NARRATIVA

Ha Jin, Günter Grass, Chabón, Maguire, Quiñones, Martínez Reverte, Bendahan, Torday, Silvia Sánchez, Ángel Olgoso, Chivite, Nick Flynn y Javier Pascual

 

LECTURAS NARRATIVA

 

LA DIÁSPORA CHINA

JESÚS MARTÍNEZ

UNA NOVELA BÉLICA Y DE CONCEPCIÓN PERIODÍSTICA DEFINIDA POR LA SUPERVIVENCIA DEL PROTAGONISTA ENTRE EL NACIONALISMO Y EL COMUNISMO

Con Despojos de guerra, Ha Jin (1956) consolida una trayectoria que había rendido frutos en algún libro de relatos y en novelas como La espera, En el estanque y Sombras del pasado. Nacido en China, y antiguo miembro del Ejército de Liberación Popular, cabe constatar su marcha en 1985 a EE.UU. con el fin de estudiar en la Universidad de Brandeis.

Allí, y mientras finalizaba su tesis doctoral sobre Ezra Pound, le sorprendería la matanza de Tiananmen en 1989, clave en la decisión de no retornar a su país. En la actualidad, es profesor en la Universidad de Boston. Ha Jin es, pues, representativo de lo que algunos han dado en llamar la diáspora china. Una multiplicación millonaria que ha tejido sus redes por diversos países del sureste asiático, Europa y Norteamérica. De entre ellos, una parte pequeña, pero significativa, ha logrado hacerse un hueco entre las preferencias de la crítica y lectores occidentales. Es el caso de narradores como Yang Lian, Gao Xingjian, Hong Ying , Catherine Lim, Amy Tan o el propio Jin. Un reconocimiento recompensado, en el caso de Ha Jin, con la concesión de numerosos premios como el PEN/Hemingway de cuento, el National Book, el PEN/Faulkner o el galardón de finalista de los Pulitzer 2005, los dos últimos por la novela que nos ocupa.

Despojos de guerra nos sumerge en la guerra de Corea, un conflicto que vertebraría la zona con la partición de ese país en dos estados, norte y sur, de muy diferente signo: uno, prosoviético; y otro, prooccidental. Para ello, se sirve de una historia en la que el protagonista, Yu Yuan, un anciano a punto de acabar sus días y con parte de su familia en EE.UU., decide escribir su experiencia como combatiente en Corea y prisionero en varios campos de internamiento, después de ser apresado a los pocos meses de traspasar la frontera en 1951 con su División, la 180, y hostigar oficiosamente –de manera oficial, China estaba fuera del conflicto- al ejército norteamericano. Estamos, por tanto, ante una novela bélica, pero donde lo más importante no son las acciones militares de una u otra potencia, sino la aventura interior de un personaje atormentado, como todos, por los demonios políticos domésticos, por el juego perverso de una fuerza superior que, curiosamente, no es el teórico enemigo, aunque actúe con la frialdad, crueldad e indiferencia achacables sólo a una maquinaria cuyo único objetivo es cercenar cualquier posibilidad, por débil que sea, de cuestionar o interferir en las decisiones o intereses del Partido. Yuan tendrá que aprender a sobrevivir en ese maquiavélico juego de ajedrez entre nacionalistas y comunistas, sujeto siempre a la sospecha y testigo de un sinfín de horrores, mientras toma decisiones tan simples como la vuelta a la China maoísta o exiliarse en algún país de signo opuesto, condicionado por la espera de su madre y su novia, y sin incomodar a unos u otros ni que tenga  consecuencias fatales para él o los suyos. El protagonista se sabe un simple despojo, mercancía de segunda mano siempre dada a la sospecha de un reciclaje reparador. Pero para conseguir trasladar al lector todo esto, Ha Jin divide la novela en capítulos engarzados de manera tan sutil que se tiene la sensación de que sean independientes y pudiera retomarse la lectura en cualquiera de ellos sin resentirse en exceso. Es esa habilidad tan próxima a una concepción muy periodística del relato y la capacidad para desnudar los temores, los anhelos o los instintos más primarios, la que convierte a este autor en un novelista mayoritario, y siempre cercano, y a Despojos de guerra en una excelente novela sobre la fragilidad del ser humano frente al ejercicio ciego y autoritario del poder.

Despojos de guerra
Ha Jin
Tusquets Editores. 20 euros. 379 páginas

 

LOS RECUERDOS DE OTRO

PAUL VIEJO

EN ESTE LIBRO, QUE NO ES UNA BIOGRAFÍA NI UNA CONFESIÓN, GÜNTER GRASS REÚNE LAS ANÉCDOTAS QUE CONSIDERA CLAVES PARA ENTENDER SU OBRA

