprender las razones ajenas antes que exponer las propias. Para obtener buenas respuestas hay que hacer preguntas con el tono adecuado y en el momento preciso, sin perder una sola oportunidad de hacerlo, tener intuición, ganas de escuchar, curiosidad infinita y cierto afán por desvelar misterios. Perder la curiosidad es como perder la esperanza. Preguntar con destreza es un arte que puede llevarte muy lejos. La entrevista es mi género preferido. Quienes comparten mi oficio conocen el placer de encontrar a un personaje dispuesto a satisfacer tu imperiosa necesidad de saber. Es un privilegio buscarle donde quiera que esté y pedirle que te dedique en exclusiva parte de su precioso tiempo. Y sugerirle, además, (con la disculpa de que lo exigen los lectores) que resuma con precisión, claridad y rapidez unos conocimientos a los que probablemente ha dedicado su existencia.
Estoy preparada para escuchar; atenta a cualquier señal que mi interlocutor me ofrezca. Los demás requisitos para realizar una entrevista literaria se aprenden con la experiencia. Porque dice Borges que la entrevista escrita es un gran género literario. No basta con hacer buenas preguntas y tener un buen interlocutor, es necesario emplear en ella armas literarias: estructurar el diálogo, cribar y trabajar los materiales. El buen entrevistador, en palabras de Torrente Ballester, participa en algunos de los procedimientos del novelista. Y por este lado es por donde la entrevista puede ser una pequeña obra de arte. Siempre que se tenga en cuenta que el periodista es un mero intermediario entre el personaje y el público. Cuando caemos en el error de olvidarlo, nos excedemos en un protagonismo fatuo, tedioso e insoportable para el lector.
Los diálogos suelen ser muy literarios. Hay magníficas novelas basadas en conversaciones auténticas, como El Jarama, de Sánchez Ferlosio o, en cierto modo, Los hijos de Sánchez, del antropólogo Oscar Lewis. Ambos autores se han dedicado fundamentalmente a escuchar voces verídicas y a transcribirlas, eso sí, con una técnica magistral y una enorme sensibilidad literaria. Y con esto, dejo de teorizar. A partir de ahora, me limitaré a contar mi experiencia.
Me paso la vida buscando personajes que merezcan la pena y tengo la suerte de encontrarlos con cierta frecuencia. Aunque ignoro el número exacto, cuento por miles los personajes que he entrevistado a lo largo de mi vida profesional. A lo largo de varias décadas he ensayado múltiples posibilidades. Durante un tiempo publicaba una entrevista diaria, cuya mayor dificultad era encontrar al personaje. Conservo cierto resentimiento frente a varios que me dieron largas. En una época, ya lejana, practiqué la entrevista inquisitiva y provocadora (Oriana Fallaci era la estrella del momento). Debo aclarar que se trataba, en general, de entrevistas políticas y ciertos personajes incitaban a ser hostigados, sobre todo, cuando se resistían a dar explicaciones públicas de sus actuaciones. Recuerdo aquellos diálogos tensos y mis penosos esfuerzos por superar ciertos reparos a la hora de objetar, puntualizar o señalar contradicciones. Sufrí varios percances. Alguno muy desagradable. Uno de los políticos que se vio en situación comprometida me mandó literalmente a la mierda. El reportero gráfico, testigo del incidente, no daba crédito a semejante agresión verbal. Antes de abandonar su despacho, le pedí educadamente que se disculpase. Se negó y, con el apoyo del director del semanario, así lo publiqué. Al día siguiente, en desagravio, compañeros de su partido me enviaron flores y me pidieron perdón. Él nunca lo hizo, a pesar de que tuvo nuevas oportunidades, pues hemos conversado en repetidas ocasiones. Hace años que el incidente quedó zanjado, pero no fue el único diálogo peliagudo que me vi obligada a mantener. Recuerdo una entrevista con Rafael Escobedo, condenado a 53 años de cárcel por el asesinato de sus suegros, los marqueses de Urquijo. Como había solicitado él la entrevista me creí con ciertos derechos para someterle a un interrogatorio en torno a los “otros” autores del crimen de los Urquijo. El nombre de su mujer, hija de los marqueses, estuvo presente durante toda la conversación. Escobedo defendía su propia inocencia con una huelga de hambre