ENSAYO Y POESÍA
José Antonio Padilla, Chantal Maillard, Álvaro Salvador, Eduardo Castro y Manuel Delgado
LECTURAS POESÍA
LA HONDURA TRANSPARENTE
JAVIER LOSTALÉ
EN ESTE PRIMER LIBRO JOSE ANTONIO PADILLA FUNDE LAS RESONANCIAS CLASICAS CON UN PRESENTE SENTIMENTAL
La publicación de unos poemas del malagueño José Antonio Padilla en la antología Inéditos, de Ignacio Elguero, fueron para mí el descubrimiento de un autor con indudable horizonte poético, que se confirma ahora con la edición de su primer libro Noches áticas, encabezado por unas líneas de Justo Navarro que sintetizan la difícil relación con lo real de la poesía de Padilla, así como su hermetismo claro, permítaseme el oxímoron. Ambas características se dan en estas “noches” con resonancias clásicas, aunque insertadas en el presente, pues a un ático se refieren, produciéndose así una fusión de tiempos que genera una sensación de eternidad, a través de la cual la soledad, la ausencia, el instante, adquieren una dimensión metafísica nada abstracta, sino apoyada en lo concreto, cuya realidad más profunda se nos desvela. En Noches áticas se parte de la entropía, del desorden albergado en la propia existencia, y se busca un equilibrio mediante la propia respiración del lenguaje, mediante la mayor correspondencia entre las palabras y lo más íntimo del ser. Tarea en la que la Naturaleza y el amor son fundamentales, ambos en fusión aleixandrina, porque la fuerza y desnudez de la primera nutren al segundo. En este sentido Noches áticas adquiere su plenitud en los poemas de amor de la última parte, en donde se dice, por ejemplo: ”Ven con el horizonte de tormenta/que hay en tu boca”. Hondura y transparencia conviven en este poemario de José Antonio Padilla, una voz a escuchar.
Noches áticas
José Antonio Padilla
E.D.A. 10 euros. 60 páginas
LA MATRIZ DEL INSTANTE
MANUEL RICO
LA VIDA Y SU PRECARIEDAD, LA MUERTE, LA REALIDAD Y LA NECESIDAD DE ATRAPAR BRIZNAS DE LA EXISTENCIA, ASOMAN EN LA ENORME CARGA EMOCIONAL DE HILOS
Sólo el aire es perfecto”. ¿Es este verso un intento de Chantal Maillard de expresar la finalidad última del poema (de la poesía) o es sólo una construcción imaginaria? Es obvio que se trata de una metáfora, de una alusión al “punto cero” al que se refiriera Valente. Sin embargo, la poeta —lo hace, también, en sus libros anteriores, de manera especial en Matar a Platón— busca la emoción en el lenguaje, no en “el aire”. Si no fuera así, el poema carecería de sentido puesto que es, en su esencia, palabra reveladora aunque juegue con los silencios. Pero el lenguaje pierde valor, en su expresión poética, si no es plasmación de una mirada inédita sobre la realidad, una depuración de la experiencia de lo vivido y de lo sentido.
La vida y su precariedad, la muerte (la de los seres queridos y la propia), la necesidad de atrapar briznas de la existencia (“Querer sobrevivir / ha de ser la costumbre”) que sólo es posible en la palabra poética, asoman, de manera inevitable, en cada uno de los textos que componen Hilos. También el cuerpo como realidad física del ser en la que depositar las palabras y buscar sentido: las manos, los pies, las rodillas, el mentón, los ojos, la cabeza, la boca (por cierto, “sellada”), son los destinatarios de una mirada que descubre –redescubre— sus movimientos y, mediante el lenguaje, intenta explicarlos, encontrar en ellos una forma de salvación. Todos esos elementos construyen los “hilos” que, como parte de realidades anímicas o “husos”, sintetizan la vida, en los que fluye el tiempo, en los que se depuran y esencializan el dolor y la memoria. En coherencia con ello, el idioma se estrecha, el verso corto se hace dominante y la tensión hacia el silencio (que es una forma de perplejidad) es leit-motiv. El uso del infinitivo, que es casi una obsesión, refleja, además, un sentido adicional al despojamiento: la aprehensión del instante, la búsqueda de un presente sin fin (“Salvar el hálito y prolongarlo”) que, aunque se pretenda neutro, no deja de estar traspasado por las emociones, por la seguridad e que fuera del presente sólo hay abismo y desaparición. Se trata de emociones que se intuyen, que la poeta esboza mediante un discurso que, a veces, se muestra repetitivo: “estoy tratando de decirte algo / que no acierta a decirse. / Entonces / digo impotencia”. No parece gratuito este último verso. Porque, más allá de lo hasta aquí apuntado, en el texto se advierte un yo balbuceante, inseguro, desprovisto de historia y de Historia. El lector asiste a ese discurso con confusión, sin ningún tipo de guía, salvo las palabras sostenidas en una subjetividad radical que sólo en ocasiones muy puntuales (en el poema Damasco y, parcialmente, en el libro Cual que cierra el volumen) apunta signos del mundo circundante. De ahí que, a veces, la poesía de Hilos recuerde la actitud de ciertas personas hipocondríacas, para las que la existencia se ciñe a la observación de todos los síntomas y cambios de su organismo. Como si la muerte esperara, agazapada, detrás de cada uno de ellos. Es ahí donde la autora parece concentrar su búsqueda. Y donde asoma el punto débil del libro.