Ahí están los libros para contradecir esta opinión, pero uno se teme que los europeos parten con desventaja en la carrera contra el tiempo que puede suponer escribir un libro de memorias. Y de entre los europeos todos, los que más, sin duda, aquellos centroeuropeos que se quedaron encerrados entre varias guerras, o los europeos de más al este, los que lindan con el muro de los Urales o los que se asoman al enorme balcón que es el Mar Negro. Qué dificultades para hacer memoria no tendrá una cultura que ha visto dibujar y desdibujar sus fronteras (hasta el punto de, quizá, estar haciéndolo aún hoy mismo); o que ha visto cómo una de sus ciudades (piensen en Gdansk, y en Brno y en Plzen, y en Lviv, o Lwów, ya no recuerdo) cambiaba de nombre una y otra vez, por mucho qué nadie en ella hubiera cambiado siquiera alguna vez de casa (y piensen ahora en Dánzig, y en Brünn y en Pilsen, y en Lemberg, o Lvov, ya qué más da); o los que, en su infancia, compraban leche en alemán y después para llevarla hasta la cocina cruzaban toda una región etno-histórica que alguna vez se llamó Casubia y que podía hacer a pie, pero debían hacer ya en otra lengua; o qué decir, sin más, de quién ha visto cambiar su nombre en un pasaporte. Hablamos al menos del doble datos y, por tanto, de imprecisión, a la hora de recordar. Y de esto habla -ocon esto de por medio habla, sería más exacto- Günter Grass en su último libro Pelando la cebolla, que es el primero de sus memorias y un paseo por esas lenguas y esas ciudades mutantes, que empieza al finales de los años veinte y termina en el París de un novelista, que ya es una cosa muy distinta. Aunque no pretenda el autor alemán hacer tesis sobre estos asuntos de más arriba están desde luego presentes a lo largo de las páginas de vagos o poco sistemáticos recuerdos de infancia y formación. La intención de Grass ha sido, en esta ocasión, recordar, sin más, ir arañándole capas a una cebolla que usará como metáfora/excusa a la hora de elegir los momentos a narrar. No tanto aquello que pudo marcarle, o pudo ser importante desde el punto de vista del lector, o que es necesario recordar (para que no se vuelva a olvidar), sino simplemente sacar de nuevo a la luz los momentos que han querido ser sacados. Pelando la cebolla no es en absoluto una biografía exhaustiva, ni una guía de viaje a lo largo del mapa literario de la época, no es una confesión (aunque tanta polémica haya desatado el encontrarse con un Grass entre los nazis, que, dicho sea de paso, al menos en lo narrativo la anécdota no da para tanto), ni es un ajuste de cuentas, ni contra nadie, ni contra él, ni contra su tiempo. Y decía vagos, los recuerdos, porque el punto de vista elegido por el autor de El rodaballo así lo permite, a eso obliga. Trata Grass de que el lector “vea” esos recuerdos como él “los está viendo” en ese momento; es decir, es un Grass que mira desde fuera lo que pasó en otro tiempo. Así, ve a un niño cantar himnos o leer poemas, a un adolescente lanzar gritos políticos o terminar una novela que esconderá en un cajón, a un adulto hacerse adulto a través de la guerra, de la literatura, del amor. Pero nunca será él quien hizo todas esas cosas. Fue otro. Otro Grass, pero no este de ochenta años que nos habla hoy. Fue el Grass-novelista, quizá, y por eso la mayor parte de las anécdotas las cuenta no por el afán biográfico sino porque las considera claves para entender el resto obras. Por eso, el lector de esos libros, este libro ya casi lo ha leído.

Pelando la cebolla
Günter Grass
Alfaguara. 21,50 euros. 416 páginas

 

EL LORO Y EL HOLOCAUSTO

Andrés Pérez Domínguez

MICHAEL CHABON, PREMIO PULITZER 2001, APORTA UNA MIRADA FRESCA Y UNA NUEVA PERSPECTUVA SOBRE EL HOLOCAUSTO JUDÍO

Sesenta y dos años después de que terminase la Segunda Guerra Mundial y con tantos libros, películas y documentales sobre el genocidio judío, imágenes que forman parte de la memoria de todos, a pesar de haber nacido después de 1945, lo más lógico sería que ya estuviese todo dicho, que si alguien tuviera el empeño de abordar el Holocausto de una forma novedosa estaría abocado, sin remedio, al más peligroso de los resbalones. Sin embargo, y esto resulta más paradójico aún, es en la novela juvenil donde he encontrado últimamente las propuestas más originales para encarar el que probablemente es el episodio más vergonzante de toda la Historia Contemporánea: los campos de exterminio. El primero de esos libros a los que hago referencia es El niño con el pijama de rayas, de Peter Boyne, y el segundo, este del que nos ocupamos ahora. Pero como aplicar el término “juvenil” a un libro que de igual modo puede servir para el disfrute de un adulto como el que escribe esta reseña me parece limitarlo innecesariamente, abundaré, antes de continuar, en que La solución final sirve lo mismo para un roto que para un descosido, esto es, para un joven que para un adulto, o, también, para alguien que quiera disfrutar de una novela (ligera) de intriga ode una fábula sobre el Holocausto.