que duraba ya 33 días. Los médicos habían certificado que podía morir en cualquier momento. Él me anunció su suicidio. No lo llevó a cabo en ese momento, sino un tiempo después. Una vez más, la “técnica interrogatorio” me dejó marcada. Volví a emplearla de nuevo con el empresario vasco Luis Olarra, amenazado de muerte por ETA. Cuando en plena vigencia de la guerra sucia le pregunté por las actuaciones de los GAL, me dio una respuesta contundente y bravucona: “No voy de cordero por la vida; si intentan matarme será una pelea de lobos. El que mata debe saber que puede morir igual”. A los pocos días entrevistaba a Fernando Morán, ministro de Exteriores del primer Gobierno socialista, y obtuve otras declaraciones polémicas: “España tiene que abandonar el Comité Militar de la OTAN”. Recuerdo que tenía roto el talón de Aquiles y estaba escayolado, toda una premonición. Cuando escribí el titular me pareció tan rotundo que, en un arrebato de prudencia, llamé a Morán para que ratificase su contundente afirmación. Me confirmó la respuesta. Felipe González estaba decidido a permanecer en la OTAN y las declaraciones de su ministro de Exteriores le causaron problemas, pues a las pocas horas de su publicación, visitaba España una delegación militar de Alianza Atlántica, a quien el ministro de Defensa le hacía los honores. Los militares españoles y la diplomacia estadounidense pidieron la cabeza de Morán, a raíz de dicha entrevista.
Todas estas entrevistas y algunas más, forzadas por mi actitud inquisitiva, provocaron cierto revuelo, por eso me refiero a ellas y también porque, a raíz de su repercusión, me fui haciendo cada vez más consciente de mi responsabilidad profesional. Tuve la suerte de abandonar a tiempo aquella conflictiva modalidad y pasar a un estilo apacible, sosegado y, sobre todo, más literario. Fueron entrevistas dilatadas, con detalladas descripciones, amplios comentarios y disquisiciones, que pretendían abarcar la personalidad, el pensamiento, la obra y la trayectoria del personaje. Era un auténtico lujo profesional pasar varias horas charlando con un personaje, mantener un diálogo inusitado, captar su manera de expresarse, observar sus gestos, su timbre de voz, los objetos, las personas que le rodeaban y recrear todos los matices a la hora de escribirla. Es un trabajo arduo, pero muy compensador. Esta clase de entrevista requiere varias fases: documentación previa y exhaustiva sobre el personaje, tener recursos para afrontar una conversación amplia y sin limitaciones, realizar una síntesis fidedigna del encuentro y darle forma literaria. La capacidad de síntesis,un respeto que se merece el lector, se aprende con la práctica y es de gran utilidad especialmente en el terreno literario. En cuanto a la actitud del periodista durante el diálogo, es mejor que no sea arrogante, pero tampoco demasiado humilde. Para seducir intelectualmente al interlocutor hay que prestar absoluta atención a sus palabras, forzar el interés si es preciso, para que se sienta cómodo y, sobre todo, confiado. Si se cuidan dichos requisitos es probable que la entrevista merezca la atención del lector, más aún, si se encuentra con un personaje deslumbrante. Después de largas series de entrevistas- río quise probar suerte con la semblanza. Soñaba entonces con los Personajes de Indro Montanelli y los Retratos de Truman Capote, los más grandes en el género. Durante varios años escribí cada semana el perfil de un protagonista de la actualidad. Con más de un centenar de aquellos nombres escribí un libro, que titulé Fuera de campo porque logré sacarlos de su entorno habitual. Tuve la satisfacción de que Manuel Vicent, uno de mis personajes, escribiera, a modo de prólogo, mi propia semblanza.
Me permito añadir algo más para terminar. La entrevista nunca ha estado en decadencia, sigue vigente, con un estilo u otro, siempre ha ocupado un espacio estelar en los medios de comunicación. Hay un juego que consiste en averiguar con el menor número de preguntas posibles el objeto que está pensando otra persona. En él se demuestra hasta qué punto la habilidad para preguntar es importante. Los grandes hallazgos comienzan con una interrogación. Las grandes teorías científicas se inician siempre con una pregunta sagaz.