“Nada me obliga a una conciencia transparente del poema, / voy al tanteo”. Estos dos versos de Eduardo Milán podrían muy bien expresar el sentido último de la poesía de Chantal Maillard en Hilos: el lector tiene, a veces, la sensación de tanteo. Y si bien todo poema es una búsqueda que pocas veces se salda con el éxito, que no siempre obliga a una “conciencia transparente”, el peligro es que éste, lejos de conformar un tejido (con supropia lógica, aunque sea irracional), se convierta en un tapiz deshilvanado. Un riesgo que la autora no siempre logra salvar con fortuna aunque ello no afecte a la notable carga emocional del libro.
Hilos
Chantal Maillard
Tusquets. 12 euros. 196 páginas
LA SABIA MODA DEL AFORISMO
LUIS ANTONIO DE VILLENA
EN ESTE LIBRO MISCELÁNEO, DONDE SE HABLA DE LITERATURA, DE SENTIMIENTOS, DE POLÍTICA Y DE VIDA, ÁLVARO SALVADOR SUPERA EL NOTABLE.
El aforismo es un género viejo y noble. Los han escrito desde La Rochefoucauld hasta el aquí citado Cioran, por hablar sólo de clásicos. Pero los presocráticos griegos, que originalmente debieron escribir largos tratados, por mor del tiempo (que sólo nos ha conservado fragmentos) también se han vueltos aforistas, como el poeta Wallace Stevens. El caso es que en estos últimos años no pocos poetas (sobre todo poetas) españoles se han acercado al aforismo. Uno de los nuevos pioneros fue Lorenzo Oliván, quizá por ello prologa con tino este librito.
Álvaro Salvador (Granada, 1950) poeta, novelista y ensayista, parece decirnos con este título que cuando uno no está seguro de la poesía o cree que ésta atraviesa alguna crisis, se da al aforismo, género breve –como el ya tan abusado haikú- que tiene algo de poesía, mucho de pensamiento (germen de ensayo) y no poco, a ratos, de ocurrencia subitánea. Si uno no tiene el carisma de Gómez de la Serna o de Pérez Estrada, lo de la ocurrencia a botepronto, mejor que lo ponga entre paréntesis. El libro de aforismos se lee como el libro de poemas, poco a poco, saboreando, porque nada parece peor que un atracón de aforismos. Hay alguna inevitable caída, pero en general en las tres partes de este libro misceláneo, donde se habla de literatura, de sentimientos, de política y de vida, Álvaro Salvador demuestra buenas dotes y supera el notable. Todo hombre inteligente puede hacer aforismos, que son siempre iluminación, temblor y duda. Vayan algunos de muestra: “La felicidad es algo sencillo, casi simple, muy breve: por eso la mayoría de la gente no sabe encontrarla”. “La carne es triste, sí, sobre todo cuando envejece”. O este, contundente y veraz: "Cualquiera que proyecte tener un hijo en estos tiempos es un insensato”. Un nuevo camino para Álvaro.
Después de la Poesía Aforismos
Álvaro Salvador
El Gaviero Ediciones. 14 euros. 77 páginas
RAZONES DE VIDA
JUAN JOSÉ TÉLLEZ
UN VIAJE INTERIOR Y COLECTIVO ENTRE LAS VANGUARDIAS Y LA METRICA CLASICA, CON REFERENTES COMO BLAS DE OTERO O CELAYA.
Narrador heterodoxo –La mala conciencia, 1979, obra en la que llegaba a incluir fragmentos abiertamente líricos—, ensayista de fuste o periodista de raza, Eduardo Castro debutó como poeta con su libro Tú, poemario amoroso que en 1981 obtuvo el segundo premio Arcipreste de Hita y del que ha extraído algunos versos para incluirlos en Razón de vida, el libro que acaba de publicar Mirto Academia. No se trata de un recopilatorio al uso, sino que su cronología baila entre textos escritos en los años 70 junto a otros inéditos y recientes. O textos a los que acompañó la música coquetean con otros escritos para acompañar postales. Entre las vanguardias y el metro clásico, en todos ellos, sin embargo, alienta el compromiso político, basado desde luego en referentes como Blas de Otero o Gabriel Celaya, pero también Bertolt Brecht y Charles Baudelaire, algunos de los iconos, por lo tanto, de un tiempo en el que a la manera de Gramsci no sólo cabía cambiar la historia sino cambiar la vida. Y hay razones para ello.