La solución final nos regala la mirada de un detective de ochenta y nueve años que vive retirado en la campiña inglesa, donde también ha recalado Linus Steinman, hijo de un famoso psiquiatra judío que ha podido salvarse de los campos de exterminio nazis. Siempre se nos ha contado que las fugas de los Lagers fueron tan escasas que la información que pudieron proporcionar los evadidos sobre lo que estaba ocurriendo dentro de las alambradas fue tan insignificante o pareció tan increíble que hasta que las tropas de los aliados no estrecharon el cerco a Alemania no pudo saberse con certeza lo que sucedía en los campos de concentración. Puede por esto parecer increíble, y de hecho lo es, que un niño judío haya llegado hasta la campiña inglesa en 1944, cuando faltaba poco para el desembarco de Normandía. Pero es aquí, como digo, en esta pirueta imposible, donde radica precisamente el mayor acierto de esta hermosa fábula. Linus Steinman, el pequeño judío, es mudo, y como único amigo lleva en su hombro a un loro extremadamente inteligente. Un loro, Bruno, que canta, pronuncia frases en diferentes idiomas, y que, además, lo que más intriga al detective casi nonagenario que antes de la llegada del pequeño Steinman vivía dedicado a la paciente y laboriosa afición de apicultor, repite incesantemente una serie de números que, aparentemente, parecen no tener ningún sentido. O quizás sí. Los lectores agradecerán esta nueva mirada al pasado, y se darán cuenta, como decía más arriba, que cuando uno cree que ya está todo dicho, por fortuna siempre hay alguien que aporta una mirada fresca, una perspectiva nueva desde la que poder juzgar lo que sucedió, tan terrible. Michael Chabon, ganador del premio Pulitzer en 2001, utiliza el que muchas veces es el mejor de los formatos para contar una historia con la intensidad de un cuento pero también con la extensión suficiente para que no nos sepa a poco: la novela corta. Uno de los géneros, que, como el cuento, sigue vivo, afortunadamente, a pesar de las exigencias de un mercado en el que a veces tiene uno la sensación de que es el peso de los libros lo que determina su valor, y no la magia que encierran sus páginas.

La solución final
Michael Chabon
Mondadori. 14,50 euros. 115 páginas

 

JUSTIFICADA PERVERSIDAD

LUIS GARCÍA

UNA ÁCIDA CRÍTICA A LOS REGÍMENES FASCISTAS Y AL CAPITALISMO MÁS ORTODOXO, AQUEL QUE NO ADMITE ENTRE LOS SUYOS A LOS RAROS

Frex y Melena, van a tener una hija. Hasta aquí, todo normal. La anormalidad, la rareza (y quedémonos con el concepto de que raro es lo que es diferente), estriba en que esa niña no será como las demás nacidas en Munchkinland, que es donde se desarrolla en un principio Wicked, esta primera novela del autor norteamericano Gregory Maguire. Cuando la comitiva de unos titiriteros comandados por El Reloj del Dragón del Tiempo se acercan a la ciudad, sus habitantes en un ataque de furia se vuelven como locos contra su Pastor unionista, Frex, quien había sido advertido de las nada pacíficas intenciones de quien los dirigía, y desobedeciendo sus palabras se disponen a ser inconscientes actores de una obra de teatro no escrita para hacer realidad una vieja leyenda: es el día señalado. Mientras tanto, Melena,  custodiada por una vieja, una pescadora y una doncella dará a luz a su hija en el bosque. Una “hermosa” niña de nombre Elphaba, de color verde y dientes de tiburón. Este es el escenario de la novela, también subtitulada Memorias de una bruja mala. Este es el punto de partida de una obra que en los Estados Unidos causa furor desde su primera publicación en 1995 hasta el punto que ya existe su versión musical y ésta es pues la exposición de los hechos, tal y como se nos presentan. Faltaría ahora un análisis de esa otra imagen que a la manera platónica es fácil reconocer al otro lado del espejo a poco que se tenga la mente abierta y dispuesta a reconducir toda la información. Porque ¿qué hay mas allá de los limites de Gillikin, Muchking, Wend Hardings y Quadings, los cuatro condados en los que esta dividido el país de Oz?. (Ya lo han descubierto, estamos situados en el mismo Oz del cuento original de L.F. Baum, mucho antes de la llegada de Dorotea, de Víctor Fleming e incluso del propio Mago). ¿Qué hay más allá, repito, de dichas fronteras?. La nada, lo mismo que nosotros fuera de nuestra región, ciudad, o barriada. A su manera Oz es una recreación virtual con un sistema económico, político, jurídico y religioso independiente. Y en ese contexto, la llegada de “alguien” diferente como Elphaba, o posteriormente su hermana, Nessarose, también demonizada por su extraña invalidez que no voy a desvelar, causa un profundo trastorno a todos sus habitantes. Un trastorno perverso sólo entendible desde el paralelismo que podemos (y debemos) hacer con nuestra propia realidad, ya que Elphaba de alguna forma será la encargada de dinamizar y dinamitar todo un sistema social en el que tan sólo sobreviven los fuertes. (¿Cuándo una bruja se convierte en mala salvo que lo sea por definición?). Desde ese punto de vista Wicked es una ácida crítica a los regimenes fascistas y al capitalismo más ortodoxo, aquel que no admite entre los suyos a los raros (raro es diferente, acuérdense) y los excluye sin piedad. Porque raros son los Elphabas de turno, pero también los nacidos en las tierras de los Quadings, por ejemplo, rechazados y humillados a partes iguales. Hay un momento en la lectura de la novela en que la repulsión inicial que se le tiene a Elphaba se convierte lentamente en una mezcla de compasión y cariño. Eso nos llevaría a pensar que el autor, Gregory Maguire, consigue otro de los objetivos de la novela: la crítica a los prejuicios de una sociedad hipócrita y desordenada, que cree ver y admitir la maldad en estado puro donde no se encuentra. Y si algo hay que decir en contra de la novela, aparte del maniqueísmo que hace que la comparemos por ejemplo con sus primos lejanos, El señor de los anillos y Harry Potter, es que a menudo la información que se nos facilita, resulta un tanto.... atropellada y pueril. Pero es en definitiva, una interesante novela que admitiría y necesitaría varias lecturas.

