Literaturas de periódico
La exactitud de la narración frente a la libre opinión
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
La muerte reciente de Francisco Umbral me ha hecho repasar los orígenes de mis ideas sobre el columnismo literario, que están muy vinculados a su ejemplo, lo mismo en lo positivo que en lo negativo. En España el sectarismo parece una condición natural que se extiende a todos los ámbitos de la vida, incluso a la literatura, de modo que cuando Francisco Umbral murió las opiniones se dividían sin matices entre la genialidad y el mamarracho, entre la glorificación póstuma y la irrelevancia. Pocas voces se pusieron de acuerdo en lo que yo creo evidente: que el primer y único columnista literario al que la mayor parte de nosotros leímos fue Francisco Umbral, y que su influencia, directa o indirecta, positiva y negativa, se extiende hasta ahora mismo, incluyendo casos de una imitación que no se sabe si sorprende más por lo descarada que por lo impune.
Yo empecé a escribir artículos para un periódico –el fugaz Diario de Granada- en 1982. Mis modelos literarios eran dos: las columnas de Francisco Umbral en El País y el Spleen de París de Baudelaire. Pero a ese Baudelaire yo había llegado a través del propio Umbral, que lo tenía por referencia incluso en el título de su columna, El Spleen de Madrid y que lo mencionaba con mucha frecuencia, aunque es probable que su conocimiento fuera muy superficial. La lección de Francisco Umbral estaba muy clara: se podía hacer literatura en primera persona en el periódico, igual que en un libro de poemas o que en una novela, y esa literatura podía estar hecha con los materiales de la actualidad y de la vida urbana, como había explicado y puesto en práctica de manera tan deslumbrante Baudelaire.
Había otro modelo que yo descubrí un poco más tarde, ya en libro, no en las páginas de los periódicos: los maravillosos dietarios de Pere Gimferrer, que hacia los primeros ochenta escribía también una serie semanal originalísima, Los raros. Lo que aprendía en unos y otros el escritor joven era la lección de una forma literaria rigurosa que era también una manera de mirar el mundo. Rigor en la extensión fija, en la periodicidad invariable, que lo curaban a uno, no sin sobresalto y suplicios de aprendiz, de las vaguedades y los voluntarismos de la inspiración; y junto a esa disciplina la de mirar el mundo alrededor y espiar la actualidad buscando materiales inmediatos para la escritura.
“Opinar puede estar bien, pero contar lo que uno oye y lo que uno ve es el gran regalo de la literatura de periódico”
En esa época el columnista era una figura singular en el periódico: como el solista en una orquesta. El columnismo, y en general la opinión, estaban circunscritos a un espacio muy preciso, y se distinguían bien de la sustancia del periódico, que era la información.
Con los años, esa norma se ha ido relajando, y el columnismo lo ha invadido todo, lo cual sin duda está lleno de ventajas para los que escriben y para las empresas periodísticas, pero creo que es muy perjudicial para el periodismo, para la calidad de la información y la de la literatura que se hace en la prensa. Por muy bien pagado que esté un columnista, siempre es más barato llenar espacio con una opinión que con una información. La libertad de invención del solista corre el peligro de convertirse en el capricho de quien puede decir cualquier cosa sumando su voz no a un concierto sino a una cháchara de voces tan arbitrarias como la suya. La disciplina de la periodicidad y la extensión, al cabo de no mucho tiempo, se convierte en automatismo. Si decía Julio Cortázar que probablemente existe una maquinita de escribir sonetos, está muy claro, leyendo nuestros periódicos, que hay maquinitas eficaces de escribir columnas, y que en muchos casos lo que se llama estilo consiste en la desenvoltura para darle a la manivela. Y la fidelidad poco a poco conquistada del lector que se habitúa al encuentro periódico con una columna, se reconoce en ella o disiente de ella, en ese juego de búsqueda, hallazgo e identificación que es la base de toda la literatura, se convierte en coartada para la pereza mental. El lector perezoso y sectario es alimentado por el columnista en su pereza y su sectarismo, y le pide a cambio no que le deslumbre o que le desafíe, sino tan sólo que le confirme en sus prejuicios.
Por otra parte, se extiende la idea de que lo literario es sólo la columna, mientras que el resto del periódico es eso, periodismo. ¿Cuántos debates, conferencias, mesas redondas, se celebran cada año con ese enunciado tan engañoso de “periodismo y literatura”? El periodismo impreso es literatura, porque aspira a contar el mundo con las palabras escritas. Y la exigencia de exactitud, claridad y fidelidad a los hechos comprobables es tan literaria como la de la métrica y la rima en la escritura del soneto. El periodismo español, a diferencia del europeo o del norteamericano, se basa cada vez más en el anzuelo y la vanidad de las firmas: en el periódico mejor escrito que yo conozco, The Economist, todos los artículos son anónimos. Con excepciones admirables, el columnismo español se ha convertido en algo equivalente a las tertulias de la radio, en las que a la gente le pagan por decir lo primero que se le pasa por la cabeza. Y lo mismo que yo añoro una radio de reportajes serios, de crónicas, de historias bien contadas, añoro un periodismo en el que la narración sobria de la realidad prevalezca sobre la opinión caprichosa, los titulares entrecomillados y el chisme y la palabrería política.
Durante bastantes años escribí columnas semanales, y al cabo de un cierto tiempo noté con mucha fuerza el cansancio, el peligro tremendo de la repetición, de la autoparodia, del exceso de confianza, incluso del compadreo con el lector o con otros colegas. La libertad de la columna es un regalo peligroso, porque lo puede llevar a uno a la autoindulgencia, especialmente si no hay un editor que pueda llamarle la atención, sugerirle que no se repita, proponerle temas alternativos. Yo he disfrutado tanto con la escritura de una columna como con la de una novela, y me la he tomado igualmente en serio, pero también he sentido a veces la necesidad de poner punto final a una serie, de quedarme callado por un tiempo. Escribir crónicas, reportajes, entrevistas, me ha servido para escapar de la claustrofobia confortable del yo, de la rutina de la opinión. Opinar puede estar bien, en ciertos casos, incluso puede ser una obligación civil, pero contar lo que uno oye y lo que uno ve es el gran regalo de la literatura de periódico. En ese oficio, tan habitual en los grandes periódicos internacionales, no conozco maestros mejores en España que Josep Pla y Manuel Chaves Nogales.



