VALLADOLID. LA CIUDAD SENTIDA
La ciudad de Cervantes, del castellano y de la novela El hereje
GUSTAVO MARTÍN GARZO
Un mundo lleno de escudos de piedras pero también una ciudad que supo proyectarse a través de su universidad, sus mercados y sus viajeros.
A Valladolid mi ciudad”, esta es la dedicatoria que puede leerse al abrir El hereje, la última novela de Miguel Delibes. El hereje gira sobre el Auto de Fe que en el siglo XVI condenó a la hoguera al doctor Cazalla y a su grupo de inquietos amigos. Es una novela que habla de la teoría luterana de la justificación por la fe, que puede que sea una de las ocurrencias más luminosamente disparatadas que ha concebido el hombre. Pues si un dios ha sido capaz de morir por nosotros ¿cómo es posible que nuestra vida pueda no tener sentido? Pero Delibes nos dice que no hace falta que un dios sufra por nosotros, basta que otro hombre lo haga, alguien querido (y no podemos olvidar que carus, querido, raíz de la palabra caridad, es la misma que la de la palabra italiana carizia). Como si nuestra pobre vida sólo pudiera encontrar justificación en ese encuentro con los demás, que es lo que sucede en las últimas páginas de El hereje, cuando en una de las escenas más conmovedoras de nuestra literatura reciente, Minervina aparece para acompañar a Cipriano, su antiguo niño, hasta la hoguera, en un gesto en que viene a decírsenos que si la muerte no puede evitarse la misión del hombre es hacer, como pedía Quevedo, de sus propias cenizas polvo enamorado.
Esa debe ser la tarea del viajero, ver en las calles y los lugares que visita ese rastro amoroso de las palabras y los sueños de los hombres. Y Valladolid le ofrecerá numerosas ocasiones para hacerlo. De forma que si visita, por ejemplo, su Museo de Escultura encontrará la memoria del dolor de los hombres, pero también, si sabe mirar, la de esos arrobos, antojos y suspiros que hacen del cuerpo humano, con sus simetrías y su incomparable suavidad, el único templo hecho a la medida de nuestros sueños. Valladolid es, en suma, un mundo lleno de escudos de piedras, de las crónicas de atribulados nobles que, con más frecuencia de la debida, confundían su honor con su patrimonio, pero también una ciudad que supo proyectarse activamente en el mundo a través de su universidad, sus mercados y sus viajeros, y donde tuvieron lugar debates esenciales para la modernidad como aquel que en el Monasterio de San Gregorio llevó a al padre de las Casas y a otros dominicos a denunciar los excesos de la conquista, y a defender el derecho a la igualdad y la libertad de todos los hombres. Como también fue la ciudad que eligió Cervantes para vivir. Aunque no fuera aquí excesivamente feliz y sufriera un buen número de desventuras, entre ellas, la de ser acusado de un asesinato, a principios del siglo XVII. Pero paseó por sus calles, y escribió en ellas dos de sus novelas ejemplares y, sobre todo, pudo ser aquí donde empezara a escribir El Quijote. Lo que no es en absoluto un asunto desdeñable, ya que hablar de Cervantes es mucho más que hacerlo del príncipe de los ingenios, o del regocijo de las musas, sino que es hacerlo de la compasión, la misericordiosa ironía y el anhelo de la libertad. Esa misma libertad que está en el vuelo de sus vencejos durante el verano, en las ensimismadas cigüeñas, y en los viejos paseos en barca por el Pisuerga. En los merenderos de la orilla del Esgueva, que no sé si siguen existiendo, o en las películas de Bergman, Mizoguchi, Ozu o Kierostami, vistas en su Semana de Cine. Y en tantos libros imprescindibles: en Desde el amanecer o en Memorias de Leticia Valle de Rosa Chacel, en Vida de San Pedro Regalado. Sueño o en Hay más de Francisco Pino, en El hijo de Greta Garbo o En memorias de un niño de derechas de Francisco Umbral, o en La Guía espiritual de Castilla y en Sara de Ur de José Jiménez Lozano. Y por supuesto en toda la obra de Delibes. En libros, por ejemplo, como La hoja roja, Cinco horas con Mario o Mi idolotrado hijo Sisí. Porque en la obra de Delibes está nuestra ciudad, nuestras gentes y nuestra querida y hermosa lengua, pero también la gran tradición realista europea, y la convicción de que la literatura más allá de sus valores estrictamente lingüísticos se sustenta sobre principios como la defensa de la infancia, el amor a la naturaleza o la pregunta por la muerte.
“La tarea del viajero es ver, en las calles y los lugares que visita, ese rastro amoroso de las palabras y los sueños de los hombres”
“Valladolid es un mundo lleno de escudos de piedra y de las crónicas de atribulados nobles que confundían su honor con su patrimonio”
Valladolid profundo, así la definió Jorge Guillén. Pues Valladolid, tal vez por encima de cualquier otra cosa, es ciudad de escritores. “Nunca la tuve, pero me tiene”, dijo el poeta provenzal Arnaut Daniel. Hablaba de la poesía, pero bien podría estar haciéndolo del alma del hombre. Eso es leer, seguir ese rastro del alma. Nadie entre nosotros lo ha hecho como Miguel Delibes. Por eso visitar hoy Valladolid es leerlo, aunque no lo sepamos.