Wicked. Memorias de una bruja mala
Gregory Maguire
Planeta. 19 euros. 529 páginas

 

MAX AUB EN SU LABERINTO

FERNANDO VALLS

JAVIER QUIÑONES NOVELA LA BIOGRAFÍA DE MAX AUB Y RINDE HOMENAJE A LOS ESCRITORES QUE TUVIERON QUE EXILARSE POR SU COMPROMISO CON LA REPÚBLICA

Al lector poco le importará el género de este libro, siempre que le interese, entretenga y conmueva, pero a los que andamos un poquito más resabiados sí nos gusta darle vueltas a estas cuestiones. ¿Novela o biografía novelada? Por mi parte sólo puedo decir que la he leído como si de una novela se tratara. De la misma manera que, en su momento, leí como ficción novelesca El caballero de Sajonia (1991), de Juan Benet, o Enterrad a los muertos (2005), de Ignacio Martínez de Pisón. Quiñones, desde el título, apuesta también por esta opción.

Lo que sí es evidente es que el origen de esta narración se halla en uno de los proyectos que Aub dejó inacabados, su Buñuel, novela, del que conocemos el material preparatorio tras haber sido editado. Javier Quiñones (reputado especialista en la obra de Aub) se muestra ambicioso al jugar con los géneros, pero también con la presencia del protagonista, que discute con una misteriosa figura de mujer sobre la construcción del libro y su definitiva identidad (“El Max Aub personaje de esta novela –le aclara- no es exactamente el Max Aub de carne y hueso que usted fue”, p. 148), con lo que ello tiene de discurso metafictivo y autocrítico. Y pocos retos narrativos tan ambiciosos como el que supone tejer una vida tan cambiante, azarosa y compleja, como la de nuestro personaje.

En el relato surgen voces, hablan los protagonistas, se describen fotos, y aparecen tesituras familiares junto a cuitas personales (¿qué relación tuvo con Teresa Andrés?), además del conflictivo trasfondo social y político, o los distintos avatares literarios de la época. Y se traza, como no podía ser menos, un retrato completo del escritor, sin olvidar su testarudez, incluso su empecinamiento, como tampoco su lucidez insobornable, capacidad de lucha y permanente vocación literaria.

El reto que seguramente se planteaba era cómo construir una vida tan agitada basándose en los datos conocidos, con personajes reales, pero valiéndose de los instrumentos que nos proporciona la ficción, para poder moverse con libertad en ese amplio pero estricto territorio de lo verosímil. Así, tenemos la sensación de que Quiñones inventa cuando es necesario o lo considera oportuno, y lo lleva a cabo con tan buen sentido que dudo que los especialistas en la obra de Aub sean capaces de decirnos, por ejemplo, si la lúcida carta que Peua Barjau le escribe a su marido es real o inventada (pp. 338-341).

Pero este libro va más allá y puede leerse también como un homenaje a un conjunto de escritores que tuvieron que abandonar España y exilarse por su compromiso cívico y político con la República, de resultas de la guerra civil. Y no olvidemos que Max Aub se sintió siempre miembro de la generación del 27, y que con el paso del tiempo se definiría como escritor español y ciudadano mexicano. Su apuesta fue, pues, de futuro, de seriedad, sinceridad y rigor, y hoy sabemos que ganó el envite.

Contar con un libro como éste es un lujo, y supone una prueba más de que el interés por la obra de Aub no para de crecer, en un momento en que desprecios como los de Baroja y Umbral se han convertido en ejemplos de ceguera literaria. Quizás el mejor elogio que podamos hacerle a la narración de Quiñones es que incita al debate. Al fin y al cabo, teníamos que exigírselo a un relato de estas características. Así, aquel que desee saber quién fue Max Aub, los avatares de su España, las razones del indiscutible valor de su obra literaria, puede empezar leyendo esta sugestiva y amena novela.