Su discurso pasea por algunas de las líneas maestras de la lírica andaluza de los últimos cuarenta años, desde la llamada generación de la palabra a la poesía de la experiencia y, muy en concreto, a la otra sentimentalidad, con cuyos alrededores literarios estuvo en contacto Eduardo Castro desde su vecindad en Granada hasta la coincidencia ideológica con algunos de los fundadores de dicha corriente o con uno de sus teóricos esenciales, Juan Carlos Rodríguez. Este libro es el resultado de un viaje interior y colectivo, el de una generación y, sobre todo, el de un tipo de creador y de intelectual que prosperó en el tardofranquismo y que, en la España bipolar de hoy, sigue sin costumbrarse a tirar la toalla ante escapismos al uso.
Razón de vida
Eduardo Castro
Alhulia. 11 euros. 118 páginas
LECTURAS ENSAYO
PASEOS CON HERÁCLITO
LUIS PUELLES ROMERO
DELGADO NOS INVITA AL PASEO DE INVENTAR LA CIUDAD RECORRIÉNDOLA CON EL CUERPO Y NO SÓLO CON LOS OJOS, APRENDIENDO TAMBIÉN A MIRARLA CON LOS PIES
Podría decirse de este libro, en el que Manuel Delgado retoma la confrontación, ya propuesta en El animal público (Anagrama, 1999), entre el concepto de ciudad y la categoría, más versátil y dinámica, de lo urbano (“todo lo que en la ciudad no puede detenerse ni cuajar”), que ha sido escrito en medio de la calle, como si su autor hubiera abandonado su despacho universitario para instalar una discreta mesa a la sombra de un semáforo o en el centro populoso de una plaza. En él están los sonidos de los pasos, los ritmos del tránsito, los desplazamientos y la indeterminación en los que vive la ciudad su liturgia de fluctuaciones sin fin. Alejándose de las sociologías que hacen de la ciudad un modelo estático del que constatar sus permanencias y estructuras, Delgado indaga en la posibilidad de una etnografía de las acciones que se producen en el organismo nunca del todo organizado que es la ciudad. En este sentido, cabe destacar el esfuerzo empleado por el autor en dotar a su propuesta de las garantías metodológicas necesarias, adoptando un punto de vista funcionalista, pero también debe advertirse que Sociedades movedizas trasciende la pura discusión teórica para descubrírsenos como una beligerante introducción política al arte de practicar la ciudad. Para ello, el autor se acompaña, con acierto, de algunas de las nociones más fecundas de Deleuze, como las de devenir, fuerza y acontecimiento, con las que avanza en el “más difícil todavía” que es pensar el movimiento de las calles sabiendo evitar la tentación, tan platónica, de esperar que te detengas.
La distinción medular entre la ciudad y lo urbano, que Delgado recibe de Henri Lefebvre, nos desvela su carga de subversión conceptual si nos demoramos en observar el contexto cultural en el que comienza a ser considerada, allá por los años sesenta. Es entonces cuando se asiste desde frentes diversos a toda una constelación de estrategias dirigidas a evidenciar la falsificación que es la ciudad planificada. Son los años en los que los sociólogos de la Escuela de Chicago teorizan sobre “lo situacional”, en los que Tati rueda Playtime y los ensayos de Walter Benjamin sobre el flâneur parisino empiezan a ser leídos, cuando los situacionistas convierten el paseo en una práctica política a la que llaman derivas, y, en fin, es en esa década cuando la fotografía, medio privilegiado para la monumentalización de la ciudad, asiste a la aparición del vídeo, el cual permitirá introducir la temporalidad en el instante detenido que es la fotografía. Delgado pone en marcha una sociología más videográfica que fotográfica, más pegada a la filmación que a la detención. Y lo hace rehabilitando la naturaleza fugitiva e inasible, pero también desestabilizadora y de consecuencias políticas, de las prácticas urbanas: “todo movimiento y todavía más toda movilización e oponen, por principio [...], a cualquier forma de estado, incluyendo su expresión más rotunda y generalizada: el Estado”.
Frente a la foto fija y sus propensiones a lo espectacular, reductoras de lo urbano a su contemplación, Delgado nos invita al paseo de inventar la ciudad recorriéndola con el cuerpo y no sólo con los ojos, aprendiendo a mirarla también con los pies.