Max Aub, novela
Javier Quiñones
Edhasa. 24,50 euros. 574 páginas

 

EN EL NOMBRE DEL PADRE

MERCEDES DE PABLOS

MARTÍNEZ REVERTE NARRA LAS PERIPECIAS DE UN PERIODISTA QUE COLABORA CON EL ALZAMIENTO NACIONAL, LOS SERVICIOS SECRETOS FRANCESES Y EL KGB

No quisiera desvelar uno de los más sugerentes misterios de la última novela de Jorge Martínez Reverte al asegurar que con Triple agente el autor, que ya había homenajeado a su propio padre en Soldado de poca fortuna, crea un personaje, Mariano Fernández, que cumplirá el papel de padre para el universo literario del escritor y periodista.

Pero empecemos por el principio: Triple Agente es una novela de espías en la España de la Guerra Civil, una historia cuyos trazos más inverosímiles son, así es la vida, reales. El creador de la saga de Julio Galvez (antihéroe y periodista que nació como personaje en los últimos años del franquismo y cuya última aventura transcurre en Euskadi) es el autor de algunos de los mejores y más recientes libros de investigación sobre la guerra civil española, desde el ya mencionado Soldado de poca fortuna a los tres espléndidos volúmenes sobre la batalla del Ebro, la resistencia de Madrid o la caída de Barcelona.

Es, por tanto, un sólido conocedor del escenario en el que se mueve Mariano Fernández y es capaz de crear una trama de ficción alimentada de hechos históricos, de hechos veraces, de intrigas que en realidad existieron. Las peripecias de este mediocre periodista (cuya única habilidad es hablar idiomas además de querer a su madre) reclutado a la fuerza por los alzados en Burgos, reenganchado por los servicios secretos franceses y colaborador de la inteligencia soviética en Barcelona son más increíbles cuanto más se ajustan a la verdad. El libro arranca con una visita al campo de concentración de Sampedro de Cardeña, un safari organizado por los franquistas para mostrar a piadosas damas británicas la iniquidad y perversión del enemigo, ese demonio al que la buena España debía exterminar con la ayuda de Dios o al menos de su Iglesia. Un hecho que existió y que está documentado en sus extremos más disparatados, de la misma manera que uno de los personajes más novelescos y sugerentes, Morel, haya existido en realidad. Tan veraz como la convulsa coincidencia, en esos años y en esa España, de correosos chequistas y siniestros mercenarios con valerosos luchadores y militantes convencidos: hombres y mujeres sobreviviendo todos, casi muertos de hambre, casi vivos de miedo.

Tal vez, aparte de la concienzuda maestría con la que esta historia se encarna en la Historia, esa sea la marca del autor en toda su obra, ya sea literaria o de investigación: la compasión ante los seres humanos normales y corrientes, los que pueden devenir en héroes o en monstruos, la gente normal que se comporta de una manera extraordinaria.

Ese es el jaez del personaje más longevo de Reverte, el muy contemporáneo Julio Gálvez, esa es la personalidad de Mariano Fernández, el Triple Espía, y esa es la condición de los hombres y mujeres reales que sirven al escritor para hacer el relato real de la guerra civil, de la batalla del Ebro, del Madrid bombardeado, de la Barcelona derrotada. En todos sus libros Martínez Reverte se deja vencer(?) por su vocación de periodista y aparecen personajes y sucesos que forman parte de la actualidad, la de antesdeayer o la de ahora mismo, así en Triple Agente veremos desfilar a la aristócrata comunista Constancia de la Mora, al general Martínez Anido o al ministro José Giral, pero el corazón de la novela es, como Mariano Fernández mismo, la gente normal, los hombres que pasan frío y necesidad y sienten rabia y piedad, miedo y perdón.

Cuando el lector acaba el libro siente que es un superviviente como el protagonista pero, como él, se sabe un perdedor, porque las guerras son siempre una derrota.

Triple agente
Jorge Martínez Reverte
Espasa. 19,90 euros. 365 páginas
 

AMAR CON LA MEMORIA

LALE GONZÁLEZ

UNA CONTAGIOSA MELANCOLÍA DETERMINAEL TONO DE UNA NOVELA QUE ABORDA EL CONTRASTE ENTRE EL CÉNIT Y EL DETERIORO DEL AMOR

Ya somos el pasado que seremos. Sólo los niños y los muy jóvenes son impermeables a la agobiante realidad del verso de Borges, porque sólo para ellos el tiempo es una infinitud de horas estancadas, durante las cuales las emociones gozan de una elasticidad que mengua a medida que caen los cumpleaños.

De las rentas de aquella fértil memoria vamos tirando luego, hasta que encallamos en la desmemoria total, fase en la que la delgadez de las neuronas es inversamente proporcional al sobrepeso de la agenda.

Esta ecuación, más o menos, es la que se hace Elías, nuestro protagonista, mientras rememora el año en que se  enamoró por primera vez, aquel alocado trajín del corazón que nada tenía que ver con el trabajo bienhechor de sus arterias. Por el contrario, su actual matrimonio atraviesa una crisis aparentemente definitiva sin que él sea capaz de remontarse al ayer en que debió de vislumbrar la primera grieta. El contraste entre el cénit y el deterioro del amor es el quid de la novela. Subyace mensaje universalmente conocido: el amor puro sólo acontece en la fantasía o en el recuerdo, que viene a ser lo mismo. Fuera de esa órbita todo habrá de parecerle un pobre simulacro al desdichado que no sepa -o no quiera- encajarse en el corsé del amor doméstico. El año al que nos retrotrae la historia es, ni más ni menos, 1975, fin del nubarrón franquista, lo cual significaba que para los jóvenes de entonces algo más que las hormonas empezaba a alborotarse. Acierta Esther Bendaham en el tono de melancolía contagiosa que logra mantener, que incita al lector a mirar por encima del hombro para otear en su biografía al soñador que ya no es. Lástima que se quiebre el ensalmo aquí y allá por culpa de deslices tipográficos y ortográficos que siempre resultan irritantes. No hay que fiarse del corrector de Word.

La cara de Marte
Esther Bendahan
Algaida. 18 euros. 302 páginas

 

LA MUERTE, ESE OBJETO DEL DESEO

MARIANELA NIETO

PAUL TORDAY CONVIERTE SU NOVELA EN UN ANÁLISIS DE LOS ENGRANAJES DE LA POLÍTICA Y LA COMUNICACIÓN EN UN ENTORNO GLOBALIZADO

El arte de la pesca puede ser un ejercicio apasionado, un deporte para una gran minoría, un método de subsistencia y, por qué no, la materia prima para amasar una buena historia (véanse El viejo y el mar, Moby Dick o El río de la vida, entre otras obras tan heterogéneas y cinematográficas como interesantes, en este caso ‘hijas’ de Hemingway, Melville y Eberts). Y este título, que en primera instancia puede resultar anodino para el lector, como si se toenfrentara a un tratado infumable de piscifactoría no apto para neófitos, se convierte en un análisis galante de los engranajes de la política, la economía y la comunicación en un entorno globalizado.

Aquí encontramos algún pescador diletante que reflexiona sobre lo divino y lo humano, así como un científico ‘calzonazos’ tan anodino como trepidante, que abandona su rutina funcionarial por la ‘opción’ de imbuirse en un proyecto iluso, consistente en la captura de ejemplares de esta especie en el desierto yemení. Torday, conocedor de la pesca y de los escenarios que bañan este relato –desde Inglaterra a Oriente Medio- coloca en su anzuelo los dislates y esperanzas de un gran jeque, además de alguna ejecutiva agresiva, una novia expectante, ‘grandeshombres’ populares que muestran una magna ignorancia al rascar levemente su superficie e incluso un pastor terrorista, entre otros personajes de una ruleta narrativa divertida, multiforme (cartas, artículos, interrogatorios, etc.) y teñida de humor y misterio, en un disparatado aunque no descabellado planteamiento que suscita crisis políticas, críticas parlamentarias, etc.

Toda una invitación a reflexionar sobre la actualidad internacional y el comportamiento de quienes se dejan arropar por ella, en un devenir tan salado y dulce como la vida acuática de los salmones que la protagonizan.

 

La pesca del salmón en Yemen
Paul Torday
Salamandra. 16,50 euros. 320 páginas

 

LA VIDA MISMA

JUAN CARLOS PALMA

UN MOSAICO DE SITUACIONES DONDE LA FELICIDAD SE REVELA FRÁGIL Y QUE NOS RECUERDAN LA INCERTIDUMBRE DE NUESTRA VIDA DIARIA

La estimulante labor que viene realizando la editorial Lengua de Trapo desde su fundación con la captación de nuevos valores españoles y latinoamericanos y el patrocinio de varios premios de narrativa, entre ellos el suyo propio, arroja por lo general unos resultados encomiables. Prueba de ello es la salida a la palestra de la joven Silvia Sánchez Rog (Madrid, 1971), desconocida hasta ahora pero bregada en el azaroso mundillo de los certámenes literarios. Los catorce cuentos aquí reunidos demuestran que esos años de fogueo han valido la pena. Algunos, como 35 kilómetros –un hombre y una mujer que todas las mañanas hacen el mismo recorrido en tren y se aman en secreto- o Rabbit Rouser–la terrible aparición de un consolador como punto final de una relación estancada- son sencillamente magistrales.

Hasta en los relatos que aparentan ser anecdóticos, caso de Dos palomas intentando saber, se aprecian destellos de originalidad y excelente técnica. La mujer sin memoria es un mosaico de encuentros y desencuentros donde la dificultad de acercarse y/o entregarse al otro hace que la soledad sea a veces preferible, cuando no el siempre sólido refugio familiar. Situaciones ya vividas, una persona que nos recuerda a otra, un amante que sólo parece estar en nuestra cabeza para darnos celos o que siempre ha estado ahí como un tren que se coge en marcha, o la desgracia o fortuna, según se mire, de poder olvidar el pasado de inmediato como le sucede a la protagonista del cuento que da título al libro. Siempre esa chispa que nos saca de la atonía y nos sumerge en un mundo nuevo donde la felicidad se revela extremadamente frágil. Así son los relatos de Silvia Sánchez Rog, un universo que nos recuerda demasiado a nuestra vida diaria, con su extraña y poderosa mezcla de incertidumbre y deja vû.

La mujer sin memoria y otros relatos
Silvia Sánchez Rog
Premio Narrativa Caja Madrid
Lengua de Trapo. 15,60 euros. 121 páginas

 

BREVEDAD Y BELLEZA

SALVADOR GUTIÉRREZ SOLÍS

ÁNGEL OLGOSO ES UNA VOZ LITERARIA AL MARGEN DE LAS MODAS, CUYOS RELATOS SE NUTREN DE LOS MODELOS DE LA NARRATIVA DE TERROR

El espacio puede entenderse como una definición en permanente construcción. El tiempo es un espacio que se mide. La belleza es una emoción que se detiene en el tiempo. El narrador granadino Ángel Olgoso prosigue en Los demonios del lugar construyendo y extendiendo su propia realidad; una realidad que se proyecta en un espacio que no se rige por nuestro tiempo, y que cuenta con su propia belleza, parada de emociones incatalogables.

Es Los demonios del lugar un libro de relatos, de tamaños varios, que me atrevería a calificar como sorprendente. En primer lugar por la exquisita arquitectura de los textos, barroca, gótica, y que no solamente se detiene en mostrarnos una lujosa fachada, firmes cimientos sustentan estos edificios literarios. Sorprendente, en segundo lugar, porque Olgoso se decanta, sin complejos, por el género –el de terror, el de ciencia ficcióncon devoción y generosidad, sin renunciar a practicar una alta literatura fértil en imágenes oníricas y personajes tenebrosos. Y, en tercer lugar, me ha sorprendido este libro, Los demonios del lugar, por la belleza siniestra y dramática –pero belleza- que he encontrado en sus páginas. La bella oscuridad de un más allá desconocido, lo atrozmente bello que se puede intuir en el mal, la belleza que navega en la musicalidad de las preguntas sin respuesta.

Ángel Olgoso es una voz literaria al margen de las modas y las corrientes imperantes, una reactualización de los modelos más clásicos de la narrativa de terror –y no nos olvidemos de la sombra de Kafka-, un constructor de un mundo extraño y bello, al mismo tiempo. El lector que se adentre en Los demonios del lugar podrá descubrir emocionado –y puede que conmocionado- que la brevedad y la belleza son términos que se pueden fundir, incluso abrazar o besar, en un mismo espacio.

Los demonios del lugar
Ángel Olgoso
Almuzara. 16 euros. 192 páginas

 

MOMENTO TRISTE

MANUEL CALDERÓN

CHIVITE HA ESCRITO UNA NOVELA DE FORMACIÓN PARA CUARENTONES EN LA QUE INDAGA SOBRE EL VACÍO EN UNOS AÑOS FRONTERIZOS EN LOS QUE SE HA DEJADO DE SOÑAR

Hay una literatura cóncava y otra convexa, una de voz interior y otra exterior, la que pone la voz oculta del narrador en primer plano y la que se embosca en una sucesión de historias que no parecen rozarle. Pero esta división no es suficiente para definir dos modos narrativos. Dentro de la literatura cóncava está la que emplea la claridad expresiva, por un lado, y la que indaga en la oscuridad de ese narrador. En las literaturas convexas también hay autores que buscan ofuscados una realidad confusa en la que hasta los muebles hablan. Es el caso de Faulkner, por ejemplo. Kafka, sin embargo, buscó en una voz interior la expresión de un mundo extraño e inhóspito (eso es el siglo XX). Tan profunda y peligrosa es esa búsqueda que perfora las paredes de la moral hasta llegar al lado del mal. “Sólo el mal se conoce a sí mismo”, escribirá Kafka en uno de sus aforismos.

Luego Italo Calvino puso encima de la mesa esa formaliteraria de la levedad que expresaría mejor que ninguna otra la vida del hombre moderno, o su drama. La levedadde Calvino da profundidad al texto, no lo banaliza. Y finalmente están las novelas de formación, las Bildingsroman. Pues bien, Fernando Luis Chivite ha escrito en Insomnio una novela de formación para cuarentones, rozando los cincuenta. Yo pensaba que para entonces ese periodo vital no era más que una marca cronológica, que no aportaba nada más. Hace unos días leí, por casualidad, que Stendhal escribió su especie de biografía Vida de Henry Brulard con cincuenta años. No es mala edad, lo aseguro. Por lo tanto, dado que se puede escribir un libro con cualquier edad, Insomnio es la indagación de Chivite sobre el vacío en unos años fronterizos en los que se ha dejado de soñar, quizá de hacer literatura, para construir un ensayo y una teoría, y vivir la realidad en plan bestia, frontalmente. Lo que sucede es que hay una generación –me propuse no utilizar esta maldita palabra- que está emboscada en la suntuosidad cultural, por decirlo finamente.

Insomnio tiene una virtud: abras el libro por donde lo abras, encuentras un relato, te asalta una vida. Tiene mérito porque hay relato y vida, que es lo que constituye la literatura. El principio me recuerda. El extranjero de Camus, con la noticia de un accidente de automóvil de la madre del narrador. Es un buen motivo para ir encadenando la historia de un hombre que, se supone, vive en Pamplona –como Chivite-, pero ahora contada su vida desde el lado convexo: amigos que, en su mayoría, no han acabado de encontrar su lugar, pero sin grandes sufrimientos. La novela tiene una estructura algo sumarial: son siempre los amigos los que indican el camino, generalmente conformistas. Es curioso, pero ese conformismo que años atrás detestábamos como ingrediente de la peor de las derrotas, ahora puede ser la conquista de una individualidad tan dandy como triste. Y quizá sea esa la palabra que define el libro de Fernando Luis Chivite, tristeza, una idea prevista en esa literatura de la levedad, de la que nada se espera.

Insomnio
Fernando Luis Chivite
Premio de Novela Café Gijón 2006
Acantilado. 16 euros. 210 páginas

 

EL AMERICANO IMPASIBLE

MANUEL GREGORIO GONZÁLEZ

Hay una distancia irónica, un optimismo omnívoro, en la escritura de Henry Miller, de igual modo que hubo un distanciarse cruel, acuciante, defensivo, en las obras de Charles Bukowski o Camilo José Cela. Quiero decir que esta separación entre el narrador y lo narrado se debe a unas pasiones previas, al dolor del mundo o la voracidad sin tasa, y nunca a la lejanía anímica, a la indiferencia total por cuanto sucede a nuestro lado. Sin embargo, éste parece ser el cauce elegido por Nick Flynn: por un lado, el lenguaje brusco, el canto de lo marginal, y de otra parte, una apatía fingida o natural, que se desdice de esta excursión por el costado infame, por el friso harapiento de la metrópoli.

Sin duda, lo más meritorio en esta novela es el relato minucioso de la miseria humana; también el afán de experimentación, la variación formal que Flynn despliega. No obstante lo cual, todo esto queda desvirtuado por una rigidez impuesta, nacida de la voluntad (aquí convendría recordar el gesto impasible, el olímpico desdén de los personajes de Hammett o Chandler), y no del escrutinio de las propias miserias. Otra noche de mierda... es una novela autobiográfica, donde la figura del padre abulta las páginas escritas por el hijo. Y ése es, quizá, el mayor problema. No es lógico insistir en la irrelevancia del padre ausente, en la absoluta indiferencia por su destino, cuando la totalidad de la obra es una indagación sobre los pasos paternos. A lo cual añadimos que esa distancia enfática, esa frialdad deliberada, no hace sino alejarnos definitivamente de los personajes. Quizá Flynn pretendía lo contrario. Pero la dureza, la pose estatuaria, el viejo rictus cínico del private investigator, eran la máscara de un hombre conmovido; nunca el espejo de un corazón apático y meticuloso.

Otra noche de mierda en esta puta ciudad
Nick Flynn
Anagrama. 19 euros. 312 páginas

 

LA FORTALEZA DEL PERSONAJE

ALEJANDRO LUQUE

EL SECRETO DE LA BUENA NOVELA DE AVENTURAS RESIDE EN LA FORTALEZA DEL PERSONAJE CENTRAL Y EN LA SINGULARIDAD DE SU VOZ

Descendiente de una familia de sefardíes expulsados de Sevilla y asentada en Azamor (Marruecos), el protagonista de la última novela de Javier Pascual narra su vida y embarques, al tiempo que propone al lector una profunda inmersión en el convulso siglo XVI, si es que algún siglo no lo fue. Un título largo y arcaizante, seguido de una frase sentenciosa (“El náufrago que la cuenta no salva una vida, salva una muerte”) sirven de pórtico a una prolija narración que permite al autor desplegar su erudición, nada escasa, una imaginación fértil y una notable habilidad para engarzar sucesos y reflexiones sin perder el pulso.

Pascual (Madrid, 1966), que se dio a conocer con la novela corta ¿Pero existe el caballo de Mesanza? y publicó luego El cantar de Gamyl, ambas muy bien acogidas, sabe que el secreto de la buena novela de aventuras –y de esa narrativa llamada histórica– reside, más que en la profusión de detalles informativos al alcance del Google, en la fortaleza del personaje central y en la singularidad de su voz. Eso marca la diferencia entre mucho folletín barato que llena los escaparates de las librerías y, por ejemplo, León El Africano de Maalouf o La canción del pirata de Fernando Quiñones.

Y en esa dirección parece dirigir el autor su empeño, a través de peripecias minuciosas contadas en un lenguaje fluido, salpicado de arcaísmos que dan sabor de época –algunos explicados a pie de página y otros no– con deudas más o menos explícitas a los maestros Conrad y Melville. El gusto de Pascual por la técnica del manuscrito encontrado y los personajes desubicados, parias que se lanzan a la búsqueda de su lugar en el mundo, vuelve a manifestarse en la figura de este héroe, Ismael, que encontrará en el mar su desesperada y feliz vía de escape, con el último consuelo de vivir para contarlo.

Periplos y derrotas del chancro de Azamor
Javier Pascual
Caballo de Troya. 11,90 euros. 352 páginas